El pulso del tiempo*

Vaticinan los arúspices de la posmodernidad –vaya cargo– el fin de la prensa escrita. Hablan de los avances tecnológicos, de los nuevos dispositivos de transmisión de datos. Lo hacen cada vez que pueden, no desaprovechan oportunidad para ponerle la lápida a los periódicos de papel. Convencidos de los alcances de sus facultades adivinatorias, predicen el fin del libro, de la historia, del arte figurativo, de los museos.

A simple vista, tienen razón. Las ventas en quioscos y las suscripciones cada día son menores, no alcanzan para nada. Entonces, los dueños de los diarios, presos del pánico, buscan la manera de mantener a flote el barco. Ofrecen vajillas, cupones de descuento en los autoservicios, regalos a quien pague la afiliación por un año. Los resultados no los satisfacen. Si las cosas no mejoran, anuncian con voz quebrada en los consejos de redacción, apaguen y vámonos. Alguien, quizá un asesor contratado por medio tiempo, les recomienda ir de rodillas a los despachos de aquellos que anunciaron la catástrofe. Por supuesto, cooperan, los reciben con sonrisas de neón, dan recetas de lo permitido y de lo bien visto, y cobran altas sumas de dinero. Sin embargo, profundizan la crisis, recomiendan abandonar las herramientas con las cuales los medios impresos pueden competir con los demás: la buena escritura y la profundidad. Escriban menos, aumenten el tamaño de las fotografías, desprecien a los lectores, afirman con aire de suficiencia. Así, de buenas a primeras, crean un ente confuso: un periódico disfrazado de tv.

No, no aciertan; mienten los sacerdotes de la imagen. La Internet y la televisión no son los únicos responsables de las dificultades financieras de los diarios y las revistas. Buena parte de la culpa reposa en los hombros de las víctimas: la baja calidad del trabajo periodístico y la redacción de juzgado promiscuo les restan atractivo: abandonaron la palabra. Su público objetivo, para utilizar un concepto publicitario, son los lectores. Y ningún lector invierte plata en un producto que no le depare estímulos intelectuales. No es difícil hacerlo, ni siquiera es necesario relegar la noticia. Basta concederle más espacio a otros géneros, en especial a la crónica y al reportaje. La respuesta a las penurias económicas de la prensa escrita comienza con aumentarle los centímetros al periodismo narrativo y al de opinión. Nada del otro mundo: puro sentido común.

Hace poco Intermedio Editores imprimió Crónicas El Tiempo, una selección del novelista y pichón de sabio, Juan Esteban Constaín, de los mejores artículos publicados por ese diario en 2013. Prologado por Roberto Pombo, el volumen reúne disímiles registros estilísticos. En estricto sentido, apegándose a las cambiantes definiciones de la naturaleza de la crónica, no todos los textos compilados lo son. Hay informes especiales, ensayos literarios, perfiles, columnas de opinión. Lo anterior no menoscaba la pertinencia del libro. La lista de autores es amplia, va de nombres conocidos en el campo de las letras a otros no tanto. Entre los primeros se destacan Enrique Santos Calderón, Daniel Samper Pizano, Juan Gossaín, Plinio Apuleyo Mendoza, Harold Alvarado, Javier Darío Restrepo, Salud Hernández, Hugo Chaparro. Los estragos del insomnio, la vida de una colombiana en Egipto, la malaventura de los pueblos vecinos de las minas de carbón, la cotidianidad de los jubilados, el elevado precio de los medicamentos, las estratagemas de las Farc, las locuras de Mourinho, el homenaje a protagonistas del siglo XX de la talla de Alfonso López Michelsen, Lucas Caballero, la Madre Laura, Leandro Díaz, Álvaro Mutis y Pablo Neruda, son algunos de los temas abordados en las 256 páginas de la antología. Como en todas, hay textos excelentes, buenos, regulares y malos. Los últimos, por suerte, son poquísimos.

Quien compra el periódico en las mañanas y combina su ojeada con la liturgia de los huevos revueltos y el café caliente, agradece la entrega de los periodistas si el producto está bien escrito, si no se le trata de tarado. Pocas cosas gratifican tanto como un diario en cuyas hojas el mundo palpita. En Crónicas El Tiempo, se sienten esos latidos.

 *Este texto hace parte de la edición 68 de De La Urbe 

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