Confesiones de una color runner

The Color Run, “Los 5 kilómetros más felices del planeta”, es una carrera atlética de cinco kilómetros en la que cada mil metros los participantes son bañados con polvos de colores a base de maicena. El evento fue creado por el estadounidense Travis Snyder, y llevado a cabo por primera vez en enero de 2012, en la ciudad de Phoenix, Arizona. En 2013 se espera a The Color Run en 130 ciudades de cuatro continentes. En Medellín, la segunda versión de la carrera tuvo lugar el domingo 28 de septiembre. María Paula Rubiano, una de las participantes, se confiesa: 

Sí, yo fui de los que pagó 50 mil pesos para que lo asfixiaran cada kilómetro con polvos de colores.  Si no hubiera sido porque no quería perder los pasajes de una semana, no me hubiera levantado a las siete de la mañana de un domingo para ir al evento que tanto polvo ha levantado: The Color Run. Llegué tarde, nada raro. Ahí estábamos 10 mil personas, ya con la cámara –los celulares– en la mano, listos para mostrarle al mundo que nos íbamos a divertir. Para entrar a la carrera teníamos que pasar por unas rejas, despacio, moviéndonos guiados por la inercia de los pasos ajenos. “Parecemos ganado”, atinó a decir una amiga. Pero no íbamos para el matadero y por eso estábamos felices.

Después de esperar casi una hora para empezar a correr, por fin llegamos al ‘Start’ donde recuperamos el espacio personal. Se supone que aquí es cuando empieza la carrera, pero nadie corre, todos nos paramos a tomarnos fotos. Pero eso ustedes ya lo saben, porque tienen Facebook y nos vieron. La estación del primer kilómetro era la azul, y nos llenamos del polvo, porque lo último que queríamos era quedar como los de la carrera pasada, que se pasaron con el naranja y parecían los oompa loompas de la versión setentera de Charlie y la Fábrica de Chocolates. Es que nosotros no vinimos para correr ni para ser felices, nosotros vinimos para que más tarde en sus pantallas ustedes nos vieran correr y ser felices.

Así seguimos, estación tras estación, con esa efervescencia tan característica de los eventos masivos, con el ritmo de esas canciones de discoteca que lo mueven a uno como un resorte, saltando, arriba y abajo. Cogíamos el polvo del piso y nos lo echábamos estratégicamente en los parches de piel limpia que aún quedaban. Entre el tercer y cuatro kilómetro vimos a un par de nenas retocándose el rosado: habían embotellado un poquito del polvo y se lo echaban con cuidado en la cara. Llegando al final dejamos que nos tumbaran comprando unas paletas cuyo precio prefiero no mencionar. Pero la sed era mucha y las paletas escasas.

Nos quedamos poco tiempo en la fiesta del final; la vida real de parciales y entregas esperaba en nuestras casas. En el bus todavía estábamos contagiados de esa camaradería entre desconocidos que se genera tras este tipo de eventos. Obvio sacamos el celular para fotografiarnos en el bus, #thecolorbus (los hashtag fueron el chiste de la mañana).Tomamos algo así como 100 fotos. Tras un cuidadoso proceso de edición, mis amigos y los amigos de mis amigos vieron 18 de ellas. Después de dar y recibir likes, comentar y ser comentada, sólo pude pensar en un fragmento de un texto que alguna vez me pasó un amigo, de un tal Pablo Fernández:

“Así, diversiones, borracheras, deportes, videojuegos, conciertos, aparecen como intentos complementarios y ambos inútiles de, por un lado, hacer cosas que llenen la vida de algo para que ésta tenga algún sentido, y a la vez, que mientras las estén haciendo, el tiempo no se note, para que así uno sienta que no está esperando sino que está actuando, porque, ciertamente, el tiempo se mueve y pasa precisamente cuando no nos damos cuenta de él.

Por esta misma razón, los habitantes del siglo veintiuno se la pasan tomando fotos con su celular y diciendo cheese y whiskey a la menor provocación, toda vez que, al parecer, necesitan pruebas de que han estado vivos en algún momento, y una supuesta característica de las fotografías es que logran captar todo lo que se esfuma, y a la mejor, si toma uno muchas fotos, entre todas se logra dar la impresión de que el mundo no se va, aunque en realidad lo único que nos queda del mundo es su foto”.

Aunque de Color Run no solo me quedaron las fotos. También me quedó una mancha azul en la espalda que todavía no logro quitarme.