Guatapé, un pueblo sumergido entre los recuerdos

Cuarenta años después de la construcción del embalse en en este pueblo del Oriente antioqueño, sus habitantes intentan conservar aquella parte de la historia que les fue arrebatada.

Cada fin de semana, “La ciudad de los zócalos” recibe en promedio unos dos mil turistas. Durante sus fiestas, llegan hasta veinte mil. Fotografía: Natalia Botero.

Cada fin de semana, “La ciudad de los zócalos” recibe en promedio unos dos mil turistas. Durante sus fiestas, llegan hasta veinte mil. Fotografía: Natalia Botero.

Por Dafna Vásquez

Mientras se apoya en su bastón de macana, Lázaro Cardona, de 78 años, observa las montañas de su pueblo, cierra los ojos y sonríe como quien recuerda sus momentos de felicidad. Después de unos segundos de silencio, frunce el ceño y en voz baja dice: “Me sacaron, pero volví”.

Lázaro mira con nostalgia el lugar donde pasó los mejores años de su vida y que hoy está entre las aguas de la Central Hidroeléctrica de Guatapé. “Yo nací aquí y todavía no me he podido ir. Soy montañero de los finos, campesino, vivía allá donde todo era verde, cosechas y abundancia”. Durante su juventud, montado en su yegua Saína, Lázaro cabalgó por varios senderos transportando lo que se recogía del sembrado al pueblo. Hasta que un día de 1960 su padre llegó cabizbajo diciéndoles a su madre y a sus hermanos que se tenían que ir. Cada uno cogió lo poco que podía cargar en unos costales y se fueron para la finca La Quiebra, en Santa Bárbara. “Tendría yo menos de 20 años cuando tuvimos que vender por unos cuantos pesos, pero esa plata se perdió, porque usted sabe que la tierra no tiene precio”.

En Santa Bárbara, cuando Lázaro tenía 26 años conoció a Ismira, una mujer nueve años menor que él, alta, fornida y de cabello negro. “Detrás de esas cuchillas, a cuatro horas de acá, en Calderita, fue donde yo me conocí con él y ahí mismito me pidió matrimonio”, comenta ella, mientras sonríe tímidamente y señala las montañas que rodean parte de la represa.

Luego de doce años de estar casados, volvieron a Guatapé y se instalaron justo al frente de la casa cural, en la vivienda que había heredado doña Ismira de sus padres. Al regreso, Lázaro comenzó a trabajar en construcción. Acerraba madera e hizo un curso de artesanía en el Servicio Nacional de Aprendizaje para ocuparse en hacer algunos de los zócalos del pueblo. Y trabajo no le faltó y mucho menos desde que hace cinco años atrás el alcalde de entonces, John Jairo Martínez, decretó que todas las casas del pueblo deberían estar decoradas con un zócalo.

Antes del embalse

“Emiliano, a secas”, como se presenta, tiene 60 años, tez morena, contextura delgada y cabello negro azabache. Dice don Emiliano que es oriundo de Medellín y zapatero de profesión. Una caja, un martillo de remendón, varios tacones, puntillas, un tarro de pegante amarillo y más de cinco pares de zapatos regados a su alrededor demuestran que es uno de los zapateros más buscados en Guatapé: “Me tienen mucha confianza porque el resto de personas que saben de la técnica son muy macheteras”.

Hace 35 años, justo cuando estaba finalizando la segunda etapa del Embalse Peñol-Guatapé, llegó desde Medellín en busca de clientes. En ese tiempo, cuenta, el pequeño poblado no era visitado por nadie. “Cuando yo venía acá no habían hoteles, había un solo un estadero que se llamaba El Remanso y la gente venía iba a almorzar ahí. Yo principié viniendo los domingos y festivos, porque en semana trabajaba en la esquina de San Juan con Bolivia, en Medellín. Acá en Guatapé me tocaba pagar unos días donde un señor que lo llamaban El Gitano, pero después el pueblo se comenzó a desarrollar y ahí fue cuando pavimentaron las calles”.

Entre 1970 y 1980, las Empresas Públicas de Medellín construyeron el embalse de regulación más grande del país. Por su construcción, más de cuatro mil habitantes, tanto de la zona rural de Guatapé como de la cabecera municipal de El Peñol, fueron reubicados. Todo cambió con la inundación de aquellas tierras: la gente, los oficios, el alma del pueblo.

Después de que arreglaron la carretera, por aquellos mismos años, las horas de viaje de Medellín a Guatapé se redujeron y empezaron a aumentar los visitantes. “Entonces, ya uno no se gastaba cinco horas ni se venía como cigarrillo. Luego comenzó a entrar la gente, y les ha parecido amañador”, relata don Emiliano. Una señora, en una casa de familia, le alquiló una habitación: “Ahí fue cuando decidí quedarme. Al comienzo había poca clientela pero buena. Cuando yo vine no había heladerías ni cafeterías, solo cuatro cantinas. Ya ahora, según la alcaldía, hay como más de 380 negocios, pero acá solo hay gente en los fines de semana. El resto de días espantan, la gente es muy poquita y no sale”.

Guatapé hoy

En el Guatapé del presente, la mayor parte de los habitantes viven del turismo. Ese es el caso de Enrique Londoño, que hace más de diez años se dedica a dar paseos en lancha: “Este era un pueblo que vivía de las maderas, del carbón o de la agricultura. Ahora ya casi el 80 por ciento de los habitantes se sustentan de la represa; de las trece veredas que quedaron tras la inundación, solo dos producen agricultura, las otras muy poquitico”.

Sin embargo, cuenta don Enrique, durante los últimos dos el flujo de turistas es muy poco debido a que el agua de la represa ha disminuido. “En diciembre abren mucho las compuertas para generar más luz por los alumbrados. Y luego, como no ha llovido, queda así tan poquita el agua y a la gente como que no le gusta”.

Uno de los tantos turistas que acostumbraban a llegar a Guatapé es Fernando Vásquez. Tiene 66 años y la última vez que visitó el pueblo fue hace tres años. No fue precisamente a pescar, como lo hacía con su padre antes de que la Central Hidroeléctrica inundara 6.240 hectáreas de los municipios de Guatapé, San Vicente, El Peñol, Alejandría y San Rafael. Ahora fue “a montar en lancha, mirar los zócalos y visitar la Piedra”.

Antes, cuando don Fernando practicaba la pesca deportiva, el puente sobre el río Guatapé era de madera. Desde allí se veía una panorámica de extensiones de vegetación, casitas campesinas y animales. En los domingos él y su padre eran recibidos en la casa de doña Aleida. Ellos les llevaban algunos regalos de la ciudad a cambio hospedaje y alimentación. La última vez que hablaron con Aleida, les contó que debía irse de su parcela porque le estaban pidiendo su tierra para la construcción de una hidroeléctrica, pero su esposo se estaba negando a desalojar. Luego de un tiempo, Fernando Vásquez supo que a Adán lo habían asesinado.

“Esa represa es una obra que le costó tanto a la comunidad como a la economía interna de Antioquia, porque este era un pueblo importante en la producción de hortalizas y cereales. Con la inundación, los campesinos del lugar perdieron todo lo que les habían dejado sus abuelos: las Empresas Públicas de Medellín nunca pagaron justamente. A ellos nunca les dieron tierras para cultivar, solamente les hicieron un pueblito para que vivieran del turismo; los agricultores tuvieron que dejar sus avíos, sus abarcas y su ruana para vestirse al estilo citadino”, dice Fernando Vásquez.

Muchos en Guatapé piensan lo mismo, y recuerdan la misma historia. “Fue mucha la gente que se tuvo que ir. O se iban o los hacían ir”, dice don Lázaro, y asegura que ya nada es igual, pues muchas personas murieron, algunos ancianos de pena moral y otros en esta época o porque los mataron en los años posteriores cuando llegaron actores armados (Farc, ELN y luego los grupos paramilitares) para intentar controlar la ahora estratégica zona del Sistema de Interconexión Eléctrica Nacional.

Una tradición que revive

Desde hace medio siglo las construcciones guatapenses se han venido envolviendo de color, arte e ingenio a través de los diversos motivos que los artífices de estos cuadros en cemento ejecutan para plasmar la cotidianidad y las costumbres de aquella población del Oriente antioqueño. Hasta ahora cerca de 1.200 casas y locales se han visto engalanados con zócalos de 80 centímetros de altura, en donde se reconstruye la memoria de un pueblo que renace para buscar su identidad.

Aún faltan unas 200 fachadas, pero se debe contar con un presupuesto de 500 millones de pesos para ello. Esta tradición inició mucho antes de la construcción del embalse y, según don Lázaro, ha venido cambiando –tanto en formas, motivos y técnicas– a través del tiempo. “Yo hice varios zócalos de aquí del centro de la plaza y de la calle del Recuerdo, donde están los zócalos más tradicionales (con figuras geométricas) que se hacían con barro y estiércol de bestia. Ha habido gente de Estados Unidos que quiere que le cuenten cómo es que se hacen y es lo más sencillo de la vida, el molde es con un pedacito de tríplex. Yo con un solo molde hago todo este pueblo”.

Cuando se empezaron a hacer los primeros zócalos a principios del siglo XX, no se  elaboraban por cuestiones estéticas sino para resguardar las paredes de la humedad y de los animales de corral. “Todo comenzó cuando José María Parra Jiménez, que es el que ha hecho mayoritariamente los zócalos de acá del pueblo, trajo la técnica y la perfeccionó. Chepe pintó en el frente y en el zaguán de su casa unas ovejas para proteger las paredes, aunque también dicen que como forma de desafío a la beata Isadora de Jesús Urrea que había pintado en el altar unos zócalos del cordero de Dios”.

Animales, figuras religiosas, arrieros, indígenas, sembrados y hasta escenas de la vida cotidiana como juegos de cartas o trasteos, son algunos de las figuras con las que cualquiera se encuentra mientras camina las calles del pueblo.

No obstante, muchos residentes, incluido don Lázaro, piensan que lo bonito del pueblo se ha hecho únicamente para los turistas. “El pueblo se ve bonito, pero no es lo mismo, porque yo extraño todo del campo. La comida sobraba por bultos, daba hasta pa’ alimentar a las gallinas y a los cerdos. Ahora se vive dizque del turismo, pero a uno ya bien viejo el turismo de qué lo va a beneficiar”.

Años después, don Lázaro se dedica ahora a jugar billar, bebe dos o tres aguardientes, se sienta unas horas en el parque y de ahí se va para la casa a hacer los bastones de macana que vende por 25 mil pesos: “No se quiebran ni pasándole un carro por encima”, dice. Vive de las memorias de sus primeros años y, aunque “todo va pasando en la vida”, sigue anhelando el día en que pueda volver a su campo a cosechar maíz.

Guatapé en imágenes

Guatapé

Informe publicado en la edición 74 de De La Urbe