Caminos de impunidad

En abril de 2013, “Don Berna” admitió en audiencia pública que La Escombrera era el lugar donde los paramilitares del Bloque Cacique Nutibara desaparecían a las  víctimas de la Comuna 13 de Medellín.

Maria del Mar Giraldo Rendón y Laura Alcaraz Jiménez

Subir más de cien escalas y sentir que falta el aire, que ya no hay palabras. En la casucha de madera marcada como 51 # A finaliza la extenuante subida, pero ahí no termina el trayecto. Un abismo limita el paso. Al frente pueden verse las montañas que rodean la ciudad, que fueron mutiladas desde su base y que ahora son un peladero lleno de arena.

A pocos pasos de la casucha que linda con el abismo está el camino que conduce al paraje final. Cerca se puede observar una placa conmemorativa: “In memoriam. A las víctimas de desaparición forzada de la Comuna 13 de Medellín a manos del Bloque Cacique Nutibara. Para no olvidar. Para no olvidarlas. Tribunal Superior  de Medellín. Sala de Justicia y Paz. Medellín, 9 de abril de 2012”. Esas palabras describen el motivo de la visita a La Escombrera, sitio en el que los restos de las construcciones reposan sobre los restos de las personas que por azares de la vida —o de la muerte— siguen allí. ¿Cuántas? Según la Corporación Jurídica Libertad son 92 víctimas reconocidas; sin embargo no hay certeza en la cifra: otras organizaciones aseguran que podrían ser más de 300 personas.

Una estructura construida con ladrillo pulido detiene el paso. Una monja de estatura baja recibe a algunos pequeños que apenas comienzan la vida y quienes pronto serán inquietos caminantes. Este es el templo comedor San José del Mirador, abierto en 2007 por la Fundación Saciar en conjunto con las Misioneras de Santa Teresita. Solo los domingos hay misa en el templo, el resto de la semana se brinda almuerzo a más de cien personas de la Comuna 13.

Una curva cerrada llena de pantano parece el final, pero tan solo es el comienzo de una ruta llena de ruinas, escombros, baldosines quebrados, ladrillos que conduce a los terrenos administrados por Bioparques. Solo un sonido constante de volquetas interrumpe el silencio que se siente ahí arriba en una de las decenas de montañas del Occidente de esta ciudad.

“Yo vivo en Robledo y como es que antes no se veía nada de La Escombrera y ya desde mi casa se ve que pelan y pelan y pelan”, con asombro habla Gloria, una de las tantas mujeres que reclaman la verdad de sus desaparecidos en esta ciudad. Siguen las volquetas, siguen los escombros, siguen allá. Siguen enterrando la verdad.

Una nube de polvo se levanta y no deja ver nada a quien transita por allí. Los caminos de arena marcan un zigzag que indica cómo llegar a la cima. Las decenas de volquetas que pasan al día obligan a los visitantes del lugar, sea quien sea, a transitar con cautela. Al peligro por caminar en la inestable vía se suma la posibilidad de que la carga pesada pueda herir a cualquier transeúnte. Además, el centenar de secretos —ya no tan secretos— que hay bajo las toneladas de escombros le dan misterio a ese lugar de incierto sosiego.

Caminantes por la verdad

Esposa de dasaparecido_1Gloria, Patricia*, Luz Elena, Dora Nelly… y la lista de quienes buscan a alguien puede seguir, al punto de superar el número de páginas de la Constitución. Estas cuatro mujeres tienen en común un familiar víctima del conflicto armado colombiano, específicamente del que vivió la Comuna 13 de Medellín. En estos barrios, las balas, la violencia y la ineficacia de los organismos gubernamentales han causado el llanto de las montañas —madres de esta tierra—, así como el de las madres de los hijos que se ausentaron un día y no volvieron.

“Fue el mismo Estado quien irrumpió nuestra tranquilidad”, recuerda Luz Elena con indignación. “Me devuelvo a la operación Orión, y fue el mismo presidente Uribe Vélez quien ordenó que se combatiera a todo ser viviente que estuviera afuera de las casas. Ahí perdieron la vida muchos ancianos, niños, bebés, personas que no tenían nada que ver en el conflicto. Hasta el momento no han castigado a nadie. Son como pañitos de agua tibia. Estamos exigiendo que esa verdad sea honesta para todos, que todo el mundo la conozca. Si para todo el mundo hubo castigo, entonces que para los altos mandos también. En las cárceles hay muchos jóvenes inocentes que nada tenían que ver con el conflicto; los que tienen que ver con el Estado también que paguen”.

Esposa de dasaparecido_2

Madres que caminan por la verdad, por su verdad, por intentar comprender qué fue lo que sucedió y por qué. El tal dinerito de la Ley de Víctimas no es lo que necesitan. Ellas solo quieren encontrarlos y tenerlos en sus manos, así sean solo huesitos; por eso aún guardan energías para vivir, manifestarse, movilizarse, gritar y seguir caminando.

 

“Desde la Operación Orión, que fue una cosa muy horrible, hubo muchos heridos y muchos muertos. A muchos los llevaban y los tiraban a la Escombrera”, explica Patricia sin esconder su escalofrío cuando habla del tema.

 

“Entonces la mayoría de las mamás que vivimos por El Salado, por Conquistadores, por las Independencias, decimos que a ellos los tiraron por allá. Porque ¿cómo no resultan por ninguna parte? […] Pero como le dije yo a un fiscal: como somos de la Comuna 13, nuestros hijos no valen nada. Si tuviéramos plata o les pasáramos siete o nueve millones de pesos pa’ que nos buscaran los hijos, ahí mismo se ponían a buscarlos por cielo, mar y tierra. Pero como somos de la Comuna 13, los hijos de nosotros no valen nada”.

Madre de dasaparecido

El 18 y el 19 de abril de 2013 Diego Fernando Murillo, alias “Don Berna”, exjefe del Bloque Cacique Nutibara de las Auc, admitió en audiencia pública que La Escombrera era el lugar donde se arrojaban los cuerpos de decenas de fallecidos en medio de la disputa por el control territorial de la Comuna 13. Extraoficialmente y por los testimonios de los familiares y los paramilitares, se calcula que unas 300 víctimas fueron arrojadas en esta montaña de escombros. Entre tanto, en la Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía aparecen registradas 42 víctimas.

 

Todos estos desaparecidos tienen voz en quienes los aman y aún los echan de menos. Como ella, la que usualmente lleva en la mano un cuaderno argollado tamaño carta: en la portada está la Virgen de Fátima y en la primera hoja una foto de Carlos Emilio, su hijo desaparecido. Es doña Gloria Holguín, la amiga de todas, la que tiene una libreta llena de números telefónicos de otras madres en su misma situación, la que trabaja vendiendo empanadas en su casa:

 

Madre de desaparecido“Después de la desaparición de mi hijo, a mí no me gustaba que nadie fuera a mi casa, no me gustaba hablar con nadie; ni salir, porque si salía, me perdía. Nidia [su hija] fue la que me dijo que fuera a las Madres de La Candelaria que se reunían los viernes en el Parque Berrío. Y un día fui solita y hablé con ellas”..

Al comienzo, Dora Nelly Rodas pasó por una etapa similar a la de Gloria. Pero ahora es una de las muchas mujeres que recorren esta ciudad intentando frenar aquellas volquetas que ocultan la verdad en La Escombrera:

“Tuve un tiempo que era muy callada. Me daba miedo salir a la calle. Y enseguida también la tortura del trabajo, porque yo nunca lo había hecho. Yo dependía de él [su esposo]. Entonces me encerré en la casa y ahí sí, viendo la necesidad, la hermanita mía me consiguió trabajo, pero esa señora me echó porque yo no hacía sino llorar de la depresión que tenía. Hasta que encontré a la hermana Rosa, empecé a ir allá al convento de la Madre Laura. Allá conocí a las señoras de Caminando por la Verdad, del Movimiento de Víctima de Crímenes de Estado. Me integré, empezamos las caminatas, y comenzamos a ir a La Escombrera”.

Entre aquellas señoras caminantes, está la de la luz, el liderazgo y la motivación: Luz Elena Galeano, la del cabello negro largo y piel morena. Ella organiza, anota, devuelve un saludo cordial a todos los conocidos que pasan por su lado y cuenta su historia con mucha fortaleza:

“Debido a la desaparición de mi esposo, me acerqué donde la hermana Rosa Cadavid. Allí iban mujeres a hacer denuncias y a pedir consejos. Fui a buscar apoyo pero fue lo contrario: me tocó apoyar, porque fui capaz de fortalecerme más rápido. Incluso como las otras son señoras mayores de edad, estaban realmente enfermas, no querían salir de esas cuatro paredes donde vivían. Realmente entré en el 2008, pero yo ya sabía del tema porque me interesaba ayudar mucho a las personas que necesitan”.

Patricia Escobar* también hace parte de la iniciativa de caminatas por la verdad: “Nos llamamos el grupo de Mujeres caminando por la verdad. Esa es la verdad que necesitamos: qué pasó con nuestros hijos. O al menos que nos digan una verdad, por qué, dónde, dónde están”.

Hay que sanar el corazón. Y mientras encuentran alguna verdad, los talleres de costura les sirven para deconstruir y reconstruir su historia en cada puntada. Además de las manualidades, están las vigilias en La Escombrera, las manifestaciones y reuniones en torno a la memoria, los talleres y diplomados que varias instituciones ofrecen, mecanismos con los que todas estas impetuosas mujeres intentan excavar las toneladas de impunidad y olvido de quienes no quieren revelar la verdad.

¿Y qué pasa con el perdón? ¿Perdonar a quien ha hecho sufrir? ¿Perdonar con el corazón? ¿Perdonar a quien mató a un familiar? Sí, perdonar. Muchas víctimas conciben el perdón para sus victimarios en un futuro. Dicen que perdonarían. O que perdonan pero no olvidan. Hacen referencia a la ausencia de venganza; no quieren seguir con una cadena infinita de violencia. Pero todas dudan. Lo piensan, lo meditan. Balbucean antes de dar un “sí” definitivo. Otras, de un modo más directo y con firmeza en la mirada, aceptan su incapacidad para pensar en el perdón. Hay heridas que han estado abiertas por años y que aún duelen, no se cierran. Si llegan a sanar, dejarán un eterno recuerdo.

Para Luz Elena, recordar es vivir:

“Uno no puede olvidar a un ser que convivió con uno tantos años; es muy difícil. Lo mismo que muchas personas hablan del perdón, que muchos dicen que perdonar a los que nos hicieron tanto daño. Pero es que el perdón no cabe en mí, y en muchas compañeras tampoco. Cómo va perdonar uno a una persona que le desapareció a uno el propio esposo y causó unos daños a una familia que estaba conformada: eso es imposible”.

Frente a la memoria siempre se abrirán dos caminos: olvidar o recordar. Frente a la memoria siempre se abrirán dos caminos. Estas mujeres escogieron el camino del recuerdo frente a un Estado que las tiró al olvido. Por esto, continúan incansables y luchadoras en búsqueda de la verdad y a la espera de respuestas. Ellas cuentan con la certeza de que no se callarán y poseen la energía para que sus palabras se escuchen fuertes y claras frente a un conflicto que no cesa. Algunas de ellas fueron desplazadas antes de sufrir la desaparición forzada de sus familiares; otras fueron amenazadas para silenciar sus denuncias en contra de los actores armados. Frente a la cadena de revictimización, ellas piden que se conserven a sus víctimas en la memoria y no se olviden los hechos de violencia.

“Yo me pregunto qué pasó con mi hijo —Patricia suspira y toma aire para continuar—. ¿Por qué me le hicieron eso? ¿Por qué yo no merezco tener a mi hijo en un cementerio? ¿Por qué como a un perro? Porque yo también he tenido animalitos y a mí se me han muerto y yo hago el huequito y los entierro.

Además del cierre de La Escombrera, las Mujeres de Caminando por la verdad exigen que la Fiscalía establezca una comisión de búsqueda solo para esta zona. Foto: Laura Alcaraz.

Además del cierre de La Escombrera, las Mujeres de Caminando por la verdad exigen que la Fiscalía establezca una comisión de búsqueda solo para esta zona. Foto: Laura Alcaraz.

*Nombre cambiado a petición de la persona

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