Tres hombres, dos películas, un cine porno

El Gran Cinema Villanueva, emblema del sexo en la ciudad, recibe  a tres jóvenes que nunca habían asistido a una de sus funciones. ¿Qué pasará? Un cine, dos películas, tres hombres, tres experiencias, tres miradas, ¿tres orgasmos?

Entrada Sala X  Cinema Villanueva, centro de Medellín. Foto: tomada de Google Maps

Entrada Sala X Cinema Villanueva, centro de Medellín. Foto: tomada de Google Maps

Por: Danilo Quintana, Juan Pablo González y Yeison Sánchez

 

Joven 1

La oscuridad y el placer en el Gran Cinema Villanueva
Afuera la ciudad ruge en medio de su habitual color gris de paredes y humo, con el sonido de los carros que cortan el viento de manera ruidosa con sus motores y sus pitos y con la gente que, con afán de llegar de un lugar a otro camina velozmente por las calles del centro de Medellín. Adentro, el tiempo parece detenerse, el aire no huele a humo de carro, las personas no corren y la ciudad se enmudece para dar paso al sonido del proyector de rollos de 35 milímetros y la película que se desarrolla entre gemidos masculinos y femeninos. El Gran Cinema Villanueva parece una burbuja en esa esquina que conecta Bolívar con la Calle 54.

Al ingresar a la sala de proyección en el segundo piso, en medio de la penumbra y los viejitos que están de pie a la entrada, la pantalla muestra a una mujer y dos hombres que sostienen relaciones sexuales. Los gemidos por parte del trío no tienen pausa. Es un primer plano en el que ambos penetran a la mujer al tiempo y uno de ellos le dice, en un idioma que no puedo identificar: “Te gusta ser muy cerda”, o al menos eso dicen los subtítulos. Y así continúa durante unos dos minutos. Luego, en un plano más alejado, se ve a la mujer rubia de senos grandes en cuatro mientras otros tres tipos se masturban a su alrededor. Finalmente la película termina con todos ellos viniéndose encima de la rubia mientras ésta, boca arriba, sonríe.

Las luces se encienden y puedo distinguir, por fin, a los demás asistentes a la proyección y el espacio que integra la sala. Una larga fila de sillas rojas y azules que no se llenarán por completo, agrupadas en tres secciones. La mayoría de los viejitos, que no tienen menos de cincuenta años, están sentados y de pie en la entrada. Todos nos miramos con cierta complicidad y recelo. Algunos, excitados por lo que vieron, se habrán masturbado en medio de la oscuridad. Otros se habrán tocado sus genitales entre ellos. No hay certeza, nada podía distinguir allí abajo, pero muchas cosas pueden suceder.

Las luces siguen encendidas. Permanecen así casi diez minutos. En ese tiempo salgo de la sala y compro un paquete de papas Margarita de limón en el Hall, a $ 1.200 pesos. Muy baratas, para ser un cine. Subo al tercer piso, donde se encuentra la platea. Busco dónde sentarme para obtener un mejor panorama del lugar. Camino hacia la parte derecha, subo tres escalones y me siento en la silla de la esquina. A un asiento de mí reposan las gotas de semen de algún habitante de la ciudad desconocido. Vivaldi y su Invierno suena en los altavoces pero no llueve, no aún. La película tarda y todos, impacientes, esperamos a que se apaguen de nuevo las luces. Los viejos suben y bajan constantemente, intercambian miradas, se sientan, se paran, caminan, se sientan de nuevo. Ninguna mujer adentro, sólo aquella señora de la taquilla. Somos hombres viendo porno heterosexual con otros hombres, algunos masturbándose con otros y otros masturbando a alguno. Alguno, talvez, le hace sexo oral a otro.

Las luces de nuevo se apagan y se escucha el crujido del proyector, que da paso a una película ochentera de porno italiano, protagonizada por una actriz de apellido Bennet y llamada “Seso in Caseria”. Es de soldados. En la primera escena, un general o teniente, con un camuflado caqui y boina roja —muy parecido a Roberto Benigni, el tipo de la película (no pornográfica) La vita è bella— discute con un subordinado sobre un convoy y unos documentos secretos. Luego de cinco minutos la mujer del general —o teniente— entra en el cuarto.

—Su mujer es muy bella— dice el subordinado.
—Lo sé. Tengo que atender unos asuntos a mi manera— responde el otro, e inmediatamente el subordinado sale del cuarto la pareja empieza el acto sexual.

Al frente de la pantalla en la parte más alta del teatro, siete viejitos, la mayoría con las braguetas abajo, se masturban e intercambian miradas con quienes volteamos a mirar curiosamente la escena. Alguno de ellos podría ser mi papá pero por suerte no lo es. Si ver a aquellos personajes es algo incómodo no quisiera imaginarme allí a mi papá con su miembro en la mano mientras ve porno. Otro señor se sienta en la otra esquina, pero antes de hacerlo toca con su mano derecha el asiento con el fin de saber si hay o no semen en él. Está limpia. Se sienta y ve la película.

Los viejos suben y bajan, se sientan, me miran, tal vez como carne fresca. Pero no se acercan. Quien sí lo hace es otro joven, con cara gañanesca, de camisa blanca. Mira alrededor, me ve y se sienta al lado mío, sin reparar en la limpieza de la silla, y sube sus pies en el espaldar del asiento de abajo. La escena ha cambiado. Ahora, una bella mujer de cabello corto ondulado entra, infiltrándose en el cuarto del general —o teniente— y busca unos papeles. Lleva mucho tiempo con ropa para ser una porno. Finalmente la sorprenden y el Roberto Benigni del porno la castiga desvistiéndole. “No necesito más por ahora”, pienso, y me levanto al mismo tiempo que el señor de la esquina, el que revisa las sillas con su mano, y ambos salimos de la sala. Él seguirá hacia el piso de abajo; yo, por mi parte, iré a El Periodista a tomarme una Póker fría y a reflexionar sobre aquel lugar en el que, mientras escribo este artículo, hablo con mamá, me fumo algo o viajo entre amores y desamores, muchos viejitos se encierran a darse placer, al compás de gemidos ochenteros a 35 milímetros, a seis mil pesos la entrada.

Joven 2

Orgasmo a distancia
Yo en el balcón, él en la primera fila de sillas del primer piso, nos mirábamos. Mi mirada era falsa, era hipócrita, fingía excitación pero realmente sentía asco y lástima. Él con su chaqueta de cuero roída por los años y con una cara arrugada y un bigote desaliñado, de esos amarillentos por estar expuesto toda una vida al humo del cigarrillo, encorvado en la silla me observaba lascivamente, sus ojos me desvestían y me penetraban. Sacó su pene, un órgano monumental que a pesar de la gran distancia que nos separaba se veía grande e imponente, y se empezó a masturbar mientras nos seguíamos mirando. El ritmo de la masturbación cada vez era más fuerte y yo quería mirar hacia otro lado, evitar el momento que se aproximaba, el orgasmo, la corrida, el semen, el suspiro de un cuerpo ajeno, de un cuerpo excitado por una falsa mirada. Fue inevitable, se vino sobre la silla de al lado, el contacto visual solo se vio cortado en el momento en el que el orgasmo consumía su consciencia y los ojos se cerraron, tratando de recuperar el aliento. Después de la euforia me sonrió y se subió el cierre de los pantalones, cinco segundos después las luces se apagaron y le dieron inicio a un nueva película. La función apenas había empezado.

Solo por encimita
La película no era para nada excitante, no acostumbro a ver porno heterosexual, sin embargo sentía la necesidad de ver la película, de sentirme involucrado con la situación, de dejar mi diferencia a un lado. Estaba equivocado, aquí la diferencia es mayoría. No tuve que mirarlo para saber que era un anciano, su olor lo delató, olía a viejo y se había sentado en la silla justo al lado de la mía. Tragué saliva, sé cómo son estos viejitos, mañosos, insistentes y no le tienen miedo al rechazo, ¿uno a los setenta y pico de años le tendrá miedo a algo más que a la muerte? Lo dudo. El viejo me puso una mano en la pierna, sutil. Yo se la quité, también de manera sutil. La operación se repitió, mano en la pierna, le quito la mano de la pierna. Lo sabía, no le tienen miedo al rechazo. Ya no puso su mano en mi pierna sino en mi pene. Algo dentro de mí quiso quitarle la mano como antes, pero esta vez la dejé ahí, el viejo empezó a tocarme con pasión, a sentir mi pene. Mi mirada siempre estaba al frente pues sabía que si volteaba a mirarlo no iba a ser capaz y saldría huyendo de allí, me concentré en la película y me imaginé que esa mano era la de alguno de mis viejos amantes, de esos buenos polvos que siempre están en el recuerdo. La estrategia funcionó, la erección llegó con toda. El viejo al ver la respuesta involuntaria de mi cuerpo intentó meter la mano dentro de mis pantalones, lo cual me pareció demasiado para mi fantasía ficticia del momento, pues mis estándares de salubridad y amor propio estaban bien con el manoseo por encima de mis pantalones. Le quité la mano suavemente, pero él insistía en meterla, y se repetía el proceso. El viejo, ya desesperado y con ganas de más, bruscamente introdujo su mano en mis pantalones, y yo, al igual de brusco se la saqué de mi entrepierna.

—Ahhh este malparido qué ome, solo se va a dejar tocar por encimita o qué— gritó el viejo mientras me daba un empujón. Lo miré a los ojos y vi la vejez y la impotencia inmortalizadas en un rostro arrugado, coronado por una boina gris; el viejo se paró y se fue. Y mi pene se acostó y me quedé…sorprendido.

Joven 3

¡Que apaguen las luces!
Solo había una mujer, gorda y de unos cincuenta años, atendiendo y entregando las entradas a la sala de cine.

—¿Qué películas hay?— le pregunto a uno de mis compañeros.
Marica, no sé, compre y ya.

Doy seis mil pesos y la señora me entrega un papelito pequeño que luego debemos entregarle al hombre que espera en la entrada del cine. Una vez adentro, empiezas a subir al segundo piso por medio de unas escalas amplias y antiguas. Llegas, te encuentras con una pequeña tienda en la que venden cervezas, gaseosas y mecato. Al lado izquierdo de esa tiendita está el baño para caballeros y al frente tuyo están las cortinas que cubren la entrada a la sala.

Corres la cortina y ves la escena de una película porno del siglo pasado: doble penetración y un harén de hombres “bañando en leche” (como diría la protagonista) a una mujer. Un bukake, para quienes conocen del porno y sus categorías. Hay por lo menos unos veinte hombres (la mayoría son adultos mayores) distribuidos por todo el sitio. No hay forma de guiarse y encontrar un buen lugar para… ¿para ver la película porno? Pues sí, en mi sutil inocencia de hombre heterosexual que nunca había ido a un lugar de esos, esperaba encontrarme con un lugar en el que los tipos, excitados por el contenido audiovisual, se masturbaban a lo sumo. Pero no… las dinámicas de ese lugar no funcionan en torno a las películas, pues estas, en la mayoría de los casos, son solo una excusa para obtener sexo.

Se encienden las luces
Muchos hombres empiezan a salir de la sala justo antes de que la película acabe. Varias luces se encienden y los hombres que quedan bajan la mirada y ponen cara de estar en misa. Miro a mis amigos que están sentados en partes diferentes de la sala. No sabemos qué hacer: se acaba la película y qué, ¿esperamos? ¿Hablamos? ¿Cuánto se demora para que empiece la otra? ¿Qué pensar mientras de fondo suena Vivaldi? Ah, porque se me olvidaba algo: entre película y película es el mismísimo Vivaldi el que ambienta el lugar… las cuatro estaciones cobran sentido en la sala: el verano sucede cuando las luces se apagan, la primavera mientras el caballero de al lado se la chupa al que está al rincón, el otoño cuando el deseo y el impulso sexual muere y el invierno –el triste invierno, mis amigos– es cuando se enciende la luz de nuevo. Y pues sí, la seriedad de los hombres en ese momento solo podía representarse con la estación más fría de todas.

Pasa un joven de camisa blanca. Tiene alrededor de 25 años. Porta un arete en su oreja izquierda que brilla, está recién motilado, y lleva una cadena brillante. Se sienta delante de mí y me mira mientras se chupa el dedo índice de su mano derecha.

—¿Puedo sentarme ahí?— y señala la silla que está al lado derecho mío.
—Hágale, hermano— le respondo mientras pienso en lo que dirá o hará.

Una vez este hombre está sentado al lado mío me pregunta si yo sé por qué las películas son tan viejas. Le digo que no, que no sé, que hay que esperar a que la próxima sea mejor. Sigue mirándome, casi me respira al hombro. Pone sus dos piernas en la silla de delante y se toma la confianza de tocar mi brazo.

—¿Se demorará mucho en empezar?— le pregunto mientras planeo una huida. Estoy un poco asustado porque el tipo me mira extraño.
—Por ahí cinco minutos— me responde y me mira a los ojos.

—Ah, bueno… voy a ir al baño. Ya vengo— resuelvo decirle para irme de ese lugar y no vuelvo más.

Al salir de allí voy al tercer piso. Se trata de un balcón al interior de la sala. La película aún no ha empezado. Busco otro sitio, uno en el que se me permita interactuar lo suficiente para obtener una historia, pero en el que yo no sea el protagonista.

Apagan las luces
Empezamos de nuevo. Argumento de la película que recién empieza: un militar italiano habla con uno de sus socios y de un momento a otro entra la esposa del militar. Se va el socio y ambos follan. ¿Y qué pasa después? Pasa que un señor se me acerca por el lado derecho.

—¿Se la va a dejar mamar?
—No, hombre— le contesto con la seriedad del asunto, un poco asustado, de hecho. “¿Y ahora cómo salgo de esta?”, pienso. Busco con la mirada a mis dos amigos y nada… están perdidos, los tienen arrinconados. El ataque fue múltiple. Emboscada.
—Hágale ¿Sí? En un rinconcito de aquellos, ahí no nos ve nadie— me dice mientras señala con la mano uno de los lugares más oscuros de la sala. Puedo ver la silueta de una pareja de hombres que tienen sexo.
—No, no, no quiero.
—Pero, ¿por qué no quiere?—. Este interrogante me da pie para pensar en lo inocente y sospechosa que es mi presencia allí, pues la verdad es que nadie va a ver una película porno.
—No quiero y ya— le digo para cortar la conversación de una vez.

Hubo un silencio incómodo. La mirada de ese hombre era fija y lujuriosa, asustaba un poco. Yo sigo observando la película, disimulando el hecho de parecer un novato (e intruso) en temas de estos.

—Si lo invito a una cerveza, ¿se lo deja mamar?— insiste el sujeto.
—Voy a ir allí— le señalo cualquier lugar —y ya vengo. No me demoro.

Salgo de la sala de cine y, de forma coincidente, me encuentro con uno de mis compañeros.

—Hora de irnos, viejo— le digo.
—Nos vamos. Esto está complicado— me responde mientras noto el pánico en su rostro- ¿Y Danilo? ¿Será que se va también?
—Ya lo llamé. Ya sale. Vámonos.

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