Bolívar como excusa

¿Con cuál Bolívar nos hemos quedado? Cada rincón de esta tierra suramericana tiene una respuesta diferente. Cada gobierno de cada nación se apropió del que más lo beneficiara.

David E. Santos Gómez / davidsantosg82@gmail.com

La vida de Simón Bolívar, adornada por desgracias y glorias, por triunfos de pétalos de rosa y derrotas de entierros prematuros, me ha parecido por años una encarnación de la paradoja latinoamericana. Euforias no reconocidas y disputas sangrientas. Falsas hermandades. Intereses que aplastaron las necesidades reales. Hombres con almas divididas y discordantes.

El mantuano era un hombre contradictorio. Cercano con algunos y déspota con otros. Variable como fue variable su vida a lo largo de los estrechos 47 años en los que definió el rumbo de estas tierras. Nació con riquezas, pero entregó su existencia y sus tesoros a la lucha de una idea de forma enfermiza. Agonizó, como por momentos agoniza nuestro continente, en medio del más pavoroso olvido, mientras lo arropaba el odio de un altísimo porcentaje de los que antes lo habían llenado de coronas de laurel.

¿Qué era la América del Sur en ese entonces y qué es ahora? Quizá lo mismo con diferente follaje. Una tierra inhóspita, pero cálida con sus hijos que no duda en devorarlos en medio de aterradores arranques de ira. Una zona de apabullante riqueza que tiene en sus hombres a lo mejor y lo peor de su esencia. Lo más bello y lo más horroroso en un mismo saco.

Hace exactamente 200 años el caraqueño, derrotado y exiliado en el Caribe pero entusiasta por la causa emancipadora que veía en el futuro cercano, despachaba en una veintena de folios la Carta de Jamaica, quizá el documento constitutivo de las luchas suramericanas por la independencia del imperio Español. Dos siglos después, volver a las intenciones de lo que plasmó Bolívar en tinta revela un triste recordatorio de lo que pudimos ser, pero nunca fuimos: un continente equilibrado, justo, poderoso y, sobre todo, libre.

En el 2015, la Suramérica bolivariana se aboca al desastre. De la carta de 1815 que nos nombró como país y escenificó las posibilidades futuras de cada nación, tras una juiciosa radiografía, queda muy poco. Estas tierras andan hoy plagadas de gobiernos ferozmente descompensados, de pueblos que luchan contra la enorme desigualdad y de muy pocas intenciones integradoras. Es cierto, hay también esperanzadores avances, pero de cada paso dado hacia adelante parecemos dar dos hacia atrás.

Las ideas unificadoras que fueron fuelle del nuevo pensamiento bolivariano del siglo XXI han hundido sus pies en el barro de la realidad. La integración era únicamente aceptable si todos pensaban igual, seguían los mismos parámetros programáticos en la política y la economía. Una estupidez de un cariz absolutamente antiliberal. Por eso mismo, ahora se resquebraja. El sur-sur, del que hablaron Chávez y Lula, poco existe, mientras las fronteras explotan y las economías colapsan. Si estamos bien, debemos unirnos; pero ante la primera problemática hay que darle la espalda al que se está ahogando. Se trata al otro como a un leproso geopolítico. Herencias de un pensamiento bolivariano traducido con el idioma de los fines y no de los medios.

Es muy posible que antes de morir en 1830, desengañado y vapuleado en la Quinta de San Pedro Alejandrino, Bolívar alcanzara a vislumbrar que lo escrito en Jamaica, década y media antes, se había ido al traste. Esos últimos meses los sobrevivió con explosiones de entusiasmo que no llevaron a ninguna parte para, finalmente, agotarse como un escuálido cuerpo que se quedaba chico ante su portentosa historia.

Ya muerto se le habrían de reconocer sus luchas y se insistiría en su placa de Libertador; aunque sus políticas lo habían llevado por caminos autoritarios y dictatoriales. ¿Con cuál Bolívar nos hemos quedado? Cada rincón de esta tierra suramericana tiene una respuesta diferente. Cada gobierno de cada nación se apropió del que más lo beneficiara. De un mismo Simón, han sacado cientos de Bolívares para tenerlos atrás en banderas y retratos y defender sus luchas mientras deforman su ideario. Se paran en los hombros de un gigante mientras, sin pena, mezclan frases de distintas épocas y pensamientos de diversos momentos. Hoy, en este continente sangrante, Bolívar no es un recuerdo de grandeza: es una excusa para infamias.

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