Crónicas de la basura blanca

“Crónicas de la América profunda” y “Antoniología”, dos libros recomendados para leer este fin de año. Sus autores, respectivamente, son: Joe Bageant y Antonio Morales Riveira.

Portada "Crónicas de la América Profunda".

Portada “Crónicas de la América Profunda”.

En el Royal Lunch, un bar frecuentado por la clase trabajadora de Winchester, Virginia, Joe Bageant (1946-2011) encuentra los temas y personajes de Crónicas de la América profunda (Ícono, 2014), el estupendo libro periodístico que le granjeó celebridad. Allí, frente al modesto escenario de karaoke, conversa con Dink –añeja gloria local gracias a una paliza propinada a un chimpancé boxeador–, con Tom –veterano de la guerra de Vietnam, vencedor de un combate cuerpo a cuerpo con la heroína–, con Dottie –cantante amateur cuya salud la obliga a encaramarse a la tarima con un tanque de oxígeno–; en fin, con especímenes de la basura blanca, epíteto usado por los urbanitas de dedo parado para nombrar a los obreros embrutecidos por cantidades industriales de cerveza, sermones dominicales de predicadores fundamentalistas y cientos de horas ante el televisor.

El trabajo de Bageant, por fortuna, no se limita a compilar anécdotas pintorescas o a mofarse de la alarmante ignorancia de sus parroquianos; logra un ameno y hábil retrato de un importante sector del electorado gringo. De sus entrañas provienen, por ejemplo, Lynndie England, la protagonista de las atroces fotografías de Abu Ghraib, y los miles de ciudadanos convencidos de la misión salvífica concedida por la providencia a los Estados Unidos.

Ateo confeso y marxista militante, Bageant no tiene piedad con el Partido Republicano. Ironista salvaje, convence al lector de la malevolencia de un sistema económico hambriento de mano de obra barata, capaz de sacrificar la dignidad humana en busca de aumentar las fantásticas cifras de los tiburones de Wall Street. El analfabetismo de los habitantes es el cimento de las victorias de la pandilla de Bush, personaje blanco de las envenenadas saetas del periodista.

Sí, lo sé: lo dicho hasta aquí crea la imagen de un libro cocinado con los típicos ingredientes del discurso izquierdista setentero. Hasta cierto punto dicha percepción es cierta. Varios pasajes del volumen asumen un tono de denuncia social y política. Sin embargo, incluso en las páginas más airadas, Bageant no renuncia al sentido del humor. Ahí está, para mencionar solo un caso, la caricatura de Laurita Barr, una adinerada seguidora de los neoconservadores, grupúsculo ubicado a la diestra de Dick Cheney. Los demócratas tampoco salen ilesos. Los acusa de miopía y comodidad: en lugar de convertirse en portavoces de los asalariados, los desprecian por torpes.

En El valle de las armas, la mejor crónica del conjunto, se aleja del alegato de los liberales a favor del control de las armas de fuego. En la orilla apuesta a Michael Moore, Bageant analiza el papel de las escopetas y los rifles en el quizá último ritual familiar de los estadounidenses: la caza de ciervos. Además, provisto de cifras, señala la baja tasa de criminalidad en aquellos estados donde las familias tienen un revólver en casa.

El periodismo de autor, pariente del ensayo y de la novela, describe al mundo con eficacia asombrosa. Nada le envidia a la ficción. El cronista, a diferencia del reportero raso, no sufre la tiranía de la primicia; por lo tanto, puede dedicarle el tiempo necesario a una historia para encontrar en ella la veta de oro. El número de caracteres lo define el tema mismo, no la tijera del editor.

Lecciones de dromomanía

Portada "Antoniología".

Portada “Antoniología”.

El Grand Tour fue, en los siglos XVIII y XIX, el complemento formativo de los aristócratas. Se viajaba no con intenciones comerciales o de cambio de residencia. Se emprendía el camino con una certeza: las millas acumuladas educan mejor que academias y universidades. O, en palabras de Marcus, un inglés con quien Antonio Morales Riveira conversa en un momento de su travesía por la India: la vida ocurre gracias al viaje. Talvez, sin pretenderlo, haya dado la definición de dromomanía, esa impulsión mórbida por andar.

Harto se ha escrito sobre las transformaciones efectuadas en nuestra identidad cuando alistamos las maletas, salimos del útero de las calles conocidas y dejamos atrás los rostros del día a día. Vargas Llosa lo confiesa en un ensayo publicado en Letras Libres: descubrió a América Latina en París. La lejanía le permitió comprender las cosas, la gente, la existencia, la historia, de otra manera.

Bordeo el cliché: la rutina impide la epifanía, milagro reservado para los viajeros. Ellos, como los poetas, dan vida a los espacios, rescatan de las garras del tedio el sentido de los sitios. Instantes semejantes, decisivos los llamarían los fotógrafos, brillan en Antoniología (2012), compilación de crónicas del hijo del novelista Próspero Morales Pradilla.

De los textos reunidos en el volumen, resultado de 37 años de labor periodística, se puede repetir lo dicho por Germán Vargas, en el prólogo de El último macho (1981), de los cuentos de Morales Riveira: en ellos abunda la gracia y la frescura. En algunos, sobra. Divididas en secciones temáticas, las crónicas, casi todas publicadas en la revista Cromos, brindan un panorama de los gustos y las fobias de su autor.

Los pasajes del libro en los cuales Antonio habla de sí, asumiendo el protagonismo de lo narrado, dan en el blanco. Si bien el tono es similar en el grueso, el empleado en el relato de los minutos finales de Jaime Bateman, fundador del M-19, linda con el de la ficción. Bien podría considerarse un cuento. A veces complaciente con los personajes notables –así se les llama en la tabla de contenido–, pienso en los perfiles de Fanny Mikey y de Marta Senn, donde las únicas voces son las de las matronas del canto y el teatro nacional, Morales Riveira conoce el oficio de narrador. Dosifica la información y no duda a la hora de enfrentar con audacia un tema, evadir lo manido. Ahí está, a guisa de ejemplo, la crónica El condenado a muerte, merecedora del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Echándole mano a los recursos del folletín –cuenta la historia en dos entregas– y del cine, da una soberbia lección de cómo huir del lugar común, del tratamiento trillado.

Luego del periplo, de ver y sentir en carne propia el calor excitante de Nueva York y el peligro de las aguas del Amazonas, de ir de un extremo a otro de la India en pos de la iluminación, de dejarse llevar por el frenesí del carnaval de Curramba, Morales Riveira vuelve a Bogotá. El encuentro es el de dos desconocidos. Ambos, la urbe y el trotamundos, han cambiado hasta el punto del no retorno, de ser distintos. Con la mirada depurada, recorre la capital. La brújula señala al asombro. De allí saldrán dos crónicas de antología, las mejores del conjunto: Las plazas del mercado y El final de un exilio. En la primera, en el caos de pregones y esencias de las plazas de mercado, encuentra el alma de la ciudad. En la segunda, acompañado por un taxista, recorre de punta a punta la urbe, para al final fundirse en el abrazo multitudinario de Transmilenio.

Textos publicados en la edición 70 de De La Urbe