Pijao es slow

Este municipio quindiano es la primer población de América Latina declarada ciudad sin prisa o cittaslow, postura que, más allá de valorar la lentitud,  abarca propuestas medioambientales, de economía sostenible y de cuidado a la arquitectura tradicional.

Verde manzana, verde limón, verde pasto, verde montaña, verde musa paradisíaca, verde aguacate, verde como las hojas del café. Todos los tonos que pintan a las montañas quindianas pasan uno tras otro como si fuesen fotogramas. Paredes tapizadas de naturaleza bordean el camino y a veces se muestran las colinas con su abultamiento de plantaciones de café Castilla o arábico. El bus sube por el cruce de Río Verde y solo cuando pasa por La Quiebra, donde precisamente se quiebra el camino en dos, es cuando se es consciente de la majestuosidad de la Cordillera Occidental. Por el quiebre del lado izquierdo se llega al municipio de Córdoba, y por el del lado derecho, a Pijao, un pueblo que en este último año ha dado mucho de qué hablar en los  medios de comunicación por ser el primero en América Latina en postularse para entrar a la Red de Ciudades sin Prisa, Cittaslow.

La organización Cittaslow nació en Italia en 1999, creada por Paolo Saturnini, alcalde de Greve en Chianti (una pequeña población de Toscana en Italia, país del mundo que tiene más ciudades afiliadas: 74). Derivada del movimiento Slow Food o Alimentación sin Prisa, la Red propone un modelo alternativo de desarrollo de autosostenimiento, dirigido a lugares con población menor a 55 mil habitantes y que lleven un ritmo de vida menos acelerado que el de las grandes ciudades. Es un modelo que busca rescatar la tradición y el patrimonio cultural del territorio, en donde el ser humano es el protagonista de la vida lenta y saludable, la respetuosa salud de los ciudadanos, la autenticidad de los productos y la buena comida.

Dar con Pijao no es tan fácil. Desde Armenia, no existe señalización alguna que indique cómo llegar. Para dar con el lugar se debe estar dispuesto a preguntarle por su ubicación a más de un cuyabro, con el riesgo de poder equivocarse de camino, devolverse y nuevamente buscar la ruta adecuada, pues no muchos suben a Pijao porque no es un lugar con un turismo convencional, y serlo tampoco es el ideal del pueblo.

Un arco de ladrillo ubicado alrededor de la carretera avisa que ha culminado el viaje. Las pequeñas casas, muchas de ellas construidas en bahareque, demuestran la influencia de la colonización antioqueña. Paredes con su blanco cal, combinadas con los colores vivos de sus puertas y ventanales: un verde y rojo, azul y amarillo, naranja y verde, vino tinto y oro. De lejos se alcanza a divisar el campanario de la iglesia y cerca de la avenida principal se ve la casa de Mónica, la pionera del movimiento Cittaslow en Colombia.

 

Vivir en Las Nubes

En la fachada del hostal de Mónica, un caracol de cuerpo azul y concha naranja sonríe. Este anuncio de madera tiene que ver con el nombre del lugar y con la esencia del pueblo donde se ubica, que, como muchos de los municipios colombianos, es lento por naturaleza. Lentitud como sinónimo de serenidad, intuición, paciencia, receptividad. Lentitud como sinónimo de actuar como el caracol, sin pausa pero sin prisa y que la calidad prime sobre la cantidad.

El hostal de Mónica Flórez se llama Las Nubes, probablemente porque cuando se entra a este desaparece la lluvia incesante de pensamientos que llenamos con tareas pendientes y solo queda espacio para el sonido de la naturaleza que obliga, de forma placentera, a que se le preste la atención que no se le ha dado por tanto ruido que se trae de la ciudad. Esto, junto con el piso de cedro, los acabados en madera, la pequeña huerta autosostenible, la comida preparada en aceite de oliva, pimienta, ajo y romero, y las numerosas revistas, libros y periódicos dispuestos a ser leídos en cualquier lugar de la casa, hacen del hostal un verdadero cielo para los amantes de la serenidad.

Mónica abre siempre sonriente la puerta del hostal que administra. Su aspecto raya con la estética de la mayoría de las mujeres de Pijao: lleva zapatos Converse de cuero, jean entubado, camisa manga larga color vino tinto y gafas púrpura, al estilo Gatúbela de los años 50. Un aire juvenil y universitario la rodea, ese mismo aire de querer cambiar el mundo.

Lista para encaminar al visitante por una ruta ya antes establecida y explicarle en unas cuantas horas su trabajo de seis años, agarra su mochila de tejido wayúu, la cuelga en uno de sus brazos delgados y empieza el recorrido que va desde las huertas orgánicas de Leiber Peña y Oliva, el embellecimiento de los letreros en madera de la mayoría de almacenes, el café orgánico Luqman de Víctor Grisales, la protección del patrimonio arquitectónico, la recuperación de las fachadas de las casas más antiguas, los murales tras la iglesia, la galería de Meluchita, hasta los diseños de varios de los senderos del pueblo y los proyectos de la ruta agroecológica.

Si el foráneo tiene suerte, posiblemente también visite la finca de café orgánico Don Leo, suba a uno de los senderos ecológicos y hasta pase por el colegio Santa Teresita, donde estudió Mónica y en el que, después de un tiempo, también enseñó fFilosofía e iInglés.

Una y otra vez recorre los caminos en los que ha pasado gran parte de su vida. Muchos de ellos no cambiaron, se quedaron congelados en aquel tiempo en el que corría por los tejados de la casa de sus padres con sus gruesos anteojos fondodebotella y cabello enmarañado. La misma casa que hoy, al tener ya varias reestructuraciones, es el hostal que recibe cada que puede a un nuevo visitante que quiere conocer el pueblo y, de paso, hacerse voluntario en la Fundación Pijao Cittaslow.

-Lo único que cambió de ese tiempo de calles empedradas fue la mirada que tenía Mónica del pueblo. Para que esta mirada cambiara fue necesario que ella viajara lejos de su tierra. Al terminar su bachillerato, la tímida mujer de las gafas gruesas y cabello negro se mudó a Armenia a estudiar Tecnología Educativa en Comunicación en la Universidad del Quindío. Luego, para saciar su sueño de ser una mujer global, vivió en Estados Unidos. A su regreso tenía decidido ir a estudiar su maestría en Barcelona, pero la embajada le negó la visa. En ese momento sentí que tenía algo que debía desarrollar, que mi proyecto de vida no estaba en el mundo global sino  aquí en Pijao -dice Mónica mientras camina por lo que se ha convertido como su proyecto de vida.

Así, después de veinte años, regresa a Pijao. “Cuando se está afuera es cuando realmente se da cuenta de lo que se tiene”, dice una y otra vez. Quizá una de las razones a esto las dé Milan  Kundera en La lentitud, donde explica que la palabra añoranza se deriva del verbo latino ignorare. Ignorancia de no saber lo que se tiene hasta que se añora y se vuelve al origen.

-Mónica se detiene cada vez que se encuentra a uno de sus vecinos, saluda e inicia una conversación sin afanes, sin limitarse con el tiempo, sin acortar las ideas. Crea proyectos con quien pueda, habla de los miedos de una posible explotación minera, de la ineficiencia política o de las preocupaciones del pueblo. Haber vivido en una sociedad como la norteamericana, donde la gran mayoría de las cosas son ficticias y donde la gente no es tan feliz, me hizo dar cuenta de la gran riqueza cultural, ambiental y arquitectónica que tenemos. Solo nos falta tener una mejor calidad de vida.

Las Cittaslow en Europa -Lekeitio en España, Orvieto en Italia o Grigny en Francia, entre otras- buscan con este movimiento frenar el ritmo. Dedicar el tiempo justo para cada situación, que se ha ido acelerando por estar inmerso en las dinámicas globales. Sin embargo, en Colombia este movimiento tiene otra connotación. Pijao ya es slow.

El sesenta por ciento de la población de Pijao vive en las zonas rurales. Los pocos pobladores de la zona urbana transitan a pie o en cicla y la comida que se consume es cosechada por sus propios vecinos; por las gallinas criollas de doña Mery, por la huerta de aromáticas de doña Oliva, por la miel de la finca de doña Martha o por el café y los tomates de don Leo. Lo que busca Mónica con Cittaslow en Pijao es formar conciencia en los ciudadanos y mejorar las condiciones de vida; que haya agua potable, saneamiento básico, una relación más amena con el medio ambiente, mayor apropiación por la cultura, la gastronomía y el patrimonio arquitectónico, turismo responsable y estabilidad laboral para los pequeños productores.

- Yo buscaba un proyecto que se acoplara a esas características. Mi hermano me habla de Cittaslow hace aproximadamente siete años, y desde esa fecha tenemos un contacto directo entre Pijao y el  movimiento Cittaslow, que tiene su sede en Orvieto, Italia. Una melodía angelical sale por los parlantes de la iglesia; en cada rincón del pequeño pueblo retumba el sonido del Ave María que invita a los feligreses a asistir a la misa. Son las 4 de la tarde y, sin embargo, en el reloj del campanario siguen siendo las 7:30. Es viernes, día en el cual Mónica se reúne en el hostal con jóvenes entre 13 y 15 años que están interesados en ser vigías del patrimonio de Pijao.

-¿Cómo podemos evitar que acaben con nuestros páramos, Emanuel? -le pregunta a uno de los vigías.

̶ Con Cittaslow, Mónica, o consiguiendo el título de Paisaje Cultural Cafetero -apunta con certeza el muchacho.

̶ Tenemos que hacer un trabajo más amplio con la ciudadanía porque la cosa es delicada. Recuerden que hay 22 títulos mineros en Pijao y los páramos están en riesgo -les dice Mónica mientras sostiene entre el pulgar y el meñique una guayaba que come cada vez que para de hablar.

El reloj del campanario todavía anuncia que son las 7:30. El hostal de Mónica se prepara para los siguientes visitantes, que pueden ser los miembros de la Fundación, los jóvenes que se alistan para ser guías turísticos o los niños más pequeños, entre ocho y diez años, que visitan a Mónica para jugar con el Lego y de paso escuchar las lecturas en voz alta.

 

Después de la triste noche

De quince mil habitantes que tenía Pijao, ahora hay seis mil. La gente se fue del pueblo temiendo que esa noche se repitiera. Esa noche en la que, hace trece años, entró la guerrilla y sembró el terror. Una sola noche condenó a Pijao a ser reconocido en el Quindío como zona violenta. Una sola noche lo consumió en el olvido. La crisis económica en la que ya venía el pueblo por la caída del precio del café y el terremoto de 1999, se acrecentó con todos los desastres que había generado aquella toma guerrillera del Frente 50 de las Farc.

Hoy, aunque la tranquilidad se pasea por las calles, sigue la preocupación por la dificultad de conseguir un trabajo digno y por la inestabilidad del precio del café. Las problemáticas del campo colombiano hicieron que se estableciera con más fuerza Cittaslow.

Y ahora, con la propuesta de la Fundación de hacer un turismo justo, el pueblo se enfrenta a una paradoja: que aquel turismo sostenible, destinado a ayudar a los pequeños productores y a evitar que la vida se trastoque con el ruido del turista, no termine convertido en un turismo convencional, con empresas hoteleras que remplacen los hostales, restaurantes de lujo que quiebren los pequeños restaurantes y galerías artesanales que obliguen al ciudadano a dedicarse solo al turista que viene, y a dejar su  vida tranquila.

Tanto más reconocido sea Pijao por ser un pueblo tranquilo, más estará a la vista de grandes empresarios que buscarán la manera de sacar un poco de ganancias de la reputación que se ha sabido ganar el pueblo. Aunque por otro lado, entre más sea reconocido Pijao, más municipios colombianos verán a  Cittaslow como una alternativa para aplicar en sus pueblos.

Ya para octubre Pijao será oficialmente una Cittaslow y las publicaciones en los medios de comunicación no darán espera. Mientras tanto, la Fundación Cittaslow estará dando la pelea para que el proyecto siga siendo en pro de los pequeños pobladores.

-Yo no sé si el Movimiento Slow me va a ayudar a conseguir el objetivo, que es un sueño que viene desde antes, y es tener una relación más armónica con el planeta; que los jóvenes y las madres tengan en casa huertas autosustentables y una mejor educación. No sé si al final será Cittaslow, o pueblo responsable, o un pueblo verde, pero sé los elementos que quiero que tenga y lucharé hasta donde pueda para que así sea –concluye Mónica.

 



 

 Ser slow no es solo asunto de caracoles

En Colombia, el Movimiento Slow llegó con la aparición de la Red Slow Food. Hoy son diecisiete comunidades del alimento localizadas en nueve departamentos de Colombia (Cundinamarca, Boyacá, Nariño, Meta, Cauca, Santander, Antioquia, Caquetá, Tolima y Magdalena) miembros del Colectivo de Productores y Consumidores Orgánicos de Colombia y pertenecientes a la Red Terra Madre, que plantea una economía local basada en la alimentación, la agricultura, la tradición y la cultura.

Además, por la misma fecha en la que Mónica Flórez creó la Fundación, en Bogotá se estaba creando  la Organización Despacio, que, de forma intrépida, ha tratado de llevar a la ciudad las ideas del Movimiento Slow con temas relacionados con el desarrollo y ciclo vital, el desarrollo urbano-regional y el cambio climático.

Como Despacio y la Fundación Cittaslow, existe una serie de propuestas que, aunque no estén vinculadas con el Movimiento Slow, practican su filosofía. Este Movimiento de Slow Cities promueve el uso de la tecnología orientada a incrementar la calidad del medio ambiente, a salvaguardar la producción de alimentos singulares y ganar la contribución al carácter de la región. Además, busca promover el diálogo y la comunicación entre los productores locales y los consumidores, así como a incentivar la producción de alimentos usando técnicas naturales y amigables con el medio ambiente. Tal es el caso de los Mercados Orgánicos en Medellín, las conservas artesanales Margaritas del Río, el café El Retiro, la tienda de productos orgánicos Col y Flor, Ceres, Yerbabuena y otras más que no conocen el caracol de cuerpo azul y concha naranja, pero que llevan uno de ellos adentro de su ser.

Texto publicado en la edición 70 de De La Urbe