“¿Cuál es la causa por la que uno pelea?”

Después de 17 años, los recuerdos de la Batalla de Tamborales siguen presentes en la memoria de uno de sus sobrevivientes. La historia de un soldado que se pregunta por qué fue entrenado para matar.

Fotografía: cortesía.

Fotografía: cortesía.

Por Bertha Durango Benítez / berthalia83@hotmail.com*

El día que Ramiro ingresó al Ejército Nacional fue el más feliz de su vida. No había cumplido los 18 años, pero eran tantos sus deseos de hacer parte de las filas militares que buscó la manera de alterar su edad y enlistarse. Había crecido junto a sus siete hermanos en el campamento de una finca bananera cerca del municipio de Carepa, dormían todos juntos en una pieza pequeña y, mientras su mamá trabajaba en la finca, él atendía a sus hermanos menores.

Desde pequeño tuvo un sueño, el que quizá tenían muchos niños de su época, ser un héroe. Pero no uno de esos que mostraban por la televisión, esos héroes de hierro, con motos veloces y capa negra. No, quería ser un héroe de carne y hueso. Quería ser soldado de Colombia.

“Yo los veía acampando en la bananera, con sus equipos y unas ollas muy grandes que utilizaban para hacer la comida, los veía de lejos y decía que quería ser como ellos”. Ramiro quería crecer cuanto antes para lograr el sueño de vestir ese uniforme y ayudar en su casa, quería que sus hermanos y su mamá comieran bien y que no volvieran a pasar necesidades.

Corrían los primeros días de 1996. Ramiro, aún sin cumplir la mayoría de edad, se presentó a la Brigada XVII: “Recuerdo que ese día había una fila muy grande, yo llegué y traté de colarme, no quería quedarme por fuera. No se me olvida que salió un teniente y dijo que solo iban a llamar hasta la letra m. Mi apellido es por la r, sin embargo yo esperé. Usted no se imagina la alegría tan grande que sentí cuando al rato el teniente volvió a salir y dijo que llamaría otros más. Cuando finalmente escuché mi nombre y apellido, eso fue una felicidad muy grande”.

Recuerda que la primera noche en el batallón eran más de quinientos soldados acostados en catres. Tendría que acostumbrarse a lidiar con quinientos hombres más y no solo con sus siete hermanos. Al otro día, Ramiro ya estaba con la cabeza rapada, botas negras y el con el que tanto había deseado vestirse.

Luego de tres meses de entrenamiento, de trasnochadas y madrugadas haciendo flexiones de pecho, escuchando los insultos y siendo víctima de los castigos del teniente, Ramiro dejaba de ser un recluta y juraba ante la bandera defender a su patria a costa de lo que fuera.

Durante los 18 meses de servicio militar obligatorio no tuvo muchos encuentros desafortunados con lo que en el Ejército llaman “el enemigo”. Patrulló junto a su tropa por Urabá con su uniforme empapado de agua, aguantó sed, hambre, frío, calor, pero no fue más de ahí. Su servicio militar terminó y regresó a su casa, que no era otra que el  campamento de la finca bananera donde seguían sus hermanos y su madre. Había cumplido su sueño de ser soldado, pero no el de poder ayudar a su familia.

“Finalmente encontré trabajo en una finca. Me iban a pagar un salario, iba a poder comprar comida y ropa para mí y mis hermanos. Me tocaba cargar los racimos de banano en el hombro, a las dos semanas ya tenía mi espalda pelada, pero no me importaba, seguía trabajando parejo de sol a sol. La primera semana me gané 160 mil pesos y la segunda 110 mil, pero cuando me llegó el pago solo me dieron 57 mil pesos de la primera y 63 mil de la segunda. Yo me quedé muy aburrido, fui donde el administrador y le pregunté dónde estaba el resto de mi pago, me dijo que eso era lo que me tocaba porque me habían recortado lo que correspondía al contratista”.

Ese mismo día Ramiro abandonó la finca bananera. No sabía a dónde ir, dónde buscar nuevamente trabajo. Para 1998 Urabá ya se había convertido en un campo de batalla, las disputas territoriales se hacían más evidentes,  los diarios y noticieros informaban de cientos de masacres. Los soldados y sus familias se habían convertido en objetivos principales de la guerrilla.

Antes, cuando Ramiro salió de su casa a prestar el servicio militar, tuvo que solicitarle permiso al jefe guerrillero de la vereda, no podía irse sin su consentimiento, de lo contrario él y su familia correrían peligro. “Yo fui y le dije que quería irme a prestar servicio, él me dijo que estaba de acuerdo, pero que apenas terminara mi servicio obligatorio me retirara, que no me quedará trabajando en el Ejército, porque ahí sí no respondían”.

A pesar de esas palabras y de saber el riesgo al que se expondría, Ramiro no tuvo otra opción que regresar al batallón y solicitar que lo recibieran como soldado profesional. “Ese día yo salí aburrido de esa finca y de una me vine pa´ Carepa y entré al batallón. Un sargento me dijo que si quería ser voluntario no tenía que hacer mucha vuelta y me señaló a otro señor que era el que se encargaba del proceso”.

En plena guerra no eran muchos los hombres que se ofrecían para ser soldados voluntarios e ir a pelear al monte. A las dos horas de Ramiro haberse acercado a la Brigada ya tenía en sus manos nuevamente el uniforme verde, las botas negras y su equipo de combate. “No me hicieron exámenes, nada. Necesitaban gente y no les importaba en qué condiciones estuviera”. Empezó a ganar 288.000 pesos mensuales y tenía como ayudar a su familia.

Ramiro no imaginó que en la mañana del 10 de agosto de 1998 estaba a punto de empezar a vivir los peores días de su vida. “Nos levantamos en la madrugada, sabíamos que cerca de Mutatá se estaba presentando un combate muy fuerte, pero no teníamos idea de que nos tacaba ir a nosotros”.

El combate llevaba tres días cuando Ramiro y su tropa llegaron al sitio como refuerzo. La guerrilla había matado a cerca de 36 soldados y había secuestrado a sus comandantes. “Cuando llegamos ya estaba el tiroteo muy caliente, encontramos muertos por todos lados, jovencitos, niños, adultos. Era un campo de batalla, uno disparaba para todos lados”.

Luego de cuatro días el combate persistía, la tropa trataba de avanzar en busca de los soldados secuestrados, pero solo hallaban más balas, morteros y bombas. “El 14 de agosto fue lo más duro, ese día nos adentramos en el campamento guerrillero, había niños, mujeres embarazadas, era horrible, balas por todos lados, nos disparábamos todos contra todos. Como habían pasado tantos días ya estábamos todos sucios de sangre, de tierra, entonces no nos reconocíamos bien. Uno disparaba a lo que se moviera, la idea era sobrevivir. Ese fue el día en que me hirieron, me metieron dos tiros en el glúteo derecho y uno más arriba, en el momento uno no siente, uno lo único que quiere es salir vivo de ahí”.

Pidieron más refuerzos al batallón, pero la ayuda nunca llegó. Ramiro emprendió la marcha para salir de ese campo de combate junto a catorce compañeros más. “Dábamos vueltas, caminábamos, corríamos. Recuerdo que en un momento uno de los dos muchachos que iban conmigo atrás se agachó a amarrarse las botas y, cuando levantamos la vista, los otros compañeros ya no se veían, se fueron y nos dejaron. Seguimos caminando, yo me quejaba mucho, estaba perdiendo mucha sangre, uno de mis compañeros sacó una pañoleta y me la metió en la herida, me decía que todo estaba bien, que no era tan grave. Hubo un momento en que yo ya no podía más, me estaba cayendo muy seguido, sentía que no tenía fuerzas, uno de mis compañeros se adelantó y el otro se quedó conmigo”. Pero luego, ocurrió lo inevitable, Ramiro se quedó solo y mal herido en medio de una selva espesa.

“Mi compañero me dijo que él tenía que seguir, que no podía esperarme más, yo le rogaba que no me dejara solo, que por favor esperara, me dijo que era mejor que él se fuera y que luego vendría por mí o mandaría a alguien para que me sacará de ahí”. A Ramiro le tocó seguir solo. Las heridas comenzaron a infectarse y el dolor se hacía cada vez más intenso, el hambre comenzaba a ser mella en su cuerpo. “Me alimentaba de hojitas de cogollo, de una que otra frutica que encontraba por ahí, también de semillas. Busqué y busqué hasta que encontré un arroyito de donde podía beber agua y sacar pescaditos, me los comía crudos. A pesar de que me dolían mucho las heridas, yo sabía que tenía que seguir, trataba de no descansar mucho tiempo, sabía que cualquier metro que avanzara era ganancia”.

El helicóptero seguía bombardeando la selva. “Yo solo esperaba que no me fueran a herir otra vez”. En una de esas cinco noches que pasó en la selva tuvo un sueño: “Soñé que me habían rescatado y que estaba en un hospital recibiendo atención, que mi mamá llegó a verme y que me abrazó muy fuerte, cuando abrí los ojos lo único que vi a mi alrededor fue selva, selva espesa”. Desde entonces a Ramiro le costaba dormirse porque temía que volviera el mismo sueño.

Al quinto día, y luego de dar muchas vueltas, Ramiro siguió un arroyo. Después de mucho caminar, encontró una choza. “Me sentí tan contento, yo ya no podía caminar más, ya no me quedaban fuerzas, llevaba cinco días batallando contra la muerte y el cansancio. Eran unos indígenas, yo me acerqué, me imagino que mi imagen asustaba, estaba barbado, con el uniforme lleno de sangre y barro. Me acerqué y les dije que era soldado, que por favor me ayudaran. Ellos se tapaban los ojos, se tapaban la nariz y escupían, se alejaron de mí y me dijeron que no podían ayudarme. Les dije que entonces me indicaran dónde quedaba Pavarandó, y me dijeron que no sabían”. Les ofreció dinero a cambio de que le indicaran el camino, pero de ningún modo consiguió que lo sacaran de ahí. “Para mí fue muy duro sentir el rechazo de esa gente, de la gente que yo esperaba que me auxiliara, uno supuestamente lucha por un país, si yo me sacrifico por usted y usted me da la espalda, entonces, ¿por quién es que uno lucha y para qué?”.

No tuvo otra opción que seguir su camino solo, incluso caminó más rápido que antes. “Me escondí a la orilla de un camino, más tarde llegaron unos niños indígenas y me guiaron, yo medio les entendía. Ellos me señalaron la dirección que debía seguir para llegar al pueblo”.

Sin embargo, no siguió las instrucciones de los niños, se devolvió y tomó otra dirección. Se quedó dormido junto al camino y, de repente, sintió que alguien se acercaba, agarró el fusil y le apuntó. “Era un indígena adulto en un caballo, yo le apuntaba a la cabeza. Él me decía que por favor no lo matara, que iba a ayudarme, me dijo: ‘a indígena dar mercado en pueblo por llevar soldado’. No le creía, pero luego pensé que era la única opción que tenía, dejé que me subiera al caballo y tras cinco horas de caminó llegamos a Pavarandó”.

Lo recibió un comandante del Ejército. En efecto, estaban dando a los indígenas un mercado por cada soldado que rescataran. A Ramiro lo montaron en un helicóptero junto a tres cadáveres putrefactos. Cuando llegó a la Brigada le brindaron atención y de ahí fue trasladado al Hospital Militar en Bogotá. Luego de su recuperación, Ramiro se enteró de que en ese combate, la Batalla de Tamborales, murieron alrededor de 70 soldados y otros 15 fueron secuestrados.

La atención en la unidad militar no fue la mejor, pero por lo menos sanaron sus heridas físicas. Allí los médicos lo trataron del mismo modo que un comandante en el entrenamiento. “Como la mayoría de los médicos también son militares y saben que uno es soldado, le dicen  que uno ya está listo otra vez para ir a pelear. Cuando uno se queja le dicen: ‘¡ay, mariconcito, yo pensé que usted era más machito, usted no es pues un soldado!’ Sí, somos soldados, pero los solados no somos de hierro ni de palo, nosotros también sentimos, también nos duele, también amamos, nos enamoramos y también lloramos”.

Por esa época, el presidente Pastrana ponía fin a las conversaciones de paz con la guerrilla y la zona de distensión de San Vicente del Caguán fue militarizada. Hasta allí fue trasladado Ramiro. Fue instructor. Hace poco sufrió un accidente, y de nuevo tuvo que regresar al Hospital Militar. “Me operaron de la clavícula, me la partí con un fusil mientras entrenaba a los muchachos nuevos. A las dos de la mañana una enfermera me sacó de la camilla y me dijo que me fuera, que necesitaban la cama para otro paciente, pero un médico se apiadó de mí, me colocó medicina para el dolor y esperó a que amaneciera. Había más de 30 camillas desocupadas, yo no sé porque esa señora quería tirarme a la calle”.

Ahora está de nuevo en Urabá, ya ve cerca su jubilación. Se le ve tranquilo, está estrenando casa. Tiene tres hijos. Está casado con Elena desde hace 15 años. Habla con tranquilidad de su historia, es un hombre pausado y sereno.

“Yo amo a mucho a mi Ejército, yo vengo de la miseria y hoy tengo mi casa, mis cosas y mi familia bien tenida, he conseguido más de lo que creí posible. Pero lo malo son los directivos. Al Ejército le mandan mucha plata para obras, para que les hagan un buen cuartel y dormitorios a los soldados y esos dineros siempre los desvían. Usted va a un comedor de suboficiales u oficiales y eso es muy bonito, y las comidas muy buenas, en cambio, en el del soldado, la comida la revuelven con una pala ¿Los soldados qué somos, somos de palo?”.

A soldados como él, que llevan muchos años de servicio y ya están curtidos en la guerra, los comandantes los llaman soldados problema. “Uno a esta edad ya reflexiona y piensa por qué causa es la que uno pelea, por qué tanto odio, por qué persigo una gente que no me ha hecho nada, por qué a uno le inculcan ese odio desde que llega al entrenamiento, a uno lo entrenan para matar”.

El soldado de carne y hueso está sentado en la sala de su casa, junto a dos de sus hijos que escuchan cómo narra su historia. Ellos sonríen, le acarician la cara, el pelo y lo miran cuando habla. La niña lo mira y le dice “papi, te quiero mucho” y se va a jugar. Yo me quedo sentada, con un nudo en la garganta pensando que no voy a poder contener el llanto. La historia me recuerda a uno de mis hermanos quien también fue militar y no tuvo la suerte como Ramiro de vivir para contarlo.

*Texto publicado en la edición 01 de De La Urbe Urabá

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