Una bala que atraviesa la vida

Cuando los guerrilleros del ELN abandonaron la finca, mi hermano y yo nos pusimos las botas, y salimos de la cabaña en medio de la oscuridad. Una bala había atravesado mi pierna izquierda. Cruzamos el terreno, salimos al camino y con dificultad llegamos hasta la entrada de Tribugá donde encontramos un vecino, don Carlos, que nos dejó donde ‘Compa’. Al día siguiente, cuando amaneció, nos llevó a Nuquí. Esta fue la historia que la ‘Sarca’ le relató a mi mamá, después que me dejaran en el hospital del municipio.

El día anterior, sábado 24 de junio del 2000, teníamos planeado irnos todos, mi papá, mi mamá, mi hermano y yo, para la casa de la playa en Tribugá, donde Juan Antonio cuidaba. Era un pedazo del paraíso. 50 metros de frente por 150 de fondo, con 5 cabañas y muchos árboles frutales. Frente al mar, separado de este por un jardín de hicacos de 50 metros y una paya gris que desaparecía dos veces al día al subir la marea. Habíamos vivido dos años allá, hasta septiembre de 1999, cuando tuvimos que abandonar las cabañas e irnos a vivir a Nuquí, dejando todo a cuidado de Juan Antonio. Mi papá había sido amenazado por una supuesta carga de coca que había encontrado.

Era el día de San Juan. Como es tradición allá, habíamos jugado a mojarnos con nuestros amigos durante horas. En esa época mi hermano tenía siete años y yo cuatro. En la mañana llegó una visita del Incora, y a mi papá, José Manuel Buitrago, como personero del municipio tuvo que atenderlos. Así que nuestros planes se cancelaron.

A la hora del almuerzo, llegó Juan Antonio a la casa para ir con nosotros a las cabañas. Pero al ver que no íbamos a ir, convenció a mi mamá que al menos nos dejara ir a nosotros, para que nos divirtiésemos. Quedó de traernos temprano al otro día. “Así aprenden a madrugar”, dijo. El domingo 25, en Tribugá, había una reunión del ELN con la comunidad. Él tenía que asistir.

Era un hombre de 54 años, blanco, con la piel quemada por el sol. Algunas arrugas ya surcaban por su rostro, una cara amplia que generaba confianza. Dos entradas en su frente evidenciaba el inicio de una calvicie que no trataba de ocultar, su cabello era entrecano. Era un hombre delgado pero de contextura fuerte. Ese día llevaba una camisa de manga corta a cuadros y estaba sin zapatos como siempre.

Mis papás habían escuchado de sus labios que había pertenecido algún tiempo al DAS. También se había dedicado a trabajar en laboratorios de Cocaína, donde incluso, aseguraba, los visitó un presidente de la república. Había llegado a Nuquí años antes en circunstancias extrañas, y había decidido pasar su vejez en esa apacible tierra.

Había poco más de cinco kilómetros de playa entre la casa en Nuquí y el terreno. El sol estaba radiante y quemaba nuestras nucas desnudas, pero con el tiempo nos habíamos acostumbrado. En la tarde llegamos a las cabañas y dejamos todo en la casita de madera en la que habríamos de pasar la noche. Luego de eso salimos los tres hacia el pueblo. La entrada de Tribugá quedaba a unos 700 metros de la finca.

En Tribugá, Juan Antonio fue a hacer unas vueltas en el pueblo y nos dejó jugando con otros niños. Cuando dejamos el pueblo, de vuelta a la finca, estábamos completamente mojados. Tras cambiarnos, antes que cayera el sol, entre los tres estuvimos recogiendo hicacos en un costal, pues los arbustos estaban muy cargados. Ese día comimos hicacos hasta el hastío y lo que sobró lo guardamos para llevárnoslo al día siguiente. Cuando se ocultó el sol nos fuimos para la cabaña. Cenamos lentejas y luego nos acostamos, en medio de la oscuridad me dormí rápidamente.

Mi hermano se quedó despierto en la cama en la que dormíamos juntos. A eso de las ocho de la noche escuchó voces de personas afuera de la cabaña. Juan Antonio salió. Mi hermano escuchó como él les decía que no podía irse con ellos porque tenía unos niños allí. La puerta de la cabaña estaba abierta, y desde la cama veía sombras fuera de la construcción.

Un hombre vestido de camuflado iba a cruzar por la puerta y sonó un disparo, el guerrillero cayó al piso gritando. Tras eso se inició un tiroteo. Poco después mi hermano aterrorizado vio la sombra de Juan Antonio entrar al baño. El dolor generado por un proyectil atravesando mi pierna, por debajo de la rodilla entre la tibia y el peroné, me despertó. No entendía lo sucedido pero no grité. Me quedé acurrucado en una cama sin moverme, tal como estaba. Juan Antonio salió por la puerta, los disparos no continuaron mucho. El hombre tirado en el piso parecía muerto.

Había gente hablando afuera de la cabaña y mi hermano y yo no nos atrevíamos a decir nada, yo sollozaba sin hacer ruido. Poco después entraron dos guerrilleros, nos dieron la orden de ponernos las botas, entonces se dieron cuenta que estaba herido. Uno de ellos me cargó sobre sus hombros. Yo no entendía que había sucedido ni quienes eran esas personas. A la entrada del pueblo nos dejaron con la primera persona que encontraron, un señor conocido como ‘Compa’.

Le habían dado la orden de llevarnos a Nuquí, pues en Tribugá el puesto de salud lo habían clausurado por la violencia, pero eran más de las nueve de la noche, y la guerrilla seguía rondando por el pueblo. El hombre aterrorizado prefirió llevarnos a su casa. Sus hijos ya estaban durmiendo cuando llegamos, su esposa  me lavó la herida con agua que tenía recogida y así me acostaron en una cama improvisada, junto a mi hermano. No pude dormir esa noche, el dolor se había incrementado mucho tras la tosca curación.

Tardó mucho en amanecer. Tras comer algo partimos junto a ‘Compa’ hacia Nuquí. Me habían cambiado la sudadera gris que llevaba, por otra muy parecida, salvo por los tres agujeros que ya no estaban. Por donde entró la bala, por donde salió, y por donde raspó el muslo arriba de la rodilla.

A mitad del camino, nos encontramos con mi papá que iba para Tribugá en una bicicleta a reconocer el cadáver, para luego hacer el levantamiento. Él no sabía que yo estaba herido y no le dijimos nada. Continuamos durante otra media hora. Mi mamá estaba a la entrada del pueblo cuando llegó ‘Compa’, le dijo que siguiera para el hospital que yo estaba herido. Iban a ser las ocho de la mañana. Yo abracé a mi mamá con fuerza, que me miraba sin atreverse a decir nada.

No me atendieron hasta las diez; solo había una médica en el pueblo y mucha gente esperando ser atendida. La ‘sarca’, una tribugaseña que se encontraba en Nuquí, le contó a mi mamá una historia bastante forzada de los hechos. Tres años pasarían antes que ella conociera nuestra versión de la historia. Yo no podía caminar, pero era más el miedo que el dolor mismo. Durante varias semanas caminé con unas muletas rudimentarias.

A las tres de la tarde llegó mi papá trayendo el cadáver de Juan Antonio en nuestro coche rojo tirando por Caprino, el caballo. Yo ya había salido del hospital, donde me habían hecho curación, vendado y me dieron medicamentos para el dolor y para evitar la infección. Una bala había destrozado su brazo a la altura del hombro, otra le había destruido la caja torácica y una última le había dado en el estómago. Había lentejas con arroz mezcladas con sangre sobre su vientre destruido. La cena del día anterior.

Cuando mi papá estuvo en Tribugá, el inspector no llegó, y el juez misteriosamente, como siempre en esos casos, había desaparecido. Así que mi papá tuvo que realizar el levantamiento del cadáver. Estaba de espaldas frente a los dos papayos cargados de frutas que él mismo sembrara, a unos tres metros de la cabaña. La casa estaba llena de orificios que habían dejado el fuego cruzado. Parecía un colador, y así fue hasta que años después la tumbaron. Nadie volvió a vivir allí.

Esa noche no había luz en el pueblo, lo velamos con velas. Pocas personas se quedaron hasta el amanecer, mi hermano y yo nos fuimos a acostar poco después que oscureciera. Mis padres se quedaron en la velación en el patio de la casa. Nelly, una mujer muy cercana a la familia llevó tres botellas de viche, para que la gente no se aburriera. No hubo comida, como es la costumbre, solo tinto, cigarros y viche.

Yo me había acostado poco después de las siete de la noche, pese al dolor me dormí inmediatamente. Esa noche soñé con Juan Antonio, fue la única vez que temí a un muerto. Al otro día a las diez de la mañana lo enterraron, mucha gente fue al entierro. En Nuquí, la gente es solidaria en la muerte. La gente suele ser más solidaria en la muerte que en la vida.