“Mi patrón es el Cauca”

Así lo asegura Luis Enrique Lopera Márquez, uno de los 300 campesinos provenientes de los municipios afectados por el proyecto Hidroitüango. Están alojados en la Universidad de Antioquia desde el 5 de abril de este año.
Por Diego Zambrano Benavides (@diegozamben)

Los campesinos se desplazaron hacia Medellín para protestar ante las autoridades departamentales y la ciudadanía en general por el impacto del megaproyecto. Alegan que la forma como fueron desalojados por las autoridades constituye un desplazamiento forzado.

Luis Enrique Lopera Márquez es un campesino oriundo del municipio de Briceño,  vecino de las riberas del río Cauca, epicentro de su historia, su cultura y sus sueños. Cinco décadas de vida, y una memoria vívida y precisa a la hora de recordar sus anécdotas, su trayectoria. Momentos que recuerda con cariño y que sentado en los prados de la Universidad de Antioquia, vestido de vaqueros, camisa color aguamarina y sombrero aguadeño, comienza a contar con fluidez.

Desde los nueve años comenzó a trabajar con su padre Luis Alejandro Lopera, quien le enseñó el arte de barequear, la minería artesanal. El lugar más frecuentado en las orillas del Cauca era ‘Salto Rodríguez’. Allí se convirtió en un experimentado barequero.

Los amigos de su padre sabían acerca de las habilidades y fortaleza para barequear de Luis Enrique, o el ‘Flaco’, como le dicen. Siempre se lo llevaban en sus excursiones sobre las playas del río. Las ‘galladas’ se fueron haciendo comunes y empezaron a formar lo que los artesanos llaman ‘tajos’, que son los huecos que los campesinos hacen con ayuda de las palas y las barras, en las riberas del Cauca, y que son el sitio donde el río les comparte su riqueza. Irónicamente esa riqueza y esa belleza del oro que buscan vienen acompañadas de lodo, gusanos y mierda.

Una vez salió con un compañero suyo a probar suerte en otras labores. Viajó por la región andina trabajando como jornalero, principalmente en la recolección de café. Sin embargo, las riberas del Cauca lo llamaron y regresó a sus raíces. Se estableció allí para siempre. “A mí jornalear no me gusta. Yo soy minero artesano, nómada, ocasional, y mi patrón es el Cauca y nadie más”.

Hidroitüango es algo que viene de tiempo atrás. Luis Enrique recuerda cómo anotaban a su padre en unas listas en las que él nunca apareció, por ser sólo un niño que no pasaba de los 15 años. A todos en la región les dijeron que estaban visitando las riberas del río para construir una planta eléctrica. No dieron más señales sobre qué iba a pasar con ellos. Mucho menos que iban a ser desalojados.

Los mineros artesanales siempre cargan siete herramientas: almádana, barra, pala, batea, cajón, tela y galón. Estas y el tacto o sentido extra con el que cuentan a la hora de catear – buscar el oro -, los diferencia de los mineros corrientes, que cuentan con maquinaria y horario establecido.

Luis Enrique nunca se casó, tampoco tiene hijos. Su rutina antes del desalojo consistía en salir de su ranchito, a la hora que él considerara oportuna, ubicarse en las playas del río Cauca y barequear. En su rancho, que son básicamente pilares de madera recubiertos de cartón y un plástico, tiene también un pequeño costal donde guarda la comida que él mismo cultiva: frijol, maíz, yuca, y algunas veces pescado. Alimentos que representan la dieta del barequero en las riberas del río.

Antes del día del desalojo, los barequeros fueron amenazados con ser desterrados en dos ocasiones. Después de eso fueron citados a una negociación con la empresa constructora del proyecto y las autoridades competentes. En un sitio llamado ‘El Saladero’ se realizó la reunión, y Luis Enrique actuó como uno de los líderes de los barequeros. La reunión no llegó a buen puerto y ante la negativa por parte de los campesinos de salir de las playas del río Cauca se acusó a los mismos de invasores.

La segunda vez, el Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD) “aconsejó” a los campesinos salir de manera pacífica, o de lo contrario estaban autorizados a usar medidas represivas contra ellos. Luis Enrique salió del río donde había pasado sus mejores momentos.

En la melancolía de sus ojos y la resignación de sus palabras quedan anhelos de recuperar su lugar en el río, en el que él mismo considera como “tierra de todos, patrimonio nacional”. Recuerda a su padre porque le enseñó el oficio del barequero y le dejó el mejor consejo que ha recibido en su vida: “El único motivo para tener que matar a otro varón, es en defensa propia”. Por eso, espera mediante la fuerza de su palabra y la de sus compañeros lograr su objetivo: continuar su rumbo como barequero, interrumpido, según Luis Enrique, por un proyecto innecesario que atropella necesidades más inmediatas para el país.

Luis Enrique sueña no terminar así: exiliado de su tierra, despojado de su cultura y la tradición de la minería artesanal. Su vida, al no ser casado y no tener hijos, se resumía en salir y probar fortuna en el río. Espera que la situación que atraviesa junto a sus compañeros sea temporal. Anhela volver a su vida. Sin lujos. Difícil, pero feliz.

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