En el mundial Brasil 2014 ganó el honor

En un mundial el fútbol va mucho más allá de los límites sociales, económicos o personales. Siempre está en juego el honor alimentado por el mismo honor.

En 1986, Alemania y Argentina disputaron la final de la copa mundial de la FIFA en México (mundial que había sido concedido a Colombia ocho años atrás pero que el presidente de turno, Belisario Betancur, dimitió justificando que el país no estaba en condiciones económicas para organizar el evento). 3 a 2 fue el resultado: los argentinos, que de la mano del entrenador Carlos Bilardo, los jugadores José Luis Brown, Jorge Valdano, y el considerado líder de esta selección y consagrado como la tercera leyenda del fútbol, Diego Armando Maradona, se llevarían la copa para tierra sudamericana.

Uno de los anotadores de este encuentro fue José Luis Brown, que después de un pase de Burruchaga definió de cabeza. Argentina ya estaba montada en el marcador y se adjudicaba su segunda copa mundial. Más adelante, en una jugada involuntaria, Brown queda golpeado. Su hombro se había dislocado y era inminente el cambio por otro jugador. Pero José Luis mordió su camiseta, hizo un hueco en ella a la altura de la boca del estómago, metió su pulgar y sosteniendo su mano a modo de canoa terminó el partido que le dio el último título al equipo Albi celeste.

Las palabras de José Luis tiempo después fueron igual de conmovedoras que ese suceso: “Y qué, ¿iba a dejar de jugar una final del mundo por un golpe en el hombro? Ni loco”. Esa gallardía y entrega son las que se extrañan y las que producen ese vacío después de un mundial. Gallardía que generalmente no ofrece el torneo del rentado local.

Lo que más voy a extrañar de este mundial es el honor del fútbol. Es algo que ni el cinismo de la FIFA, ni el alto sueldo de muchos jugadores y técnicos o ni el cansancio luego de tantos esfuerzos le pueden quitar a un mundial de fútbol.

No es secreto que muchos jugadores de fútbol han afrontado partidos mundialistas fracturados, infiltrados, con desgarros o cualquier tipo de molestia física. En Brasil 2014 fue bastante conmovedor ver cómo en el partido Brasil- Chile , el chileno Gary Medel desenvolvía su pierna entre harapos que infructuosamente intentaban minimizar un desgarro que, definitivamente y en medio de lágrimas, sacaría al “pitbull” del partido que después perdería su selección desde la definición de los penales.

Y ni hablar del uruguayo Álvaro Pereira en el partido ante Inglaterra: después de un desafortunado choque cayó grogui al suelo. Se vivió un ambiente muy tenso mientras “Palito” se recuperaba; tuvo que ser sacado del campo y en el justo momento en que el médico celeste determinó que no podía continuar, Álvaro se levantó sin saber dónde estaba, pero sabiendo que lo iban a sacar de algo muy importante, muy enojado y aun trastabillando detuvo el cambio. Después del encuentro, “Palito” dijo haber jugado en estado de inconsciencia. Uruguay ganaría el encuentro ante la campeona del mundo de 1966.

De alguna manera, un mundial de fútbol provoca en la mayoría un inmenso sentido de pertenencia, orgullo y dignidad por el color que se defiende. Desde los debutantes que quieren hacer historia, hasta los veteranos que se van después de afrontar tantas guerras.

En Brasil Javier Mascherano, en el partido por semifinales Argentina – Holanda, fue otro de los que probó un golpe con secuelas más comunes en peleas de Boxeo, Taekwondo o Artes Marciales Mixtas. Después de un choque de cabezas, el “Jefesito” blanqueó ojo y se derramó en la lona verde. Argentina pudo perder a su mejor jugador del mundial, sin embargo éste, con la garra que lo ha caracterizado siempre, se levantó y llevó a su equipo a repetir la final de 1986 y 1990.

Además de la fractura de vértebra de Neymar que lo sacó del mundial luego de una atroz patada de Camilo Zúñiga en el partido Brasil – Colombia, o la fractura del mexicano Héctor Moreno ante Países Bajos, Bastian Schweinsteiger también terminó el partido de la final lesionado: empantanado y ensangrentado. Por no mencionar jugadores que casi desapercibidos jugaron el mundial enfermos como Robin Van Persie.

A pesar de no haber sido en un mundial, Terry Butcher protagonizó en fase de clasificación a Italia 90 uno de los episodios más recordados de resiliencia en el fútbol. En un choque de cabezas, en el partido Inglaterra – Suecia, Terry salió del encuentro con un corte bastante profundo; él solo pidió una sutura rápida y con la cabeza vendada entró de nuevo al juego. Sin embargo, momentos después el corte del defensa centro se abrió derramando cántaros de sangre y el inglés terminó el partido literalmente bañado en una mancha roja. La imagen final parecía más bien una escena de película de terror que convirtió al jugador inglés en un ícono que representa el honor por el fútbol.

El honor por el honor que plasman los jugadores en un mundial de fútbol, indiferente si es en Europa, Asia, África o Sudamérica, es una de las cosas más bellas y de las que más se extrañan en estos eventos.

Entre el desdén y la melancolía que producen las largas despedidas, inclusive las de los muertos, se va un mundial más. Alemania es el campeón, Argentina pierde por segunda vez ante el mismo rival una final y, a partir de ahora, cuatro años nos separan de vivir una vez más la cita donde el fútbol reúne todo lo que realmente vale la pena.

 

*Estudiante del Pregrado en Comunicaciones

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