Una casa para Svetlana Alexiévich

Alexiévich es periodista y así ganó el Nobel de Literatura: no ha escrito novelas ni cuentos ni poesía. A diferencia de otros escritores que utilizan el periodismo como puente hacia la ficción, ella hizo de este el sostén de su trabajo.

Por Jaime Zapata Villarreal / jaimezapata92@gmail.com

Inicia así: ella gana el Premio Nobel de Literatura y parte del mundo aprende a pronunciar  —casi siempre mal— su nombre: Svetlana Alexiévich. Lo que sigue ya es historia de todos los años por estas fechas: compramos sus libros para decir que la leímos, o la leemos para decir que compramos sus libros y que es muy buena, que merece ese y muchos más premios. Y descubrimos, entonces, que debimos haberla leído antes: que es necesario separar un espacio en nuestra biblioteca a esos libros raros que dicen tanto de otros como de nosotros mismos.

Pero antes de la historia, como siempre, hay una vida y un registro: Svetlana Alexiévich, Stanislavo, Ucrania Occidental, 31 de mayo de 1948. Si bien nació allí, Alexiévich creció en Minsk, Bielorrusia, lo que supuso, para ella, no solo un cambio de territorio sino una noción portátil del origen: saberse de un lugar, pero al instante mudar de suelo, postergar su registro. Estos datos serían mera estadística si no cifraran las bases de una obra posterior que, como toda la literatura comprometida con su arte, parte de un conflicto íntimo, individual —ser mujer, civil, víctima en una geografía atravesada por la guerra y el machismo— para desarrollar, posteriormente, un fresco plural que dé cuenta de las voces de otros, del mapa social de una región convulsa, flotante, en constante mudanza política.

Alexiévich es periodista de profesión y así ganó el Nobel de Literatura: no ha escrito novelas ni cuentos ni poesía. Y es que, a diferencia de otros escritores que utilizan el periodismo como puente hacia la ficción, Alexiévich hizo de este el sostén de su trabajo: sus crónicas y reportajes ensayísticos recogen prácticas del buen periodismo tradicional —intensa reportería, voces innumerables y contrapuestas, análisis riguroso— para hacer nudo, a su vez, con las herramientas más sofisticadas de la ficción: polifonía de voces, monólogo interior, fragmentariedad, elipsis.

En Voces de Chernóbil (1997), su único libro traducido íntegramente al español, Alexiévich radiografía, desde el punto de vista de las víctimas, la catástrofe nuclear de Chernóbil, Ucrania. Más de 500 entrevistas en diez años de trabajo sirvieron de insumo a este potente mosaico oral que desnuda las grietas del dolor sin amarillismos ni sensiblerías: la contención emocional, en sus páginas,  alcanza alturas de gran brillantez que permiten percibir el esqueleto de la tragedia desde la cruda alocución de las víctimas, desordenando su sintaxis, ensayando una nueva respiración —de las voces y del texto— a medida que las historias van despoblándose, cada una, de sus cargas; como si escurrir el daño estirara el sentido de la vida, le diera músculos; como si el dolor, a fin de cuentas, fuera un hábito necesario.

Así es como Alexiévich construye un mundo, una casa propia a través del periodismo: dona la voz pero aguza la mirada; entra preciso a una vida pero sale de ella a destiempo, para que algo quede. Por eso una casa es un origen: un lugar para estar y para irse después; para volver si se quiere o, quizá, para partir de nuevo: nunca se está en ella totalmente. Y esto, Alexiévich lo sabe mejor que nadie: ella erigió su hogar perdiendo fronteras y visibilidad, pero ganando, a cambio, experiencia, vidas ajenas, buena literatura.

Columna publicada en la edición 76 de De la Urbe