Los diarios de Svetlana

Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura del 2015, hablará con Laura Restrepo, Giuseppe Caputo, Marta Ruiz y Sergio Ocampo los días 21, 22 y 23 de abril, en la Feria del Libro de Bogotá. Aquí la reseña de su libro La guerra no tiene rostro de mujer.

Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura del 2015. Foto: Agencia Reuters, tomada de The Daily Star.

Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura
del 2015. Foto: Agencia Reuters, tomada de The Daily Star.

Por Margarita Isaza Velásquez

La guerra no tiene rostro de mujer contiene las vidas deshechas de las mujeres soviéticas que fueron a la guerra y regresaron para contarlo, y contiene también las reflexiones, los pensamientos, de una periodista extraordinaria que supo detenerse a escuchar esas voces silenciadas, nunca antes desveladas con tanta claridad, y así escribir y comprender.

Para explicar ese “fueron a la guerra”, y sobre todo el sujeto colectivo de la frase, se necesitaron 365 páginas de la edición en español y una reportería que atraviesa al menos tres décadas. Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura del 2015, escribe en este libro sobre el ser humano —verdad innegable en los autores eternos—; sobre ellas que fundan la vida, cuidan de otros soldados, buscan la belleza en la nieve pantanosa, no caben en el uniforme, se ofrecen para ir al frente, se enlistan en organizaciones clandestinas, maduran o envejecen en un día de odio y aprenden a matar, como si se tratara de solo ver morir.

Ella, la periodista, se crió en una aldea de Bielorrusia llena de mujeres. Las historias que oía siempre fueron de la guerra, porque, dice, vivían para ella, se preparaban para la que seguía cuando aún no habían vuelto de otra. “La guerra la relatan las mujeres. Lloran. Su canto es como el llanto”. Y la guerra en la mente de quien no la ha conocido es dual, tiene vencedores y derrotados, orgullosos y débiles; hombres que escriben sobre hombres. “Las mujeres mientras tanto guardan silencio […]. Y si de pronto se ponen a recordar, no relatan la guerra ‘femenina’, sino la ‘masculina’”. Esas son dos guerras diferentes.

A Svetlana le hablaron de la Victoria del Ejército Rojo sobre las tropas de Hitler, de lo que ellos llaman la Gran Guerra Patria, y la hicieron sentir orgullo de pertenecer a una nación, ya inconmensurable, henchida por la guerra. Le contaron en voz baja del valor de los partisanos, como su abuela, y le señalaron con el índice a los hombres mutilados que alguna vez vistieron de casaca. Pero las preguntas que tiene están incubadas en su corazón de periodista y quiere responderlas, no con imaginación sino con realidad, con aquello que las mujeres de la guerra le pueden contar. Ellas, más allá de la Victoria y de la muerte, le dejan ver la forma más acabada del alma humana. Entonces hay epifanía: “Las voces… Decenas de voces… Se abalanzaron sobre mí desvelando una verdad insólita, y esa verdad ya no cabía en aquella fórmula simple y bien conocida desde la infancia: hemos ganado la guerra. […] La retórica quedó diluida en la materia viva de los destinos humanos. […] El destino es cuando detrás de las palabras sigue habiendo una voz real”.

Imagino a Svetlana detrás de sus palabras tomadas al azar. Telefonea a sus fuentes y les propone encuentros que acaso darán frutos: la alejarán en breve o terminarán contándole la razón de sus existencias, el leitmotiv que les ocurrió al dejar atrás la niñez. Viaja en tren y al mirar por los campos paladea las historias, vuelve a sentir el frío, escarba a los muertos, venda un rostro, descifra la vergüenza del sexo, dispara un arma cuyo peso no soporta. En casa guarda celosamente grabaciones y libretas y las relee diecisiete años después para poder entenderlas. 1978-2004, se lee casi como epitafio en la página final.

¡Pero quién puede olvidarse de palabras así! ¡Quién puede dejarlas de lado! Sospecho que a Svetlana la acompañaron cada mañana (¿se puede dejar de ser periodista al menos durante el café?), y de ahí es que podemos conocer sus diarios de campo, el que tiene anotados los datos precisos, las cifras que las fuentes le confiaron con algún tipo de esperanza, y el que explica los motivos propios, los desenredos mentales de encontrar respuestas a preguntas exactas, la razón de ser como periodista y testigo de la otra Historia, lo que significan la política y las ideologías cuando están escritas en la sangre, todo aquello que solo se entiende cuando se vuelve insoportable.

Los diarios de Svetlana Alexiévich en La guerra no tiene rostro de mujer (Debate, 2015) interpelan el alma, se levantan de las cenizas de la guerra, dicen todo lo decible sobre la existencia y consuelan en la lectura de lo que tiene capacidad de convertirse en una terrible marca de humanidad.

Reseña publicada en la edición 77 de De la Urbe