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Crónicas
Martes 11 d junio d 2013 - 01:22 pm | Compartir en: / /

¡Barbacoas es de las maricas!

Foto: Natalia Cruz
Natalia Cruz Cruz
natalia.lane@hotmail.com

Maricas, raros, voltiaos, areperas, marimachas, pansexuales… travestis, todos se desplazan por ese sector que parece una lombriz: la más larga, la más torcida, la más fea. Barbacoas es una de esas calles que transgrede, seduce y acecha la vida nocturna de Medellín. Bolívar, Palacé, Perú, Bolivia, Argentina son como pequeñas cicatrices que arbitran lo “heterosexual” del paisa, ese que a la primera de guaro dice “¡Nunca!”; a la segunda, “Tal vez”, y a la tercera, desfoga su calentura en esos cuerpos imperfectos, andróginos… prohibidos de la ciudad.

Acá las noches de las maricas huelen a sexo, algo incierto las hace deambular por las calles mirando la fruta prohibida. Pareciera que todas las travestis asumen cierta valentía en esas noches de infinitos riesgos, contoneando esas caderas imperfectas, exhibiendo sus culos inyectados y sus tetas postizas.

“¿Se me nota el bulto?”, me pregunta, el frío de la madrugada no parece importarle con esa ombliguera roja que deja entrever sus pezones. Pestañas sepultadas en rímel, lentes de contacto, labios rosados, pelo largo a base de extensiones y una cola espectacular que se contonea por la calle Argentina…,  ella, una de las chicas más exitosas de Barbacoas, se parece a Natalia París: mona, delgada y exuberante. Ni una arruga, ni un rastro de celulitis, con su metro sesenta y cuatro de estatura y la insolencia que reflejan sus 21 años, Michell es toda una ‘pollita’.

“¡Oigan a éste!, el cucho me quería dar 40 mil, ¡jum!, no, mija, entre más viejo el cliente se le cobra más”, me dice. Ella parece la vedette del grupo: lentejuelas, shorts y escotes pronunciados, esta mona participa en todas las conversaciones, arbitra la autoestima de esta o aquella loca que se cruza en su camino, su belleza es inquietante e incómoda para las demás chicas.

Foto: Natalia Cruz

Sus ojos dan un ‘visaje’ rápido por la entrepierna del muchacho, él se mira esa parte pensando que tiene la cremallera abierta, pero no es así; sin embargo, esas pupilas se clavan fijamente en ese lugar. Entonces, el ‘pirobo’ se da cuenta del coqueteo, disimula y gira la cabeza, camina unos cuantos pasos, se recarga en la vitrina esperando que la mona se acerque y el cortejo comienza…

“¿Qué más pues?, ¿cómo te llamas?, ¿vamos o qué?”. Él se acomoda el bulto y se hace el simpático, ambos dan vueltas y buscan un lugar más oscuro. Entre basura y el pavimento mojado, Michell suelta la ‘tarántula’ erecta entre la mezclilla del hombrecito, quien arropado en ese fuego erótico de las manos, se entrega al balanceo genital de la ‘pollita’. Después de unos minutos, el chico desfoga todo su sexo húmedo goteando en la cola de la monita. Entonces, la indiferencia vuelve a sus ojos, de un momento a otro el ‘pirobo’ se ha ido y la mona regresa con cartera en mano.

“¡Ah no, marica, yo llegué acá a Medellín siendo un cacorro! El pelo me creció, me empecé a inyectar, a ponerme guapa y, entonces, me quedé a trabajar acá, porque en Manizales casi no se ve la plata. Las maricas sufrimos mucho por allá, los policías son unos hijueputas, ¡jum!, si pudieran te chuzan los malparidos”.

Al preguntarle por su padre, algo en su voz la delata, pareciera que hablar de su familia le lastima, es cortante y evasiva. Ella prefiere hablar de sus brackets con liguitas rosadas, me dice que ha invertido mucha plata en arreglarse los dientes, se siente orgullosa de su sonrisa, esa con la que negocia con los clientes: “Quince mil pesos la mamada o 30 mil por la culiada”, dice sin tapujos.

“Mis clientes me dicen que me parezco a Natalia París, ¡solo que en versión marica digo yo! ¡Ja ja!”. En sus palabras noto cierto grado de satisfacción. Y es que Laura Michell Tamayo Sarmiento, como en realidad se llama, cumple con el prototipo ideal de la mujer paisa: mona, pelo largo, delgada, culona, tetona.

“¡Esta marica parece un maniquí, de esos todos voluptuosos que ves en El Hueco o en Junín!”, me dice la Paola; ella es todo lo contrario a Michell: morenita, alta, plana y con unos profundos ojos negros. Ambas se mantienen en la calle de Argentina, caminando, seduciendo, provocando como un desfile de la star top, posando como si llevaran un Cristian Dior, un Victoria’s Secret o un Dolce & Gabbana; las dos son inseparables, hasta parecen representar dos imágenes prototípicas de la colombiana: la rubia y la morena.

En la esquina de Palacé con  Bolivia, esa calle aplastada por las luces cálidas de los alumbrados públicos, La Raza, Las Delicias y  Bar Palacé son  sus cómplices. Aquí, el lenguaje de las travestis habla por sí mismo: tacones altos, vestidos diminutos, escenas teatrales de nombres ficticios, identidades anónimas de miedo, angustias y rabias, todas ellas desembocan en robos, peleas, baile, coqueteo y oferta sexual.

El Majestic, El Calipso, Trópical, El 55,  El Colonial, El Amistoso…, El Amoroso, todos estos lugares son sus confidentes, hoteles donde las maricas cristalizan su trabajo, donde las rivalidades, el frío de la noche y lo público queda abolido. Espacios donde el tú y el yo se construyen en un intercambio de placeres, gemidos y caricias que acaban con los fluidos derramados en la piel, el látex o la boca.

Yuliana, Xiomara, París, Samantha…, todas dicen ser “las madres” de esta o aquella marica, ellas chicanean que las protegen, las cuidan y les enseñan a putear. Su discurso no cambia cuando algún ingenuo reportero o estudiante de Periodismo las entrevista, siempre la misma cantaleta: “¡Huy!, mija, acá las apoyamos con ropita, comida o hasta clientes, pa´que las maricas no se sientan solas”.

Pero ‘La Perú’ −como la llaman las travestis− es un espacio de territorialidades… “¡Hum!, acá las travestis no esperamos nada del cliente: ni memoria, ni las gracias ¡mucho menos lo vamos a esperar de otras maricas!”, me confiesa Zulay Cardona, más paisa que el aguardiente, cabello negro, tez blanca y ojos grandes. “A ellas, tenemos que darles liga, invitar guaros o cigarros; cuando no lo hacemos… nos chuzan; y si bien nos va, mija, nos arrastran. ¡Hum!, no, marica, esas no son madres ¡la única madre que tengo es la que me parió!

La rivalidad entre ellas está presente en todo momento: implantes, narices, mejillas, frentes, colas, piernas… ¿Quién es la más guapa?, ¿quién tiene el mejor culo?, ¿el mejor cuerpo?, ¿la mejor lipo? Sus charlas giran en torno a esto y otros temas (‘pirobos’, clientes y dinero).

Palacé fue nombrada así porque recuerda la primera batalla entre patriotas y realistas en la guerra de Independencia. En ésta, las fuerzas republicanas derrotaron al ejército comandado por el gobernador español Don Miguel Tacón. Años más tarde, el poeta Jorge Isaacs en su canto A la tierra de Córdoba dijo en elogio: “Fueron así los siervos y señores (…) hermanos al nacer. En Palacé afilaron sus garras de leones, los igualó la gloria primero que la ley (…)”.

Hoy las travestis de Palacé son siervas y señoras de la noche, siguen afilando sus garras como leonas, librando batallas contra la doble moral, retando la normalidad de Medellín.

Entre la Avenida Oriental y la carrera Sucre, está el segundo bar gay más viejo de Medellín, El Machete, inaugurado por los hermanos Óscar y Orlando Gómez en 1984. Se concibió primero como un bar hetero, pero poco a poco las mesas fueron ocupándose por otro tipo de “clientela”. Hoy El Machete, esa herramienta tan típica del macho antioqueño, es uno de los referentes gays más antiguos de Medellín. Foto: Natalia Lane

El Paisa, la K-nekita, el Azúcar, las Noches Alteradas…, Controversia: todos nombres coloridos, todos espacios para rumbear al ritmo de los Black Eyed Peas, J Balvin y Thalía. En Barbacoas, emerge y se mezcla lo diferente: ranchera, cumbia, vallenato, música electrónica y circuit; la rumba es heterogénea como sus visitantes: gays, lesbianas, bisexuales y travestis.
En Barbacoas, las travestis son aves de paso que vuelan a otras ciudades, con su aparecer temporal en las calles Perú, Argentina, Bolivia y la carrera Palacé. Las gaviotas se distinguen de las urracas, los cuervos, las guacamayas y cualquier otra ave de rapiña, por su belleza. Lo mismo sucede con ellas, el respeto no sólo se gana por la belleza, sino por el dinero: si eres fea, robusta y encima estás jodida, no hay opciones para ti.
El sueño de las travestis de Palacé no es diferente al de las demás travestis del mundo: ponerse tetas, inyectarse culo y operarse la cara. Algunas ahorran cada peso para lograrlo, otras lo gastan en perico, marihuana y basuco; mientras tanto, se dejan inyectar aceite por “La Chichón”: 100 mil pesos el medio litro y aparte el material, desde ese que cuesta 15 mil pesos hasta el más caro de 150 mil.
“‘La Chichón’ primero te anestesia con xilocaína, ya después te mete la silicona en varios puntos de las nalgas… ¡Huy!, parce, eso duele mucho, pero, marica, es eso o nada. ¡Ah, eso sí! Le tienes que pagar primero. Ni se te ocurra quedarle a deber porque te busca y te mata. ¿Yo? ¡jum!, no, marica, yo no me inyecto las tetas porque dicen que a ‘La Chichón’ se le han muerto varias porque no aguantan tanto líquido”, me confiesa Zulay.
Hoy el territorio de estas aves se encuentra en peligro, la policía de Medellín les ha negado la única fuente de empleo que tienen: el comercio sexual, impidiéndoles el paso a Barbacoas y negándoles la posibilidad de vivir en los hoteles circundantes. De acuerdo con la Corporación Transcity, estas mujeres han sido maltratadas bajo el pretexto de un operativo por parte de la Alcaldía de Medellín para erradicar la venta y consumo de droga.
A pesar de ello, esa lombriz retorcida entre Perú y Bolivia, sigue seduciendo con sus calles y flujos hasta al paisa más macho, de esos que a la primera de guaro dicen “¡Nunca!”; a la segunda, “Tal vez”, y a la tercera, desfogan su calentura en esos cuerpos prohibidos que todas las noches huelen a sexo.