Con el cemento en la sangre. A 50 años de la Masacre de Santa Bárbara

El viento frío de las 5 de la tarde fue testigo de todo. Una fila de 40 volquetas cargadas con cemento elaborado y clinker, que según el Gobernador de Antioquia tenían que pasar “costara lo que costara”, fue retenida por unos 150 trabajadores de Cementos El Cairo apostados sobre la Troncal de Occidente.

Tras 26 días de huelga, una determinación los reunía en ese momento: las volquetas, conducidas por “esquiroles”, no pasarían. Marta Lía Patiño no salió de su casa, pero desde su ventana vería cómo un conflicto laboral desencadenaría una de las masacres más emblemáticas y olvidadas de la historia reciente de Colombia.

El hecho tuvo lugar a tan solo unas cuadras del parque principal de Santa Bárbara, donde hoy se levanta un obelisco, un mausoleo rodeado de pinturas y frases alusivas a la lucha obrera y sindical, a la lucha de clases y a los caídos de ese día. Sobre la base de éste, se instalaron varias placas de distintos sindicatos del Departamento en las cuales lamentan las pérdidas.

La mayor parte del tiempo, este sitio de memoria de aquel 23 de febrero, permanece cerrado entre rejas rojas. Y, aunque la memoria sobre estos hechos agoniza, este año se rendirá homenaje a las víctimas tras 50 años de impunidad.

En este pueblo va a pasar algo

-Arrégleme al “Ojón”, yo me lo llevó. Usted sabrá cómo se va a defender aquí, pero la cosa como que está maluca.
“El Ojón” era Fabio, hijo mayor de Marta Lía y Fabio Villada. Aunque en el Barrio Obrero –hoy conocido como Los Almendros– todo parecía normal, el ambiente estaba enrarecido. Un convoy de volquetas había pasado a eso de las nueve de la mañana hacia la fábrica de Cementos El Cairo. Los huelguistas se preparaban.

Desde la ventana de su casa, doña Lía vio a varios soldados que se encontraban apoyados sobre el pecho en posición de francotiradores. Estaban detrás del Hospital, una construcción encaramada en un morro al frente del Barrio Obrero. Allí, los uniformados tenían la panorámica de la vía por donde el cemento debía pasar “a como diera lugar”.

Los huelguistas cargaban canecas con agua por la calle principal del barrio hacia la caseta que, desde temprano, habían armado junto a la carretera. También cargaban toallas. Se preparaban para contrarrestar el efecto de los gases lacrimógenos porque sabían que las volquetas venían escoltadas por el Ejército y la Policía.

La casa de doña Lía es una construcción vieja en la que un largo corredor conecta la puerta principal con todas las habitaciones y un solar, donde ella permanece sentada por horas. Hace más frío que afuera y el viento va y viene todo el tiempo entre el solar y la sala. Esta casa también sería, hace cincuenta años, testiga muda de los hechos de ese día.

 

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Del conflicto laboral al conflicto de intereses

Los intentos de negociación, presididos por un tribunal de arbitramento, no lograban poner de acuerdo a obreros y patrones. Medellín estaba desabastecido de cemento. El 22 de febrero, más de 20 compañías constructoras de la ciudad firmaron una petición conjunta en la que amenazaban con despidos si no llegaba el material para emplear a “millares de obreros” en Medellín. Así, la imposibilidad de solucionar un problema laboral en Santa Bárbara amenazaba con desencadenar un problema laboral aún peor en la capital.

En primer lugar, la comunicación responsabilizaba a los huelguistas de El Cairo del desempleo que se desencadenaría. El segundo y último punto anunciaba que, desde el 25 de febrero siguiente, “no podremos garantizar un pleno empleo, y las jornadas serán limitadas por las cantidades de cemento que se reciban, dejando clara constancia de que llevamos más de un mes trabajando con mínima eficiencia, con graves perjuicios para nuestras compañías, para nuestros clientes y para la economía en general”.

De esta manera, las empresas firmantes y Camacol, como representante del gremio de la construcción, comenzaron a presionar la necesidad de que pasaran el cemento y el clinker. Este último era la materia prima necesaria para que empresas como Cementos Argos pudieran elaborar el cemento para cubrir la demanda de los constructores de Medellín.

La huelga de El Cairo despertó un interés particular en el Gobierno Nacional, en una época en que los conflictos laborales y sindicales eran frecuentes en todo el país.

Eduardo Uribe Botero se desempeñaba como Ministro de Gobierno durante la presidencia de Guillermo León Valencia, la segunda del Frente Nacional y la primera conservadora. El 26 de febrero de 1964 el Tribunal Superior del Distrito Judicial de Bogotá preguntó a Uribe Botero, cuando actuaba como embajador de Colombia en Washington, si en ese momento él o su familia eran accionistas de Cementos Argos o de Cementos El Cairo:

“No soy accionista de Cementos El Cairo. Soy accionista de Argos. No sé si mis familiares tienen acciones en esas Compañías, pues cuento con no menos de ochenta familiares entre hermanos, cuñados, primos hermanos, sobrinos, hijos de sobrinos, etc…, etc.”

En el libro La Masacre de Santa Bárbara (Frente Nacional 1958-1965), el Centro de Investigación José Carlos Mariátegui, de tendencia marxista-leninista, sostiene que Uribe Botero tiene contradicciones al respecto. “Lo que no confiesa es que para el 23 de febrero de 1963 desempeñaba con simultaneidad el Ministerio de Gobierno y el puesto de miembro principal de la Junta Directiva de Cementos El Cairo, como lo comprueba claramente la respuesta dada por la Cámara de Comercio de Medellín el 4 de febrero de 1964 a una solicitud que al respecto le hizo el Tribunal Superior de Bogotá el 26 de febrero de 1963”.

El Ministro de Gobierno tenía un conflicto de intereses con la huelga de El Cairo. Sin embargo, manifestó al mismo Tribunal que no tenía conocimiento de éste por ser de influencia directa del Ministerio de Trabajo y no de su cartera. Pero tal conflicto quedó en evidencia cuando el 25 de febrero, dos días después del trágico desenlace de la huelga en Santa Bárbara, la Asamblea General de Accionistas de El Cairo registró ante la Cámara de Comercio el nombramiento de una nueva Junta Directiva en la que no aparecía Uribe Botero, hasta entonces tercero principal de la Junta.

La necesidad no tiene cara de perro

Desde octubre de 1962, el Sindicato de Trabajadores de Cementos El Cairo presentó a la Empresa un pliego de peticiones aprobado en Asamblea con los trabajadores. Para entonces, los trabajadores de Nare y Argos también estaban negociando sus respectivos pliegos. Según el Centro de Investigación José Carlos Mariátegui, “en vista de esto, a través de Fedeta (Federación de Trabajadores de Antioquia), en una reunión de las tres comisiones negociadoras, se decidió no firmar convención alguna hasta tanto no fueran resueltos los problemas de los tres pliegos de peticiones con el objeto de forzar a las empresas a un arreglo global”.

Luis Eduardo Zapata cuenta ya 91 años. Habla con una lucidez envidiable, solo se detiene en su narración para tomar un poco de aire. La historia de esos días la cuenta de memoria porque ya son para él 50 años refiriéndola.

 

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Era el tiempo de la Guerra Fría y el primer momento de efervescencia de las reivindicaciones de los “nuevos movimientos sociales”. En tiempos de utopías, cualquier reclamo era descalificado y macartizado, pero Luis Eduardo lo reconoce con orgullo: “Sí, el Sindicato era comunista”. Esto explica por qué, después de ese día, la responsabilidad cayó sobre los huelguistas.

El 24 de febrero de 1963, El Colombiano recogió algunos antecedentes de la masacre. Frente a la negativa de los obreros a levantar el paro, “de común acuerdo con los comandos de la fuerza pública de Antioquia, se convino en que para remediar en algo la manifiesta escasez de cemento (…) debía procederse a la movilización de todo el producto que había en depósitos en El Cairo”.

Las volquetas llegaron en la mañana custodiadas por una compañía del Ejército a cargo del coronel Armando Valencia Paredes, comandante del Batallón Girardot. Llegaron a El Cairo al mediodía y, después de cargadas, se comenzaron a devolver para Medellín. Nueve kilómetros las separaban de los trabajadores.

“La primera volqueta que pase por aquí la vamos a parar”, se decían Luis Eduardo y otros cuatro compañeros. “Cogimos piedras y la atajamos. Entonces, llegó un soldado y le dio un culatazo a un compañero mío”. Su narración es limpia, y cuando encuentra vacíos reconoce no recordarlo todo. Se apasiona, le sudan los párpados y le brillan los ojos.

“Entonces a mí me dio mucha rabia, hermano, mucha, demasiada rabia, y cogí una piedra y se la tiré a un soldado aquí, aquí”, cuenta mientras se señala la nariz. El soldado quedó herido y fue llevado de inmediato al Hospital. Otro soldado respondió al ataque de Luis Eduardo atacándolo con una bayoneta. Hoy, camina despacio, pero en ese entonces tenía 41 años y la habilidad suficiente para esquivar el ataque. Sin embargo, el soldado logró asestarle un golpe “aquí, aquí”, en la cabeza. En esas, y como “la sangre es escandalosa”, lo llevaron para el hospital, donde se encontró con el soldado herido. Los cinco fueron detenidos.

Del polvo al plomo

Eduardo Santos, trigésimo noveno presidente de Colombia y tío abuelo de Juan Manuel Santos, se refirió a Santa Bárbara como el “Balcón de los bellos paisajes”. Tenía razón. El pueblo, pequeño, rústico, está sobre una de las montañas de la Cordillera Occidental en el Suroeste antioqueño. En un día claro, se ve el río Cauca, frontera natural entre Antioquia y Caldas, los farallones de La Pintada y Valparaíso, y dicen algunos que, con un poco de suerte, se puede ver Kumanday, el Nevado del Ruiz.

Aunque la mayor parte del tiempo hace frío en el casco urbano, conforme la intermitente niebla se pierde hacia el cañón formado por los ríos Buey y Poblanco, comienza a subir la temperatura. Allí quedan la cantera y la cementera El Cairo, que ahora, tras la fusión de la industria, pertenece a Cementos Argos. Para llegar al cañón hay un camino viejo que comienza detrás de Los Almendros, el barrio de los obreros construido con la ayuda de la fábrica en el siglo pasado.

Jesús Alfredo Zapata, ‘Suso’, trabajó para Cementos El Cairo junto con sus hermanos José, Carlos, Raúl, Juan y Pedro. En el momento de la huelga estaban recién llegados a Santa Bárbara, pero sus familias aún vivían en Santa Rosa de Osos. “Cuando nosotros llegamos aquí al barrio, estaba la gente viviendo el duelo, y más mi tío que le tocó. Mi tío salió herido y todo”, cuenta Nuri, hija de Jesús Alfredo.

‘Suso’ murió a causa de una afección pulmonar. Trabajó en la cantera como minero, aunque su esposa Genoveva no recuerda durante cuánto tiempo. Se refiere a él como “su hombre”, cuando le pregunta a ‘Caliche’, su hijo, por cuánto tiempo trabajó. Cuentan que, cuando ‘Suso’ murió, le encontraron piedras de polvo en los pulmones, “y le salía caliza por las manos”, puntualiza Genoveva.

La silicosis es una enfermedad irreversible que se produce por acumulación de polvo en los pulmones. Es una de las principales enfermedades laborales en muchos países en desarrollo. Muchos trabajadores de El Cairo han muerto por esta enfermedad. La familia de Jesús Alfredo no recibió ninguna indemnización, pese a que su enfermedad fue ocasionada por su trabajo.

Hubo un tiempo en que los trabajadores dejaron de morir de silicosis. En el año 2002, fue asesinado Alfredo Zapata, hijo de Genoveva y de Jesús Alfredo, cuando se desempeñaba como secretario del Sindicato. Jaime Duque, presidente del mismo, fue secuestrado. El responsable fue el Bloque Metro de las Autodefensas, con presencia en el pueblo desde 1998, desde cuando se agudizó el conflicto armado en la zona y, en particular, la persecución sindical.

Según cifras de la Escuela Nacional Sindical, tan solo desde 1986 se han registrado más de 2900 asesinatos de sindicalistas en Colombia. Como indica el informe de Human Rights Watch de 2012, aunque el índice de asesinatos de sindicalistas viene bajando, el país sigue siendo el más violento del mundo contra la acción sindical.

Este drama humanitario que comenzó en 1928 con la Masacre de las Bananeras, aún no termina, y en 1963 tuvo su segundo capítulo con la muerte de 12 personas a mano de la fuerza pública.

La masacre

En la fachada de la casa de Teresa Ríos, abajo de la de Lía, permanecen los huecos de un par de balazos hechos ese viernes de 1963. Entonces, ella no vivía ahí. Su esposo, también huelguista, estaba cerca de El Cairo durante la masacre. Poco tiempo después de la masacre se fueron a vivir allí.

Según periódicos como El Colombiano y El Correo, el ataque provino de los trabajadores. Afirman que, desde los cafetales junto a la carretera, los obreros dispararon armas de fuego y lanzaron bombas molotov y piedras contra las volquetas y los soldados. “En este punto, las unidades de la fuerza pública repelieron el ataque, quedando muertas ocho personas y heridos graves dos soldados más”, informó El Colombiano al día siguiente.

El director del periódico era Juan Gómez Martínez, hijo del entonces Gobernador de Antioquia, Fernando Gómez Martínez, uno de los responsables de impartir la orden al Ejército para que las volquetas pasaran.

Fueron 12 los muertos: cuatro obreros, tres campesinos que apoyaban a los huelguistas, cuatro curiosos que estaban en el lugar equivocado a la hora equivocada y María Edilma Zapata, una niña de 10 años, hija del huelguista Luis Eduardo Zapata. Ningún soldado murió y hubo más de 30 heridos entre soldados, trabajadores y curiosos.

-¿Ustedes tenían armas?
-Ah sí, muy potentes, ¡cuatro piedras! Muy potentes que las teníamos, y muy baratas-, dice Luis Eduardo, quien escuchó el tiroteo desde el Hospital.

En ese momento vivía en la primera casa de Los Almendros, en una esquina a mano derecha de la calle, donde funciona hoy la Sede Sindical María Edilma Zapata.

En ese mismo Hospital recibió la noticia de la muerte de su hija. El Colombiano contó que había muerto apedreada, “y se cree que fue sorprendida durante el segundo ataque de los revoltosos y que nada tenía que ver con el asunto”.

 

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Lorenzo, el párroco del municipio, intervino para que no siguiera la matanza: “Yo no quiero ver más sangre aquí, así es que mátenme a mí primero, pero yo no quiero ver más sangre aquí”. A la actitud del cura le atribuyen que no hubiera más muertos. Sin embargo, la fuerza pública detuvo a más de 100 personas en menos de 24 horas, incluyendo a Fabio Villada, esposo de Lía.

Cuando Lía abrió su casa al día siguiente, el hedor de la sangre seca invadía el lugar. Un fotógrafo de El Correo le pidió a un soldado que abriera un cajón para tomarle una fotografía. Al día siguiente, este diario “informó” que en la casa de Lía habían encontrado armas.

Belisario Betancur, ministro de Trabajo, visitó Santa Bárbara, como lo hicieron muchas comisiones investigadoras. El trabajador Armando Flórez García denunció a la Nación por los hechos. Pero hoy, a 50 años del enfrentamiento entre 150 trabajadores y 500 soldados, nadie ha respondido.

Por la memoria

Mónica Sánchez y Ángel Osorio recorren Santa Bárbara y los municipios cercanos. Él es abogado. Ella es la presidenta de la Junta de Acción Comunal y conoce esta historia; su papá estuvo ahí como huelguista. En el 2000, tuvo que huir del municipio por amenazas en su contra.

Ellos no son sindicalistas. Son líderes cívicos que gestionan proyectos ante distintas instancias de gobierno, aunque en el municipio, por esta labor, algunos dirigentes locales los han llamado “subversivos”. Ahora lideran la Conmemoración de los 50 años de la Masacre de Santa Bárbara.

Han tocado las puertas de la Alcaldía y del Concejo Municipal, de la Asamblea Departamental y de la Presidencia de la República. Ésta última, por tratarse de una conmemoración, los remitió al Ministerio de Cultura. Pero sus requerimientos tienen que ver con el reconocimiento de una masacre por la cual la justicia nunca encontró responsables. No quieren que se pierda el recuerdo de las 12 personas que murieron por “bala oficial”, como dice Ángel.

Como conmemoración simbólica, el proyecto propone la reconstrucción del monumento en homenaje a los obreros caídos. Además, que se cambie el alcantarillado del barrio Los Almendros, se construya una vía de acceso y se levanten 40 casas como solución al déficit habitacional del barrio de los obreros de El Cairo, hoy Argos.

El paso a seguir es tocar las puertas de la cementera. Tienen el empeño de que el proyecto salga adelante. Por eso, desde febrero, programan actividades culturales en todos los barrios del pueblo, en compañía, entre otros, del Sindicato y el Teatro Libre de Bogotá. Quieren que la conmemoración sea más que un discurso sindical.

Los testigos, fuente de memoria viva, cada vez son menos. Van muriendo de asfixia o de vejez. En poco tiempo no quedará ninguno. Uno de ellos, Luis Eduardo, relata su testimonio cada que alguien le pregunta: “Para nosotros es una fecha imborrable. O para mí, yo no sé los demás. Para mí y para muchos”.