Minutos de fama en los buses de la ciudad

Pablo Urbano en su escenario. Foto: Sara Lopera.

Pablo Urbano en su escenario. Foto: Sara Lopera.

Por Sara Lopera Lopera (sllopera9@gmail.com )

Son las 10:30 de la mañana, Pablo les hace señas a los otros trabajadores de la ruta para montarse en el bus que se estaciona en el paradero del Mall de La Frontera, en el Poblado. Saluda al conductor y entra saltando la registradora. Empieza a dar pasos cortos en un camino estrecho, buscando donde situarse mientras la gente se acomoda. Saluda a los pasajeros sonriendo, empieza a sonar la pista y él a rapear:

Hola cómo están, los saludo de corazón

primero agradezco su comprensión, segundo pido un poco de atención

no quiero que se oiga una bulla sin razón.

El bus está lleno, hay algunas sillas vacías que se ocupan rápidamente mientras él canta. Una mujer joven se quita los audífonos para poder escucharlo. Otra, que aparenta unos cincuenta años, lo mira atentamente sonriendo; algunos están mirando por la ventana un poco distraídos. La pista avanza, Pablo dispara rimas rápidamente y se va robando la atención de todos.

Y yo, ahí voy dejando el mensaje de corazón

gracias por su escucha y también por su atención

pues incomodarlos nunca es la intención

y más bien le pongo freno, es que más bien paro porque el bus ya está muy lleno.

Juan Pablo Arango es su nombre completo. Es un joven de 25 años. Piel clara, estatura media y ropa ancha. Lleva puesta una gorra verde y en su mano un bafle, allí carga su música, sus pistas y sus letras. Trabaja cantando en los buses. Para él, el Rap lo es todo. Le gusta su vida, sonríe casi todo el tiempo y no se queja por nada.

 

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Al igual que Pablo, en Medellín y en Colombia, hay muchas personas que aman y viven del Rap. Esta música, que otros llaman estilo de vida, llegó a Colombia en los años 80, después nacer una década antes en Nueva York. Es toda una cultura, acogida principalmente por jóvenes de barrios marginados como una forma de resistencia, protesta y denuncia a la violencia y a las injusticias sociales.

El Break Dance y la poca música norteamericana que llegó al país empezaron a popularizarse rápidamente. De esta fiebre nacen las primeras producciones en 1995 de Gotas de Rap y La Etnia, agrupaciones bogotanas que aún son vistas como íconos y pioneros del Rap.

—Yo vivía en Santa Cruz, en ese tiempo había mucha violencia. Mi hermanita mayor y yo escuchábamos La Etnia, un tema que se llama “El Ataque Del Metano”, y a mi mamá no le gustaba, nos decía “ay no, eso es satánico”, y le botó el casete a mi hermanita. Pero ella consiguió otro, y ¿sabés que hacía? Me decía, “venga, venga, ponga el oído en el bafle” y lo ponía pasitico y nosotros contentos, pegados de ese bafle escuchando para que mi mamá no se diera cuenta.

Este artista callejero asegura que el Rap siempre ha estado en su vida. Cuando pasó por las situaciones más difíciles, hasta ahora que se lo da todo. Siempre le creó consciencia. Siempre lo salvó. Fue el que lo impulsó para dejar la vida que llevaba en la calle.

Dice que el Hip Hop es algo de familia; cuando era pequeño su mamá le enseñó a bailar Break Dance. Desde los ocho años, gracias a su hermana mayor, empezó a escuchar a los raperos que sonaban en ese tiempo: La Etnia, Laberinto y otros que ya no recuerda. Vivió en muchos barrios, conoció la calle, las drogas, lo malo y lo bueno, pero el Rap siempre estuvo ahí.

—Yo nací en Moravia, viví en el Popular 1, después nos fuimos para Manrique; después pa’l Popular 2; después Santa Cruz; después Aranjuez; después pa’ Buenos Aire; después para Bello. Luego regresamos a Santa Cruz, iba a cumplir los once, y mi mamá me llevó para La Tablaza en La Estrella. No conocía a nadie, yo lloré porque todos los amiguitos de mi infancia, la escuela, todo lo dejé atrás. Allá fue donde conocí las drogas, conocí la calle; no conocí el Rap, porque el Rap ya estaba en mi vida, pero me llené de él.

Aunque Pablo, más conocido en el mundo artístico como Pablo Urbano, no le gusta traer los malos recuerdos a sus letras, ni mencionar la violencia, el sicariato y la drogadicción -tan comunes en los temas de los hip hopper de Medellín-, cuando habla de su vida no puede ocultar los vacíos que siente de una adolescencia y juventud solitaria, de una familia que de alguna manera le dio la espalda.

Al lado del paradero, escondiéndose del sol que pega fuerte y con una mirada que se llena de tristeza, cuenta que tantos años después, todos esos sentimientos se siguen reflejando en sus canciones sin él quererlo:

Olvidarte es imposible, que eso en mi mente no cabe

tu recuerdo es infalible, no hay razón para dejar de pensarte

y es que no puedo vivir sin tu amor, porque el tiempo sin ti es dolor.

Y es que él pensó que le estaba cantando a una mujer, pero luego repasándola, se dio cuenta que también le llegaba a sus papás; supo que lo que canta siempre tiende a incluir a las personas que están en el círculo de su vida, que lo han ayudado a crecer, pero que también le han hecho daño. Acepta que siente un poco de rencor hacia su madre por no haberlo apoyado cuanto tenía once años y conoció las drogas, y por dejarlo sin el hogar que había tenido hasta ese momento. También lo siente por su padre, por meterse en las drogas y haberse olvidado que tenía un hijo al que podía ayudarle a vivir algo distinto a lo que ya vivió.

Se volvió jíbaro desde pequeño, le tocó ver morir a uno de sus mejores amigos, y esa pesadilla que tuvo alguna vez estando niño, en la que vio a su papá tirado en el piso drogado, se volvió realidad hace poco. A los trece años, cansado de sentirse en peligro y en medio de la delincuencia, decidió meterse de lleno a la música. Dejó de un lado esa vida, que con recelo no menciona mucho. Dice que eso ya quedó atrás.

Desde ese momento ha trabajado en construcción, en urbanismo y en la calle. Lavando carros. Entechando. Vendiendo frutas. En la mayorista y en bodegas de ropa.

Hace tres años empezó a montarse a los buses, aunque nunca creyó que iba a hacerlo, pues consideraba que estaba regalando su talento por monedas. Se dio cuenta más tarde -cuando un amigo lo convenció de que lo acompañara a cantar con él- que se sentía bien haciéndolo, que allí era su propio jefe, podía hacer lo que le gustaba y además le pagaban por eso. Tiene un repertorio para cantar en los buses y otro personal que disfruta mostrarle a quien parezca interesado en sus composiciones, llenas de experiencias y de sentimientos:

El dolor que me lastima, la confusión que en mi mente trajina día a día

esta es la guía que encuentro para calmar mi agonía

no es pa’ que vaciles, no es rumbamanía

es letra para el que siente la vida vacía.

Ama improvisar, siente que este su mayor talento dentro del hip hop. Compone todo el tiempo y escribe con el alma. Su primera batalla de improvisación fue en el 2005 con integrantes de las agrupaciones “Xplícitos” y “Alcolirykoz”, desde ese momento se dio a conocer en grandes tarimas y ha ganado unas cuantas batallas. Quedó también entre los ocho mejores en improvisación en un concurso realizado por Redbull. Actuó en el cortometraje “La Calle Estéreo”, realizado por estudiantes de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia. Tiene un diplomado de bartender. Hace poco terminó un taller de dirección artística y puesta en escena. Le gusta moverse y le gusta estudiar.

Ha vivido y salido solo de sus problemas, pero tal soledad lo atormenta por momentos cuando tiene que afrontar los problemas sin ningún apoyo. Ayer no salió a trabajar porque estaba lleno de angustias y de preguntas, deseando dejar la ciudad y olvidarse todo. Sin embargo, siempre se vuelve a ilusionar con este cuento del Rap cuando cualquier persona en la calle admira su talento. Se siente valioso. Además, tiene otras dos razones para seguir: sus dos hijos, uno de 8 años y otro de cuatro meses. No vive con ninguno, pero los visita constantemente y los sostiene por medio del Rap.

 

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La escena del Rap en Medellín cada vez es más amplia. Con el tiempo se han ido consolidando agrupaciones o solistas como Laberinto, Caña brava, Kiño, Xplícitos, Alcolirykoz y Alias Ramírez. Otros, hacen un Rap contestatario desde las comunas más golpeadas por la violencia, hacen memorias con sus letras y cuentan la realidad que viven, para expresarse y protestar desde el arte.

La ciudad también tiene espacios como el Altavoz que desde el 2005 le abre campo a este género cada año; el Festival de Hip Hop que realiza la Casa de la Cultura de Manrique; y a nivel nacional está Hip Hop al Parque en Bogotá, un evento anual con asistencia multitudinaria.

Sin duda, el Rap, aunque todavía estigmatizado, se vive en Medellín abiertamente y crece e innova con todos los que le aportan a esta cultura y estilo de música. Es por esto, que aunque Pablo Urbano valora y le gusta su trabajo, no lo ve como algo permanente. Sus aspiraciones y sueños con el rap son grandes. Tiene pensado dejar de trabajar en los buses el próximo año.

—Uno no puede decir: “de esta agua no beberé” porque eso es como imposible, pero mi ideal es terminar este año en los buses, y el otro empezar a rodar la hoja de vida, la idea es buscar trabajo de bartender. Pero al Rap… al Rap no lo dejo nunca, eso sería como traicionarme. Dejarlo de ejercer en los buses, sí, porque también hay que días que…uy, son muy duros, la gente te humilla, los conductores te tratan mal, y te vas llenando de un estrés y de una agonía, que ahí es donde uno dice “no vuelvo a trabajar en esto”.

Su graduación como rapero la tendría participando en el Hip Hop al Parque, el festival de Hip Hop más grande de Latinoamérica. Sueña estar en esa tarima con más de cuatro mil espectadores, pero sabe que lo primero que debe hacer para llegar allá, es participar en el Altavoz, y está enfocado en lograrlo. Cree en él, y esa seguridad la trasmite todo el tiempo.

 

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Son las 10:34 de la mañana. Termina el show y Pablo para la pista después de haber cantado e improvisado a la vez casi por tres minutos en un bus de Sabaneta. Algunas personas le aplauden, él agradece mientras pasa recibiendo la colaboración… Es decir, su pago.

­­—Dios la bendiga madre, Dios lo bendiga amigo. Muchas gracias. Para todos un feliz día. A ver, en este me hice: dos, cuatro, diez, doce, quince… dos mil. En este me hice dos mil setecientos. Sí, ese es el promedio.

El promedio del día son 30 mil pesos, al mes, es aproximadamente un mínimo. A veces más, a veces menos. Le gusta levantarse temprano a trabajar. Si llega a las 8 de la mañana queda libre a las 2 de la tarde; si se levanta más tarde, trabaja hasta las 5. En los días difíciles trabaja desde que el sol sale hasta que se esconde. Sólo él se exige y se pone sus propios límites. Tuvo que pelearse con los confiteros de la zona su estadía en el paradero de La Frontera y en el bus de Sabaneta, sí, peleó con las uñas el sustento de su familia. No tiene jefe ni horarios impuestos, esa es una de las razones por las que más le gusta su trabajo.

Él es Pablo. Rapero. 25 años. Dos hijos. Amante de la música. Feliz. Sueña, canta, compone. Ansía y busca las oportunidades para dar a conocer el talento que todos los días regala a los pasajeros, que como yo, se transportan en el Bus de Sabaneta.