La pasión oculta de los reservados

Con las piernas abiertas y con las piernas cerradas; por delante y por detrás. Parados, recostados contra la pared y sentada en el sofá o sobre sus piernas, cobijados por la música movía las caderas, lenta y cariñosamente, hacia adelante y hacia atrás. Bajo la tenue luz del lugar probamos las diferentes poses sexuales que el tamaño de este sitio nos permitía.

Perdidos de todo aquel que nos conociera, estábamos allí, pasando bueno en este lugar desconocido. No es un motel, a pesar de que cuenta con cuartos separados. Y la música y la pista de baile no hacen de este lugar un bar.

Cuatro paredes azueles de madera hacen la privacidad de este cubículo que mide aproximadamente 50 cm de ancho por 1,50 de largo. La puerta, azul y de madera también, abre hacia dentro del cubículo. No tiene chapa, funciona con un cierre metálico de dos piezas (pestillo).

Dos sofás y una mesa eran testigos del momento. El más grande, con espaldar y de color azul y rojo ocupaba el ancho del cubículo, mientras que el acompañante, vestido de negro y blanco, era un pequeño sofá cuadrado de aproximadamente 30 por 30 cm. Estos dos objetos han cargado y han sido fieles amigos de la fervorosa  pasión de algunas parejas que han pasado por allí; son indispensables en la acción y, además, son los únicos testigos de lo que pasa adentro. Nadie más lo sabe: ni las otras parejas ni el hombre que atiende. Nadie.

A esta hora dentro de El Túnel hay pocas parejas disfrutando de la pasión, de la música y del baile, mientras que afuera la carrera Sucre es un desierto donde aún quedan rastros de agua que la lluvia de noviembre roció sobre su pavimento.

Y nosotros llegamos hasta allí después de que el taxista nos regañara y nos dejara en el Parque de Bolívar: “Medellín a toda hora es feo y peligroso, niña”, fue su respuesta cuando yo le dije que nos dejara en la parte menos fea del Parque. Y así fue. Este señor no conocía la dirección que le pedíamos: esquina de Caracas con Junín, y después de consultar con varios colegas, que tampoco tenían conocimiento, nos bajamos en la calle donde termina Junín y empieza el Parque. Estábamos en la calle paralela a la catedral y, sin saberlo, era Caracas.

Nuestro objetivo era llegar a El Rincón Escondido. Lo logramos, pero a medias. Ahí, en las esquina, sobre una panadería, al lado del teatro Lido, un letrero rojo con letras blancas nos decía que habíamos llegado al lugar; pero las luces y el ambiente reflejaban la soledad del sitio. -“Señora, buenas noches, ¿usted me puede decir por dónde entramos allá?”, le pregunté mientras señalaba con el índice derecho el lugar. –“No niña, eso está cerrado hace tiempo. Eso ya no funciona”, me respondió mientras terminaba de recoger el puesto de dulces. Esta señora de piel arrugada y pelo blanco no tenía conocimiento de dónde podríamos encontrar más lugares similares a este; sin embargo, nosotros, por recomendación de alguien más, sabíamos que en la calle Sucre, se ubicaba otro sitio similar, por el teatro Sinfonía. No sabíamos el nombre del lugar y tampoco conocíamos la dirección; fue gracias a esta señora que invadimos la soledad de la calle en busca de unos reservados.

Doblamos a la derecha por la esquina donde se junta Caracas con Sucre. Apoderándonos de la calle, caminamos un poco más de media cuadra hasta que nos cruzamos con un hombre, que con una pierna doblada, descansaba sobre la pared. Cuando nos acercamos a él, se apoyó sobre sus dos piernas y con un gesto de amabilidad nos dijo: “¿muchachos, un reservadito?” Los dos nos miramos como preguntándonos: ‘¿entramos a este? ¿Será este el que buscamos?’. Miramos el letrero del lugar: El túnel. Sin más, solo sabiendo el nombre, pasamos de la oscuridad de la noche a la oscuridad de un sótano desconocido.

Entramos. Siguiendo al hombre bajamos las escaleras. Esta estructura, larga y angosta, similar a un túnel, donde no pueden bajar dos personas al mismo tiempo. Yo iba detrás de este hombre y mi novio iba detrás de mí. Bajamos el primer tramo, después del pequeño descanso seguimos bajando uno más corto y al terminar las escaleras el escenario se abrió.

No se veía nada o, más bien, todo eran paredes azules de madera que medían casi dos metros de alto. Era un laberinto construido dentro de un sótano. Entre el techo de la construcción de cemento y la de madera había un gran espacio y sobre los bordes de las paredes azules, ordenadamente, estaban ubicados unos pequeños bombillos que brindaban una tierna luz azul a los cuerpos ocultos de la noche.

Queríamos conocer las actividades dentro de este lugar y sentíamos la necesidad de responder a todas las preguntas que este sitio nos causaba: ¿Qué se va a hacer allí? ¿Se tiene sexo dentro? ¿Es legal? Para nosotros estos sitios llamados reservados eran una particularidad. Para esta pareja, para nosotros, la observación, más allá del sexo, era lo primordial.

Cuando se terminaron las escaleras lo primero que vi fue un corredor corto que finalizaba con el bar ubicado en medio de dos reservados. Sobre este pasillo había tres mesas con sus sillas que, según la persona que nos invitó a entrar, están ubicadas estratégicamente para que “el hombre conquiste a la mujer en caso de que ella no quiera entrar al reservado”. Después del bar, a la derecha, había otro corredor un poco más grande que finalizaba con la pista de baile.

El lugar no es muy grande: está conformado por 16 reservados de diferentes tamaños* y la mayoría construidos en cuatro hileras verticales -dos a los lados y dos en  el centro- que, junto con los baños, ubicados en el fondo, verticalmente, debajo de las escaleras, crean un solo corredor cuadrangular que permite recorrer todas las cabinas.

Después de atravesar el pequeño bar: con una nevera grande de dos puertas, que a su lado colgaba el permiso de funcionamiento otorgado por la DIAN, un estante con licores y vasos, una barra del mismo tamaño del bar y, contra la pared, colgaba lo que parecía ser una pantalla apagada, ‘para reproducir vídeos porno’ pensé, y seguimos derecho hasta el reservado número 14.

Este era un reservado clásico. Entramos y nos sentamos. -¿Qué van a tomar, muchachos?, preguntó el hombre. –Dos cervezas por favor, respondimos. –Vendemos solo por jarra. –Entonces una jarra, por favor. Pero no le vaya a echar agua, insistí. –Claro que no, ya se las traigo. Cerró la puerta y se retiró.

Este cubículo, azul, como todos los demás. No estaba decorado con cuadros de mujeres posando; adhesivos de rosas y mariposas fue lo que logramos ver. La luz opaca permitía ver todo: las paredes, la decoración, la cara de las demás personas cruzando por los corredores; pero la música no permitía oír nada.

Pasaron algunos minutos y este hombre regresó. Tocó. Abrimos la puerta y sobre la mesa puso la jarra de cerveza con dos vasos: uno decía i love you y el compañero decía you love me, para acompañar la cerveza también llevó un paquete de papas de limón y dos dulces en forma de corazón. Antes de marcharse dijo: “si necesitan alguna cosa tocan el botón”.

‘¿Un botón? ¿Esto es con servicio al cuarto?’, nos preguntábamos. Cerramos la puerta y nos pusimos a buscar la forma de llamar al hombre y efectivamente la encontramos. No es un botón como los de un timbre que se presiona y suena. No. Este es un suiche que al presionarlo se enciende, en la pantalla del bar, el número del reservado que necesita algún servicio.

Después de estar un tiempo sentados observando e intentando luchar contra la música crossover para escuchar algún gemido, alguna palabra o alguna conversación, nos paramos con dirección a la pista de baile: un medio círculo pequeño, rodeado de espejos y bolas de disco plateadas, para poder observar desde otro punto.

Pero solo se ven paredes azules y por momentos se pude observar las parejas que entran, que salen o que bailan en la pista. Solo son parejas heterosexuales, no nos cruzamos con ninguna homosexual. No las dejan ingresar porque según Mario Restrepo, el hombre que nos atendió, “incomodan a los demás clientes”. Otra regla principal del sitio es entrar con pareja porque una persona sola, desconocida, no se sabe en son de qué entra al lugar; además, agregó con su marcado acento paisa, “de pronto quieren pistiear lo que está pasando a dentro de los cubículos o escuchar lo que pasa. Esto se presta para problemas, por lo que siempre entran parejas”.

No logramos mucho desde la pista de baile, así que nos devolvimos para el reservado y, con la ropa puesta, intentamos las diferentes poses sexuales que el tamaño de este sitio nos permitía: el perrito, el misionero, la unión suspendida, el deleite, el loto…En este reservado se puede tener penetración, pero las poses son muy incómodas. Es más fácil la masturbación y el sexo oral.

Después de estar casi una hora y media en el sitio nos dimos cuenta que la actividad siempre es la misma: ingresan parejas a los reservados (a veces consumen y otras solo pagan por el cubículo), bailan, se divierten y se van. El tiempo no es restringido, se puede permanecer allí desde que lo abren: 12:00m, hasta que lo cierran: 2:00am.

Pagamos lo consumido y salimos a la calle desierta. El hombre que nos atendió nos abrió la puerta de una taxi y nos dijo: “Muchachos, para que sigan disfrutando” y mientras hablaba, con su mano señalaba el interior del vehículo. “Nos lleva a una estación del Metro por favor”, le dijimos al taxista y, como si de nuestros labios hubieran salido otras palabras, el señor empezó a expresar lo que pensaba sin que nadie lo parara. Que el lugar es bueno, que es amañador, que uno se puede tomar algo sin que nadie lo moleste… Él empezó la conversación y él mismo la terminó con un acento paisa exagerado: “Yo a veces me voy con mi socia”.

*Los reservados se dividen en tres: VIP, clásicas y pequeñas. Los VIP son más amplios, con asientos más grandes, con espejos y cuadros. Las clásicas son más pequeñas, con los mismos asientos pero de menor tamaño, no tienen ni cuadros ni espejos. Y las pequeñas simplemente tienen el espacio más reducido.  En El Túnel solo hay dos cabinas VIP, están ubicadas a los lados del bar.

Datos para tener en cuenta:

Al lado de El Túnel está ubicado Rincón 70, otro establecimiento de reservados. Ambos lugares funcionan igual, la actividad es la misma; sin embargo, más adelante, en la carrera Sucre también, se encuentra La barra del Camilo. Este lugar tiene reservados en el segundo piso y en el primero funciona un bar. En los reservados la actividad es la misma pero, a diferencia de los demás, al bar sí pueden ingresar personas solas.

 

Mapa El Túnel

 

 

 

 

 

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