Por el sentido de lo público

El pasado mes de junio, la Universidad de Antioquia volvió, después de una “tregua” prolongada, a lo que propios y ajenos han llegado a considerar su estado natural: el tropel, los encapuchados, las papas bombas, los gases lacrimógenos, la evacuación, la indiferencia. El receso  se rompió esta vez por el aniversario de los caídos, primero, y por “despertar las conciencias dormidas”, días después, que más sonaba a un pretexto político ausente de discurso, cargado de estruendo y vestido de anonimato.

Poco después, la reacción de las directivas  y de algunos miembros de la comunidad universitaria se reflejó en un acto simbólico: Universidad de Antioquia, te quiero sin violencias. Un llamado tímido pero valiente frente a la indiferencia y el desconcierto de buena parte de los estamentos que, cansados no solo de la violencia de los “capuchos” sino de una tensión  multiforme  que reprime y enferma, decidieron manifestarse a favor de la argumentación, del debate académico, de la convivencia y de todo aquello que constituye la esencia de este campus colmado de diversidad y de asuntos que, en definitiva, no se resuelven con consignas y estallidos.

Y es que, como varios participantes del acto lo reconocieron, las violencias de la universidad se están multiplicando sin que actuemos. Tal vez la más amenazante es la pérdida del sentido de lo público. En la universidad  el concepto y el uso de lo público se entienden lamentablemente en el sentido inverso: me apropio pero no me identifico, uso y desecho, reclamo pero no cedo, exijo derechos pero no cumplo normas, no retribuyo. Una ley de la selva que es retrato fiel de lo que ocurre extramuros, en la informalidad, en el descrédito por la autoridad y por el Gobierno, en el sometimiento del débil a la ley del más fuerte. Algunos dicen que lo anterior es “natural”, que somos el espejo de la situación del país.

Esas múltiples violencias y aquellas que se escapan de la percepción y de la memoria -como laagresión física contra  al profesor Hernando Muñoz en agosto del año pasado o las intimidaciones al grupo profesoral que protestó también contra los actos vandálicos en los laboratorios de Ciencias Exactas y Naturales, además de la destrucción de los cajeros electrónicos, el atraco a cafeterías y otros hechos disimulados por el silencio, pero al fin violentos- no solo deben inventariarse para pronunciarlos en actos simbólicos y en diatribas de pasillo. Requieren una sanación interior, una reformulación de los códigos de convivencia que hoy nos regulan, una acción concertada que tome en cuenta no solo necesidades caseras como la actualización estatutaria, las reformas de los reglamentos estudiantil y docente, la definición de políticas administrativas transparentes y equitativas, la revisión minuciosa sobre la condiciones de seguridad y prevención en las que trabajamos, estudiamos y enseñamos.

Finalmente, urgen  medidas de choque que se cuestionen sobre el sujeto que estamos educando, que transciendan con un proyecto pedagógico que impacte verdaderamente a la ciudadanía, que nos reeduque en lo público y en la idea del  bien común, que contribuya  a cerrar las diametrales distancias que hay entre los que naturalizan las violencias y los que sufren callados sus consecuencias. Es que si aún le apuntamos a la paz y al posconflicto en Colombia, desde la Universidad  tenemos que dar ejemplo.

Editorial publicado en la edición 74 del periódico De La Urbe

 

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