Las historias y los nombres

Los medios olvidan con frecuencia que las historias tienen nombres y los nombres, a su vez, tienen historias, y que a los ciudadanos los convoca la necesidad y les asiste el derecho de enterarse bien de lo que sucede.

Los días son veloces. El presidente de Estados Unidos asiste con el de Cuba a un juego de béisbol en La Habana. Miles de periodistas los siguen. También en La Habana, se vencen los plazos para la firma de la paz; aún no se fija uno nuevo. Miles de periodistas están atentos. Entre tanto, más cerca, en varios lugares de Colombia vuelven a matar líderes de izquierda (decir “vuelven” delata algo de ingenuidad, pues es como decir que durante un tiempo habían dejado de asesinarlos, lo que por desgracia no es cierto). Matan, también, líderes sindicales. Los periodistas siguen atentos. Matan también a los periodistas.

La Constitución y la tradición reciente de Colombia hablan de derechos fundamentales. De estos, los que más interesan para el caso se hallan condensados en el artículo 20 de la Carta Política: libertad de expresión y difusión de pensamiento y opiniones, informar y recibir información veraz e imparcial y garantía de no censura. Como si lo anterior fuera poco, el mismo artículo proclama la libertad y la responsabilidad social de los medios, garantiza el derecho de rectificación “en condiciones de equidad” y concede a cualquier persona la libertad de fundar medios masivos de comunicación.

Semanas atrás, meses atrás, una eternidad atrás, una periodista publicaba en las redes sociales de su emisora el video de dos hombres adultos enredados en un escarceo sexual: cayó uno, el de más alto cargo (para la fecha de grabación del video, senador; para la de la publicación, viceministro del Interior). Cayó el jefe máximo de la institución a la que pertenece el que grabó y entregó el video a los periodistas: el mismísimo director de la Policía Nacional se vio por fin obligado a presentar su renuncia, tras meses de un escándalo del que no se daba por notificado a pesar de estar en el centro del mismo. Cayó la propia periodista, víctima en primer término de la cólera de un país que le reclamaba respeto a la intimidad, víctima en segundo término de maquinaciones de las que no alcanzamos a tener noticia clara: se dice, y él lo niega, que el propio Presidente de la República –que otrora fungió también de periodista, y no nos atrevemos a juzgar sus cualidades como tal– movió influencias para que los dueños de la cadena radial impusieran la renuncia.

Y días antes de esto, otro escándalo en medios había provocado otra caída estruendosa: la del Defensor del Pueblo, que al parecer –nunca se tiene certeza– andaba menos ocupado cumpliendo su fundamental misión que “enamorándose”; esto es, para efectos del escándalo, acosando a su secretaria privada. Y, entre tanto, un escándalo en el ámbito local: la editora de la sección internacional del diario más importante de la región fue descubierta por una lectora, no por sus jefes, en la nada inocente ni excusable práctica de tomar y publicar con su nombre textos suscritos en inglés por periodistas que sí habían cubierto las historias. En contextos distantes y en tiempos recientes, digamos nada menos que en el New York Times (caso Jayson Blair, 2003), acciones similares acarrearon como consecuencia la inmediata defenestración del periodista… y de los editores que no se tomaron el trabajo de estar atentos a lo que publicaban sus periodistas. Aquí se le pidió elegantemente la renuncia a la señalada y, que se sepa, el acto de contrición del diario no fue más allá de ofrecer disculpas en un editorial.

¿A qué va todo esto? A que en la avalancha de sucesos que marcan la leve pero tumultuosa Historia de la humanidad actual,  a que detrás del video hay una red de prostitución en la Policía, detrás del funcionario acosador un pueblo que urge ser defendido, detrás del plagio descubierto unos lectores que merecen ser bien informados. A que, de paso, el acto de informar requiere unas condiciones éticas y académicas a la altura de la verdadera misión que en últimas asiste a los periodistas: ayudar a los pueblos a urdir la delicadísima filigrana de la Historia.

Los días son veloces y se llevan la memoria. Recordemos, al menos, los nombres: la primera periodista renunciada se llamaba Vicky Dávila; el autor del video se llamaba Ányelo Palacios y en el momento del escándalo ostentaba el grado de capitán; el antiguo senador y para el momento viceministro se llamaba Carlos Ferro; el director renunciado de la Policía, Rodolfo Palomino; el ya ex Defensor, Jorge Armando Otálora; la secretaria acosada, Astrid Helena Cristancho; la segunda periodista renunciada se llamaba Diana Carolina Jiménez… Nombres. Nombres que a veces nos llegan con sus rostros y sus voces, pero raramente con sus historias. El país se llamaba Colombia.

Editorial edición 77 de De la Urbe