Humo de medianoche

Durante dos años, con paciencia, pasión y rigor, el joven cronista Felipe Ramírez estuvo detrás del humo que une a los protagonistas de su libro. Gracias a esto, logró una colección de perfiles acerca de la vida íntima de una generación unida por la marihuana. Periodismo desde lo simple y lo profundo.

César Alzate Vargas
borealia2@hotmail.com

Otros usos de la zanahoria en el siglo XXI

Seis muchachos deambulan por las noches de un pueblo ubicado en las altiplanicies de los Andes colombianos. Si los miráramos desde afuera pensaríamos que no tienen presente y dudaríamos de sus posibilidades para el futuro; acaso los consideraríamos unas sombras que expelen humo y los dejaríamos ir de nuestra memoria. El narrador de Humo de medianoche nos los devela como lo que son: jóvenes de intenso presente y vibrante futuro, unos que por ahora tienen el destino enredado en la marihuana, pero que por lo mismo gozan de una existencia plena de imágenes, pensamientos, sensaciones. Ideas. Con los cinco sentidos de un periodista que además es escritor, Felipe Ramírez Valencia les insufla vida a las sombras y las convierte para nosotros en personajes.

No es una prosa potente. Es, en cambio, una prosa bella, puesta al servicio de la verdad; en ello estriba su fuerza. Es, como indica el deber ser del periodismo, una escritura sólidamente fundamentada en lo que Norman Sims, teórico del periodismo literario estadounidense, denomina la inmersión. Felipe estuvo ahí. Conoció a sus personajes, compartió sus sueños y desesperanzas, cultivó por ellos un auténtico afecto; con respeto, amor, rigor, tomó nota de sus vivencias, con sapiencia trasladó la esencia de esos muchachos al universo de la palabra escrita.

—¿No me va a hacer preguntas? —me pregunta, igual que a él uno de sus personajes en una de las crónicas. El propósito de la visita era asomarme al mundo de Felipe, el autor de esta serie de relatos que he leído con tanta emoción desde los borradores iniciales. Quería conocer in situ sus ideas sobre el periodismo, la literatura, el pueblo, las fuentes, los personajes, la gente.

Quería también convertirme en un testigo presencial del lugar que sirve de escenario a esas seis historias y corroborar o derribar mis prejuicios. Muchas pinceladas traza el narrador de Humo de medianoche para describir los múltiples rostros de Marinilla. Tengo a la mano esta que me fascina por su sencillez y contundencia, del día 72 de Hamilt (el relato que más me gusta del libro, lo confieso): “Olor de ciudad. De ciudad no, más bien de pueblo. Huele a nubes, a polvo húmedo, a calles mojadas con historia confusa”.

—La música, la literatura y el cine son las tres artes que más me apasionan —comenta Felipe, y el que lea este libro entenderá la contundencia de sus gustos.

Lo segundo que buscamos por todo el pueblo es una revueltería que esté abierta a estas horas. Y preciso la encontramos en el marco de casas del TAL, al fondo, detrás de donde estaría la concha acústica si este lugar hubiera sido un teatro al aire libre. Él nos ha contado, a mí, a la escritora y a la fotógrafa que nos acompañan, que alguno de ellos le enseñó a armar una pipa con la punta de una zanahoria para desvararse cuando no tuviera a mano los adminículos necesarios. Trae, por supuesto, algunas briznas de ganjah que le obsequió otro de sus personajes, el que la cultiva en el solar de su casa: no podríamos abandonar la noche sin mínimamente alzar el vuelo.

El anfitrión consigue en la tienda una zanahoria grande, gorda, erecta y apetitosa como para Bugs Bunny, y el revueltero le presta además un cuchillo. Atraviesa el mar de muchachitos y viene a nosotros. Con destreza corta la punta y moldea la pipa. Cada uno enciende su pedacito, aspira, enciende, aspira, se quema, se eleva, y cuando en pocos segundos mi mente se desdobla descubro que algunos de los pubertos no hablan con sus amigos, no ven a nadie, tienen los ojos puestos en su mundo interior. Me doy cuenta de que para muchas personas la marihuana es como el muro de la isla prisión que relata Bioy Casares en esa novela, Plan de evasión. Los reclusos pasan la vida como hipnotizados mirando el muro y el narrador poco a poco va descubriendo que en las manchas existe un patrón de imágenes que los llevan en mente, ya que no en cuerpo, a los paisajes más hermosos de la Tierra. Los prisioneros se niegan a dejar la prisión. Igual que los marihuanos, pienso de pronto. Para muchos, la yerba funciona como un perfecto plan de evasión.

Tiene que ocurrir, desde luego: acabamos comiéndonos la zanahoria. Soy uno de los reclusos de Bioy Casares y mi viaje es interior. Despedazo la zanahoria con mis dientes y noto cómo se hace una masa de piedrecitas jugosas y dulzonas en mi boca. Rumio durante largo rato y luego trago. Siento los fragmentos despeñarse esófago abajo hasta el abismo profundo de mi estómago, los siento desaparecer en las insondables simas de mi entraña. Casi soy capaz de percibir cómo allí se descomponen en sus elementos esenciales, las vitaminas y todo eso, y soy feliz. Tal cosa, creo, es la come-trapo (munchis, en el idioma tosco de los bogotanos): no un hambre desmesurada que despiertan los componentes secretos de la cannabis, sino el ansia de probar las sensaciones que pueden percibirse con los sentidos activados en los recodos más ocultos del organismo. El vuelo es un enloquecido viaje por el adentro y el afuera del cuerpo, en el que los sentidos se alternan para mostrarnos diversas facetas del universo más bien desconocidas por la cotidianidad.

 

Todas las hojas son del viento

(Fragmento)

Felipe Ramírez. Foto: Festicine Antioquia.

Felipe Ramírez. Foto: Festicine Antioquia.

Felipe Ramírez
pipervalen@gmail.com

¿Cuántas personas alrededor del mundo se estarán fumando un porro al mismo tiempo que yo? Eso pienso que piensa Daniel. Levanto la vista. Desde esta colina veo a seis. Seis colinos —por lo menos en el perímetro que me permite la vista— es la respuesta incompleta a una pregunta que nunca me ha hecho.

Así que me esfuerzo un poco e imagino. Si somos siete mil millones de habitantes en todo el mundo, y si dijéramos, solo por especular, que una de cada cincuenta personas se fuma un porrito con cierta regularidad, eso serían, según la calculadora de mi celular, ciento cuarenta millones de trabados. Casi toda Rusia envuelta en humo verde. Pero estamos siendo exagerados, y no una de cada cincuenta personas es marihuanera. Creo. Así que digamos que nos encanta la especulación, tanto como al mundo el cannabis, y que una de cada cien parece una escala más real: eso nos da setenta millones de personas. Ningún país en Suramérica, excepto Brasil, tiene una cantidad de habitantes mayor a setenta millones. Eso es mucho humo, mucha traba y mucho fracaso en la lucha contra la ilegalidad.

Dejemos la especulación a un lado y la escala del cien a uno. Remitámonos a los estudios. Según el más reciente Informe Mundial Sobre Drogas de la ONU, el promedio de consumo de cannabis en el planeta, en una población entre los quince y sesenta y cuatro años, es aproximadamente doscientos millones de personas: casi todos los habitantes de Brasil carburando al tiempo —en ese país, según la ONU, el diez por ciento de la población consume cannabis; igual cantidad en Norteamérica, Nigeria, Egipto, Francia, España y Australia—. Aun más humo, más traba y más fracaso de la política prohibicionista.

Entonces en este preciso instante, Dani, muchas personas te acompañan en la quema y la traba, mientras crecen los moños que se fumará el mundo durante las próximas semanas.

Dani y yo estamos en Medellín. A esta hora —seis de la tarde—, la ciudad huele a marihuana: en el centro por sus más de cien plazas de vicio, en la universidad, tanto en la de Antioquia como en la Nacional, en Carlos E., en el Parque del Periodista, en el estadio porque hay partido del verde, allá arriba en las montañas y acá debajo de los árboles; y, sobre todo, en el B. A. Así le dice Dani y para allá vamos.

—¿El B. A.?

—Sí, el Barrio Antioquia. Vamos a mercar.

—¿Seguro que no nos bajan de la ciclas?

—Relájese, papito, que antes allá lo cuidan a uno, ¿no ve que somos la clientela?

Y nos metemos en un laberinto de calles y combos que nos miran. Todos son iguales: las calles y los combos.

—Parce, y si se supone que todos tienen y venden, ¿por qué no le comprás al próximo combo de la derecha?

—Hay una cosa que se llama fidelidad.

—Tan fiel el pela’o.

—Marica, es que entre ellos se respetan los clientes. Es una manera de conservar la paz. Además el producto nítido que a mí me gusta, me lo venden allí barato.

Sigue el laberinto y siguen los pedalazos. Solo no sería capaz de salir de acá.

—¿Qué vas a comprar? ¿Cripa?

—Polen de crespa. Aunque acá le dicen porro.

—¿Y así no le dicen a la marihuana normal?

—Ya le dicen crespa, por lo menos a la cripa.

—¿Y si es pangola?

—La gente la pide como regular —lo dice con pronunciación en inglés: régular, si no es en inglés por lo menos con el acento marcado en la e—. A la próxima volteamos a la izquierda y llegamos.

—Hablalo —le dice el jíbaro. Y Dani le habla.

 

Este texto fue publicado en la edición 72 de De La Urbe