Roa: la mirada del asesino

La película colombiana Roa recorre la historia detrás del asesinato del caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán y del hombre acusado de cometer el delito.

David Andrés Sánchez / andas22@gmail.com

Los colombianos se declaran hartos de la guerra, de las narconovelas, del cine de violencia, de capos, de drogas; no hemos podido entender que todos estos temas hacen que se genere historia y memoria. ¿Cuántas películas argentinas hablan de la dictadura?, ¿cuántas películas españolas hablan del franquismo?,  ¿cuántas películas, no solo norteamericanas sino europeas, hablan de la primera y la segunda guerra mundial?.

Y eso es lo que hace Andrés Baíz en su tercer largometraje “Roa”. Llevarnos a ese momento que marcó la historia de nuestro país con la palabra “violencia”, un retrato de lo que sucedió hoy hace 65 años, un hecho marcado por los rumores y las dudas porque nadie ha sido capaz de establecer claramente qué fue lo que pasó.

En  1950, el periódico El Siglo del 1 de mayo, publicó un artículo titulado “el linchado no fue el asesino del Dr.  Gaitán”. El artículo corroboraba que muchas de las versiones que se habían tejido sobre el asesino ese 9 de abril no concordaban. Ni la ropa, ni sus características físicas eran descritas de forma similar por los cientos de testigos que se encontraban en el sector. De esas dudas nace esta cinta, porque es la visión de ese personaje que no tuvo derecho a hablar, ese personaje contra el que el pueblo enfurecido se alzó por asesinar a su “líder”, y contra el que recaen todas las culpas de un asesinato que muchos otros pudieron haber cometido.

Basada en el libro de Miguel Torres “El asesinato del siglo”, la película le da la voz a Juan Roa Sierra (interpretado por Mauro Puente), un hombre humilde, pero con grandes aspiraciones, que desesperado por encontrar un trabajo trata de convertirse en taxista, aventura que lo lleva a conocer a Jorge Eliecer Gaitán (Santiago Rodríguez), líder político al que admira y en el que ve las esperanzas para salir de su difícil situación.

Su esposa (Catalina Sandino) lo abandona porque, gracias a ese afán de ser grande, no consigue un trabajo con el cuál pueda ayudar a su familia. Esto, sumado al rechazo laboral al que se ve sometido por Gaitán, hacen que Roa se obsesione con el dirigente político, empiece a seguirlo y a gestar un plan para asesinarlo, plan que un día decide deshacer.

Su obsesión hará que algunos políticos de corte conservador se aprovechen de  él y lo obliguen a participar en el asesinato del caudillo. Roa Sierra se niega, pero no encuentra otra salida, más que acceder a participar por el bien de su familia. Lo otro es fácil imaginárselo, pues es evidente que la película quiere generar más dudas sobre los hechos que rodean este momento histórico del país.

Después de ver la película uno no odia ni ama a Roa. Simplemente se   presenta como una víctima más de una situación que ni él mismo esperaba, un personaje que dice más con sus ojos que con sus actos (todo gracias a la actuación de Mauro Puente), porque su mirada habla más claro que el montón de situaciones por las que le toca pasar a ese ser ingenuo, pero obsesionado por la grandeza.

Otra fortaleza de la película es el vestuario, la escenografía y las locaciones. Se nota un arduo trabajo desde la dirección de arte, porque es de las pocas películas colombianas de época y se nos muestra una Bogotá de 1948, organizada, bella, limpia; que ambienta perfectamente el contexto social y cultural de aquellos años. Esto sumado a una fotografía en la que predominan los colores gises, los tierra, los oscuros, dan una idea de la configuración de los personajes y de los sucesos.

Catalina Sandino, la esposa de Roa, no se luce. Es un personaje simple, plano, sin grandes giros, que si no fuera por la decisión de dejar a su marido, uno podría pensar que no tiene carácter. Su interpretación es floja, tal vez porque parece natural (y no en el buen sentido), es como si fuera ella misma, similar, muy similar a su papel protagónico en “María llena eres de gracia”.

Santiago Rodríguez (Jorge Eliecer Gaitán) no sorprende tampoco. En sus apariciones el espectador no sabe si está haciendo comedia (que es su fuerte y por lo que es difícil desencasillarlo) o si realmente esta actuando.

Cabe aclarar que aunque es una película histórica sigue siendo ficción y allí está la fuerza de la cinta, que tiene grandes pretensiones y que sorprende por los recursos técnicos (ya Andrés Baíz lo había hecho con La cara oculta). Además, el manejo sutil que se le da a un personaje por el que históricamente la gente ha sentido odio e intriga, pero por el que puede llegar a sentir lástima después de verlo rodeado de su humildad, su familia y su mundo.

Sumado todo esto al final se nos presenta bellamente casi como una pintura. Casi como la representación de Jesús en la escultura La Piedad de Miguel Ángel.