Periodismo de autor

Sí, es posible que el cronista argentino Martín Caparrós sea un insensible hijo de puta –lo dice de sí en Contra el cambio (2010)–. Le importa un higo la suerte del sapo dorado de Costa Rica, la primera víctima documentada del calentamiento global, según Tim Flannery. Bueno, dos cosas antes de seguir: si la madre de Caparrós fue o no colega de la Magdalena, aquí no interesa. Queda en pie el cargo de insensible. Caparrós, el escritor albiceleste vivo más aplaudido por la crítica, es audaz, prolífico, casi siempre lúcido, un aforista de primera línea. Y, por supuesto, uno de los referentes del periodismo narrativo latinoamericano. Entonces, ¿por qué se considera un hijo de puta? En este punto, una aclaración: para él no es un dicterio. Por el contrario, lo aleja de los oenegeros verdes, esa nueva clase de activistas sociales. Ecololós los llama.

Adquirí facultades de zíngaro en un viaje relámpago por Boyacá. Adivino, en consecuencia, la pregunta que brilla en la mente de ustedes: ¿Y por qué no aprueba a los ambientalistas? ¿Acaso no le teme al cambio climático? Bingo. No, no lo asustan las arengas de los profetas del efecto invernadero, encabezados por Al Gore. Ve peligrosa la atención mediática despertada por el fenómeno. Esgrime varias razones. Enumero tres. Primera: hasta hoy no hay consenso en la comunidad científica si en realidad la temperatura del planeta aumenta de manera significativa y peligrosa. Segunda: la cantidad de energía social invertida en la supervivencia de, por ejemplo, el panda es enorme en comparación con la empleada en mejorar las condiciones económicas de los habitantes del Tercer Mundo. Tercera: el discurso verde, tan de moda en las capitales europeas, pretende retrasar el crecimiento industrial de los países emergentes. Así, la supremacía de las naciones ricas no sufre menoscabo alguno. Desde luego, se pueden refutar una a una las tesis del bonaerense. De momento, me parece una muestra de candidez darle preponderancia al problema del hambre ante el del cuidado de la naturaleza, ante todo cuando el responsable de ambos es el capitalismo salvaje. Sin embargo, inquietan los datos y testimonios recogidos en el volumen.

Más allá de si Caparrós acierta o falla, Contra el cambio  (crónica de viajes encargada por el Fondo de Población de las Naciones Unidas para la Población, para lo cual Caparrós recorrió varios lugares amenazados por el cambio climático) adquiere importancia por ser el producto de un periodismo no sometido a la dictadura de la noticia. Los manuales definen lo noticioso como un conjunto de hechos de interés público. Ahora, ¿quién decide qué le interesa al público? Obvio, los propietarios de los periódicos, las emisoras, los canales televisivos. Y ellos, con frecuencia, son los dueños del poder político. En lugar de difundir información acerca de la crisis estructural de las sociedades occidentales, propalan una y otra vez cuánto pesó el bebé de los príncipes de Gales o el enésimo trino del presidente Santos o de Uribe. Vaya artimaña: publicitan las ventajas del neoliberalismo, los sofismas del sueño americano. Lo demás, lo foráneo, es retraso y barbarie. Frente al lenguaje sentencioso de los mass media, Caparrós reconoce cada tanto que la suya es una mirada. No la única. Ahí está el valor de su trabajo. Claro, no es el primero ni será el último en hacerlo.

*Este texto hace parte de la edición 68 de De La Urbe 

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