La imaginación es recurso periodístico (Declaración juramentada de un cronista incierto)

Dos egresados de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia protagonizan uno de los encuentros más sonados y recientes en torno a los límites del periodismo narrativo y el papel de la ética periodística.

La columna de Joaquín Botero propició la reacción de defensores y contradictores de José Alejandro Castaño, quien rompió el silencio en su blog Crónicas inciertas.

En aras de la discusión que nos concita, De La Urbe reproduce, con la autorización de los dos autores y de La Silla Vacía, los dos artículos. En el fondo, lo que está puesto en cuestión es el periodismo.

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Puesto a fabricar talco para pies, con los ingredientes correctos, un químico farmacéutico no produce otra cosa. Si aplica la fórmula, sin importar qué tanto le tallen los zapatos, qué tan infeliz o gozoso se sienta, si lleno o hambriento, sea él un miedoso o un valiente, si es de noche o es de día, el resultado de su esfuerzo es talco para pies. No hay lugar para la perplejidad, para el asombro. Un periodista en cambio, y por suerte, rara vez es capaz de semejante simetría. El lugar de sus tareas suele ser campo al aire libre, a merced del azar, de sus propias capacidades. En su trabajo sí cuentan el hambre, el cansancio, la alegría y la tristeza, los deseos, sus temores, la mala ortografía, el tipo de calzado. Elucubrismo, palabra que no existe, rima con periodismo, oficio sin ciencia.

Finalmente leí tu columna Joaquín, «De Castaño a oscuro», publicada en La Silla Vacía. Mientras te leía proclamándote anónimo, profesional, apóstol de la verdad, te imaginaba de tapabocas, con guantes de enfermería, de bata blanca, disfrazado de científico. Pides que se me reprenda, que se me quiten los títulos de la misma manera en que se hace con un deportista proscrito por doping. Eres un atrevido.

Llevo años oyendo el siseo de los que me acusan de fraude, de inventar las historias de mis crónicas. Casi siempre fue un murmullo anónimo, informe, vago, sin un rostro de frente. No quise responder, hasta ahora. Nunca hice una llamada de reclamo, ni escribí un mensaje de correo, ni una carta, ni una línea si quiera. Me mordí los codos. ¡Es que a tantos les consta lo que no les consta! Afirman con voz segura, enjuician, repiten lo que saben de oídas, y dictan sentencia, imponen condena. La pregunta es: ¿qué gano al desmentir lo que encierra un evidente tufo de rivalidad, de rabia gratis?

Hace dos años, desde aquella publicación de El Malpensante en la que se me acusó de fraude, de inventar viajes, de fabular testimonios, oigo a algunos decir que mi silencio es confirmación de culpabilidad, prueba de que no tengo cómo controvertir. Supongo que me imaginan en un mar de nervios, descubierto en flagrancia, mudo del susto. No es así.

Tu texto, que se pretende lapidario, es más de lo mismo, Joaquín: recuento de rumores, juicios de valor, opiniones de compañeros con los que dejé de trabajar hace doce años, justo al comienzo de mi carrera. Tú me acusas de falsificador pero no aportas pruebas, solo apreciaciones. Yo, lo admito, habría preferido no responder a tu columna, mantenerme mudo, impávido, entelerido. Así llamaban las abuelas a los despistados de la casa, a los ensimismados.

Algunos amigos, entre los que hay editores de revistas y miembros del programa Nuevos Cronistas de Indias, de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, insisten en que esta vez sí diga, que hable, que no me quede callado. Laura y María Alejandra también me pidieron romper el silencio. Ellas me han hecho caer en cuenta de que el mal olor de tus palabras afecta a publicaciones y a personas que quiero y respeto.

Lo primero será admitir que tienes razón, Joaquín: cuando escribo fabulo. Cómo negar algo tan obvio. Pero no lo hago como tú piensas, como algunos creen. Lo supe desde antes de escribir mi primer artículo en la universidad: que la imaginación es recurso periodístico, utensilio narrativo, aparejo más útil que el lápiz, que la libreta de apuntes, que la grabadora, ese trasto sobrevalorado que algunos usan como si fuera sustituto del cerebro, del mismísimo corazón.

Yo supe aquello de una manera intuitiva, igual que el visitante que camina una ciudad por primera vez y sin embargo siente que ya estuvo allí antes, entonces se aventura por las calles sin un mapa, sin más compañía que la curiosidad. Uno de mis primeros textos en El Colombiano fue sobre un conflicto electoral en un pueblo aurífero a orillas del río Magdalena. Yo todavía era un estudiante en práctica. Escribí una crónica imaginada.

Tras el recuento de votos, dos candidatos al concejo municipal obtuvieron la misma cantidad de sufragios. Aquello amenazó con iniciar una revuelta entre los miembros de las dos campañas enfrentadas. Pocas cosas llegan a ser más azarosas que las ilusiones de redención personal tras el triunfo de un candidato: los patrocinadores esperan contratos millonarios, los miembros de su ejército de hormigas esperan trabajos bien remunerados, los barrios de donde provienen las votaciones más altas esperan aceras, parques, postes de luz, alcantarillados al fin. Es tan común y corriente ese mundo bursátil con que suele tranzarse el fervor ciudadano que lo entendemos como normal. Asustadas, las autoridades del pueblo extendieron el toque de queda aquella noche y los candidatos acordaron reunirse a primera hora del día siguiente en la oficina de la Registraduría.

Para esos casos, la ley establece como único recurso de desempate un juego de azar: meter dos papelitos con los nombres de los aspirantes en una bolsa y sacar un ganador, igual que si la rifa fuera de un pastel recién horneado. Las campañas aprobaron el procedimiento pero no lograron ponerse de acuerdo sobre quién sería el que metería la mano en la bolsa. El registrador se excusó, dijo que prefería no sentenciar la buena suerte de unos y la mala suerte de otros. Propusieron que fuera el alcalde, pero resultó que era del mismo partido político de uno de los candidatos; entonces que el director del hospital, pero tampoco pudieron ponerse de acuerdo porque le había atendido ya dos partos a la esposa de uno de ellos; entonces que el comandante de la Policía, pero recordaron que ese diciembre una de las campañas les había regalado una ternera a los policías para la cena de navidad. Es lo que recuerdo ahora, a tantos años de distancia.

A la una de la tarde, los candidatos no habían logrado ponerse de acuerdo sobre quién metería la mano en la bolsa y la oficina de la Registraduría se fue convirtiendo en una gallera por culpa de los espontáneos que, afuera, recibían billetes de quienes apostaban a favor de uno o de otro. Pueblo aurífero. Les dio la noche en esas. Que el profesor de la escuela, que el boticario de la farmacia, que el administrador de los billares, que el conductor de tal bus que era testigo de Jehová, que el dueño de la carnicería, que un niño ciego de la escuela, todos resultaban impedidos por algún tipo de proximidad indeseable, de parentesco hasta entonces inadvertido.

Ahora se me ocurre que tal vez, de haber estado un circo de visita por aquellas lejuras, habrían podido invocar la intercesión de una mujer de goma, de un enano en zancos, de algún burro bilingüe. Pero sí ocurrió un prodigio. En el tumulto de voces un hombre recordó que esa misma mañana había llegado al pueblo un nuevo sacerdote, el padre Arcángel. Así se llamaba. A él fueron a pedirle ayuda.

Una hora más tarde, con el papelito entre los dedos, observado por los rostros deformados de tanto calor, el silencio apretujado entre el aire sucio, el viento del río sin resquicios por donde entrar, el sudor ardiendo en los ojos, el padre Arcángel, enviado de Dios, dudó, tragó saliva, giró un poco la cabeza, acercó el papel, lo alejó, y al fin, con voz de ceremonia, proclamó el nombre escogido por la divina providencia. Todo lo demás fue algarabía. No recuerdo cuántas llamadas hice al pueblo. Al alcalde, a los candidatos, al comandante de la Policía, a los apostadores. Habrán sido nueve, diez, quince llamadas. Tantas para imaginar lo que nunca vi.

Por culpa de artículos como ese, que despertaban admiración en unos pocos compañeros e inquietud y dudas en tantos otros, El Colombiano decidió extenderme un contrato a término indefinido. Estuve allí casi cinco años, entre finales el 1997 y comienzos de 2002. Aquella época está llena de malos textos, artículos de practicante, sujeto apurado, disperso, sin duda con más atrevimiento que talento. Cabeza dura, eso también. Enamorado de Laura, entonces de cuatro años, y de María Alejandra, de dos.

Esto lo hacía todas las noches: me llevaba a mi casa los artículos que iban a aparecer en la edición del otro día para leérselos a ellas como si fueran cuentos. Uno de mis errores más frecuentes de esa primera época consistía en querer hacer una crónica con cada noticia. Aprendiz desvergonzado. Un día decidí que ya no necesitaba usar comillas. Descubrí que aquello era recurso innecesario, y también una intención fallida. Se usan las comillas para hacer creer que hay un otro que habla, y el que escribe lo certifica. Pero pocas veces semejante presunción de fidelidad resulta cierta porque quien transcribe una declaración la edita, y para ello omite y también reescribe, conjuga, pone artículos, corrige pronombres, busca concordancias de número, de género. Supuse entonces, y lo sigo creyendo todavía, que sólo se pone entre comillas las frases célebres, los giros del ingenio, las palabras memorables, todo lo demás debería escribirse de corrido, con verbos atributivos sin más señas.

Hay libros del periodismo nacional, algunos de los más celebrados y vendidos, libros que yo también leí en la universidad y acrecentaron en mí la idea feliz de hacerme cronista, que son eso: testimonios de páginas enteras entre comillas. No son, por supuesto, citas textuales, aunque eso sugieran. Está claro en ellos la mano entrometida del escritor que pone, que quita, que orienta un ritmo necesario, que hace legible el relato, que acentúa una atmósfera, que deja abiertas preguntas que otros personajes resuelven con una coincidencia sorprendente. Si hasta parece que estuvieran conversando en la misma habitación cuando, en realidad, los separan miles de kilómetros y años de distancia. Y en ocasiones esas declaraciones son de personas muertas que nos hablan desde el más allá.

Poner entre comillas párrafos enteros es alarde de una fidelidad imposible. Ni siquiera el periodismo televisivo, que exhibe sus hallazgos en vivo y en directo, logra contar textualmente. Porque la televisión, claro está, también omite, edita, zurce, construye escenarios, imprime sus puntos de vista, hace énfasis, matiza, vende. A veces todo lo que se logra son aproximaciones, igual que en el sorteo de las loterías. Fue lo que hice ese día del 2002 cuando el Independiente Medellín quedó campeón tras 45 años de no serlo. Pero me equivoqué. Y puse entre comillas lo que debí contar sin miedo, sin pretensiones de exactitud. Bobo fui.

“¡Los queremos muchachos, gracias por limpiarnos el alma y darnos alegría! -vociferaban cinco prostitutas en las afueras de la iglesia de La Veracruz, y aplaudían y tiraban besos, y reían y bailaban”. Sí: eso suena tan almidonado, tan irreal. Yo vi a esas putas riéndose tras el paso de los jugadores subidos en el carro más grande de los bomberos, un camión escalera. Saltaban ellas, hinchas del Medellín campeón. Y recuerdo el sol, en todo lo alto, derritiéndoles los rastros de colorete. Yo no inventé nada ese día, Joaquín. Tampoco los milagros que pones en duda en tu diatriba, diez años después. ¿Cuál es tu prueba en contra?

Es verdad: la emoción puso de pie a un parapléjico -supongo que ponerse de pie no es lo mismo que caminar-. Y un asmático se curó. Y un postrado dejó la cama. Y una pareja cayó de un balcón sobre un vendedor ambulante y los tres se pararon ilesos –no habrá sido de un quinto piso-. Todo eso me lo contaron la misma noche del campeonato vecinos de Moravia, de Villa Hermosa, de La Floresta, de Castilla, de La Toma, barrios a donde fui a recoger testimonios. Eran declaraciones a los gritos, entre abrazos, llanto, lluvia de maicena, ruido de pólvora. Y hubo fotos de algunos de los que hablaban, claro que las hubo.

¿Querías ver al parapléjico con la camiseta del Medellín parado sobre su silla de ruedas? Yo también, pero en la barahúnda no hubo tiempo para nada más. ¿Te ha pasado que todo lo que tienes a veces es la versión de quienes te cuentan una historia? Yo estoy seguro de que esa noche prodigiosa ocurrieron más milagros, solo que yo no tuve tiempo ni recursos para contarlos, para ir tras ellos. Claro: ese que escribía entonces era un cronista en formación, un alumno a toda prisa, un sujeto torpe. Lo admito sin atenuantes: aquel fue otro texto fabulado, la narración de un título que parecía imposible.

Entre los rumores en mi contra oí este: que una vez, sorprendido en una mentira, fui echado de El Colombiano. En su molestia contra mí, El Malpensante repitió ese disparate. Los recuerdos de mi último día en ese periódico son distintos. Una tarde de amigos con torta y helado, en compañía de Linamaría, de Laura, de María Alejandra, brindis con vino y un discurso de Carlos Alberto Giraldo, de quien tengo tantas cosas qué agradecer. Fueron unas palabras emotivas, elogiosas, venturosas en sus deseos. Esta es tu casa, vuelve cuando quieras, me dijo Ana Mercedes Gómez, la directora, y hubo aplausos, abrazos y besos. No fue la despedida de un forajido.

En cambio la vez que sí estuve a punto de que me echaran fue por un texto cuya verdad se me pidió no publicar de inmediato. Una tarde recibí la llamada de una prostituta de Remedios, en el nordeste de Antioquia. Ella se llamaba Gloria, pero le decían Candelaria. Me dijo que los policías habían cavado una mina de oro dentro de la estación, un túnel vertical de 15 metros de profundidad. Una de las tareas más rutinarias de los policías en los pueblos auríferos consiste en evitar que la gente cave túneles en sus viviendas. En Remedios, en Segovia, en Zaragoza, hay barrios enteros cuyas casas se desplomaron por culpa del efecto dominó que originó la excavación de una familia en su propia cocina. De manera que la historia de un socavón minero en la estación de Policía era una promesa dorada.

Los que me vieron entrar al pueblo, con cámara fotográfica, vestido con el chaleco de prensa de El Colombiano, dieron por cierto lo que, hasta entonces, era un rumor sin confirmar. ¿Viene por lo de la mina policíaca?, me preguntó el conductor del campero que me recogió en el aeropuerto. Tan pronto se enteraron de mi llegada, los agentes me mandaron una razón con un vendedor de copitos de nieve: que me fuera, que a la estación solo entraba si iba preso, y ni así vería nada. Tuve suerte. Al otro día llegó un ingeniero de la Secretaría de Minas del Departamento para verificar los rumores y en la Alcaldía se conformó una comisión de notables. El hoyo resultó una garganta oscura de un metro y medio de diámetro y más de 20 metros de profundidad, lo mismo que un sótano de 10 pisos. Los únicos que nos atrevimos a bajar a ese infierno fuimos el ingeniero de minas de la Gobernación y yo. Primero él, luego yo, en ese orden. Si me meto primero, pensé, tal vez no me vuelven a sacar.

Es que la única manera de descender era sentados sobre una tabla amarrada a un lazo y sostenida desde un malacate que giraban los mismos policías sudorosos, con miedo de que los despidieran, molestos con la intromisión de un periodista, justo un periodista. Su coartada para la excavación fue un permiso del Ministerio de Defensa en el que les autorizaban construir una trinchera para que se resguardaran en caso de un ataque guerrillero. Las especificaciones estaban escritas en un papel con sellos oficiales y se advertía que la profundidad máxima era de 140 centímetros. Los policías habrán hecho mal las cuentas, o las hicieron bien.

Hay tanto oro en los pueblos del Nordeste que la gente roba la tierra de los caminos para procesarla con mercurio y extraer dinero. Los drogadictos excavan los separadores de las aceras y barren el polvo de las calles. En el basurero municipal de Segovia encontré dos familias que extraían metal de entre los desechos de papeles, cáscaras de frutas y verduras, botellas de licor. ¿Cuánto oro sacaron los policías de la tierra de un hoyo semejante? No lo sé, y no voy a respondérselo, aquí no pasó nada, fueron las palabras en susurro que me dijo el ingeniero en el fondo del pozo oscuro, ambos empapados de sudor, mirando arriba, al cielo de ese infierno, las cabezas diminutas de los policías armados con sus fusiles.

Cuando regresé al periódico, dos días después, uno de los asesores editoriales, Alberto Velásquez Martínez, me pidió llamar al comandante de la Policía Antioquia, un coronel de apellido Carrillo. Le había prometido que la historia solo saldría después de que yo conversara con él. Al parecer, el oficial pensó que si evitaba hablar conmigo no habría publicación. Se equivocó. Después de insistir diez horas para que me diera una entrevista, convencí al editor del periódico para que publicara la historia. Al otro día, con todo el revuelo que provocó el escrito, fui acusado de incumplir una orden superior y de atentar contra el buen nombre de la Policía. Faltó poco para que perdiera mi trabajo, pero el mismo Alberto Velásquez Martínez, un hombre rodeado de Quijotes en su oficina, esculturas, dibujos, libros, terminó mediando a mi favor.

Es curioso. Esas mismas historias que algunos han calificado de mentirosas, las he visto después en programas de televisión, en revistas, en otros periódicos. La historia de los hipopótamos fugados de la hacienda Nápoles, por ejemplo. Yo fui el primero en hablar de ellos. Escribí una crónica de domingo para El Tiempo. ¿A dónde van dos hipopótamos tristes? Fue el título de aquella historia inverosímil. Al parecer eran dos machos que se metieron al río Magdalena a buscar aguas abajo las hembras que no iban a encontrar. Las autoridades conformaron un Bloque de Búsqueda para cazarlos, el mismo nombre del grupo de policías que, con el apoyo logístico y económico de los carteles de la droga, persiguió a Pablo Escobar hasta matarlo. Recibí mensajes anónimos de burla, acusaciones de fraude, comentarios en voz baja. Pero los hechos posteriores fueron aun más increíbles.

Yo estaba en Barcelona, razón por la que no pude contar el final de aquella historia como hubiera querido: los animales fugados resultaron ser un macho y una hembra en embarazo. Habían huido para formar una familia pero fueron alcanzados por el Bloque de Búsqueda un par de meses después. El macho resultó muerto. Vi su cadáver rodeado por los soldados que lo fusilaron, trofeo idéntico al del capo que ordenó traerlo a él y a sus hermanos desde África, de las planicies de Kenia junto con cebras, antílopes, avestruces, una jirafa.

En Cali, trabajando para El País, conté la historia de un ancianato para leones jubilados. Te sorprenderías de las muchas veces que se repitió esa imagen en todas partes: la escena de la dueña del hostal de fieras besando a un león en la boca, abrazada por sus garras enormes. Hasta tú la habrás visto.

Un día encontré en el parque San Fernando de Cali a un aviador del ejército alemán, testigo de la caída de Berlín al final de la Segunda Guerra Mundial. Vivía en un edificio de familias judías, en la avenida Sexta, y algunos de sus vecinos eran sobrevivientes del holocausto, hijos y nietos de hombres y mujeres muertos en los campos de concentración nazi. En las tardes se reunían en su apartamento para tomar café y comer panecillos y oírlo a él tocar el piano. Melodías de Mendelssohn, Chopin, Beethoven, Strauss. Todos habían nacido en Transilvania, en el centro de Rumania. ¿Cómo es que llegaron a encontrarse ya viejos en un lugar tan lejano, al sur de Colombia? Cuando hablé con él era un joven de 83 años, lúcido conversador en más de seis idiomas, español, alemán, francés, inglés, rumano, italiano, portugués. Conté su historia en El País.

También en Cali descubrí una empresa funeraria cuyos coches eran los que el Servicio de Inteligencia de Estados Unidos le donó a la Presidencia de Colombia para que se transportaran los Jueces sin Rostro, esos magistrados que llevaban procesos contra los capos más peligrosos del cartel de Medellín. Muchos años después, el dueño de la funeraria los había comprado a precio de ocasión y ordenó desmontar el pesado revestimiento de acero y vidrios blindados, restauró las latas podridas, cambió los tapetes, retiró las sillas de atrás, justo donde viajaban los jueces, y dispuso un sistema de rodillos para deslizar los féretros sin esfuerzo.

En El Heraldo publiqué la crónica de un pueblo en las montañas de Becerril llamado Estados Unidos. El gentilicio de sus habitantes era simple y lapidario. Ellos mismos lo repetían con orgullo: gringos. Y vivían al lado de otros dos caseríos: Canadá y Argentina. No me molesta darme de bruces con lo increíble. No le temo a esas crónicas inverosímiles. Y la verdad es que, lo admito, disfruto las caras de asombro de quienes me tildan de mentiroso embutidos atrás de sus escritorios de toda la vida, las barrigas enormes, los ojos adormilados, las palabras duras, malgeniados ellos, enfermos de tedio.

En tu diatriba citas a un ex compañero de El Colombiano que dice recordar Las Cuevas de Barrio Triste de manera muy distinta a como yo las describí. ¿Se supone, Joaquín, que eso prueba qué? Yo estuve en ese antro de droga y prostitución disfrazado de mendigo, acompañado de un indigente, ingeniero de petróleos de la Universidad Nacional, a quien apodaban Mickey Mouse. Fue una inmersión de cuatro horas. El periódico El Colombiano elogió el texto, lo respaldó en una nota editorial, me felicitó en público. Y exigió una respuesta de la Alcaldía. Esa crónica, en efecto, produjo una enorme movilización de opinión, fue el inicio de un debate de control político en el Concejo y motivó el más grande operativo policial que se haya hecho en el Centro de la ciudad contra los antros de vicio.

Las Cuevas eran un lugar peligroso. A sus muertos los desmembraban para poder arrojarlos al río Medellín escondidos en costales. Hasta 400 personas, muchos de ellos niños, podían alojarse en su geografía de túneles y pasadizos en las horas de más movimiento. Yo conté mi experiencia en esa crónica de dos páginas por la que, meses después, fui finalista del Premio Internacional de Periodismo Kurt Schork, de la Universidad Columbia de Nueva York. No fue un logro aquel trabajo. Fue más bien una derrota dolorosa.

Tras la publicación, el alcalde de la época, Luis Pérez Gutiérrez, ordenó un operativo policial contra Las Cuevas y sus habitantes fueron desalojados con chorros de agua, gases lacrimógenos y golpes de macana sin que mediara ningún esfuerzo por reconocerles los derechos que tenían. En cambio, los expendedores de droga siguieron tal cual, y siguen, en Barrio Triste, a mil y tantos pasos del centro administrativo de La Alpujarra, donde los políticos recitan discursos de memoria sobre la inclusión, la equidad de género, la lucha contra la corrupción, la protección de la niñez, la transparencia de los policías motorizados que patrullan las calles, esas cosas. Mientras tanto, las esquinas del Centro pertenecen a las bandas criminales y en el río Medellín siguen apareciendo cuerpos de indigentes mutilados.

Yo decidí volver a las calles a oír las voces entre la muchedumbre de niños, de viejos, de jóvenes, de mujeres embarazadas drogándose a la intemperie en la Avenida Regional. Aquel fue el origen de un librito que escribí en las madrugadas, en El Colombiano, a escondidas de mis jefes y que, aunque testimonial, no se pretendía periodístico. En sus páginas hay poemas que recuerdan los muros de Las Cuevas derruidas, las voces de sus habitantes escritas en las paredes sucias, sobre rastros de sangre y mugre, electrocardiogramas de corazones alucinados:

Vagina es la Santa más popular,

la Beata con más fieles en el mundo.

Ante ella se inclinan reyes,

ricos y mendigos.

Hombres sabios y brutos,

honestos y rateros la veneran,

la besan,

la acarician,

lo dejan todo por ir tras ella.

Y aunque Santa Vagina no es grande,

apenas una enana de rostro deforme,

le caben joyas,

dinero,

poder,

propiedades,

palacios,

carros,

barcos,

naciones enteras.

Ese es su milagro:

se traga todo.

Estando en El Colombiano, siendo un aprendiz del oficio, hice parte del equipo de trabajo que obtuvo el premio Rey de España y gané también el premio Casa de Las Américas, en Cuba, con ese libro sobre Las Cuevas que titulé La isla de Morgan y que luego editó la Universidad de Antioquia con un prólogo maravilloso de Juan José Hoyos. El reconocimiento de ese libro fue literario, no periodístico. Hace un par de años, Cristóbal Peláez, director del Matacandelas, me propuso hacer una versión teatral de La isla de Morgan y entonces le cedí los derechos a él y a su grupo del carajo, sujetos prodigiosos. Quién sabe qué llegue a pasar.

Yo creo que lo mejor que tienen los premios de periodismo y de literatura es que te dan dinero, un dinero que nunca sobra en este oficio. Mi papá tenía una frase para los reconocimientos: decía que son como el perfume: para untarse pero no para tomarse. Eso hago yo, y no tengo un solo pergamino o foto o estatuilla de premio alguno exhibida, puesta ante los ojos de los demás. Esas cosas la tengo guardadas con papeles y fotos viejas arriba en zarzos y debajo de las camas. Pero será justo que ahora, aludido por tus palabras sucias, mencione que también en El País hice parte de un equipo de trabajo que mereció un Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Lo mismo ocurrió cuando trabajé en El Tiempo, donde conté el drama de las víctimas de los ejércitos paramilitares a través de las manos de una recuperadora de huesos de la Fiscalía, una mujer con la que me metí a fosas de cadáveres sin nombre, al sur, en La Hormiga, en las selvas del Putumayo.

Mi primer Premio Simón Bolívar lo obtuve con la revista Gatopardo. Fue una crónica con fotos de Henry Agudelo sobre los policías cazadores de mulas en los aeropuertos. ¿Cómo es posible que, con tanta exposición, mis “manías de mentiroso compulsivo” no hayan sido descubiertas, Joaquín, y por el contrario hayan obtenido premios y reconocimiento?

Pecas de ingenuo cuando me acusas de no haber ido a la tragedia de Amagá y escribir como si nada la crónica de los mineros muertos. Creo que te apuraste con el siseo de voces y el mentiroso resultas ser tú. Dices que hablaste con un par de periodistas y que ninguno me vio allá como corresponsal de Semana, ¿esa es tu prueba?

Yo en cambio puedo decirte que hablé con el párroco de la iglesia de Amagá, y con otros cuatro sacerdotes que llegaron de los pueblos vecinos para atender la mortandad de tantos hombres, 73 al final, según el censo de las autoridades. Y hablé con la directora del ancianato, donde descubrí a un sobreviviente de otra vieja tragedia de 77 mineros en esas mismas montañas horadadas por túneles al infierno. Y hablé con la Secretaria de Gobierno del Municipio. Y hablé con el comunicador de la Alcaldía de Amagá, ahora presidente de una cooperativa de periodistas. Y hablé con uno de los enviados de El Colombiano y con el conductor del periódico, con quien me reí recordando andanzas juntos. Y, por supuesto, hablé con los papás, y con las mamás, y con las esposas, y con los hijos de los mineros sepultados. Y hablé con el gerente de una de las funerarias que se quedó sin ataúdes y debió mandar por féretros a los pueblos vecinos. Y hablé con las autoridades de Ingeominas. Y hablé con las palomas del parque y con la estatua de Simón Bolívar, cuya espada fotografié rota y oxidada. Y hablé con un par de perros callejeros que me dijeron que eran de los mineros muertos, pero aquello no lo comprobé y entonces, más curtido en el oficio, omití su relato.

Me obligas a responderte a ti lo que nunca le respondí a El Malpensante. Ellos también hablaron de «fundadas sospechas». Me acusaron de haber incumplido la entrega de unas crónicas luego de un largo recorrido que hice por Venezuela, Perú, Bolivia, Colombia, Panamá y Ecuador. Dijeron que los engañé con material ya publicado, también que inventé un viaje, o parte de él. Eso dijeron. Y que estuve preso en Venezuela varios días. ¿De dónde habrán sacado eso? Se excedieron, sin duda, ofuscados conmigo, impotentes por culpa de mi incapacidad, de mi torpeza sin atenuantes. Yo fui un imbécil que colmó su paciencia. Por eso, cuando apareció aquel texto en febrero de 2011, guardé silencio. Ni siquiera terminé de leer el edicto completo de sus acusaciones. No fui capaz.

Siento admiración y respeto por las personas de esa revista y sé que el proyecto en el que nos embarcamos juntos era su apuesta más ambiciosa. También lo era para mí. Y les fallé. Me fallé. Pero no en la forma en que ellos lo expusieron. Por ejemplo: la historia de un partido de fútbol en el desierto de la Alta Guajira entre policías colombianos y venezolanos que apareció publicada en SoHo y que propuse como parte de mis crónicas sobre la independencia no fue ningún intento de engaño. Fue un recurso adrede: aprovechar un material que era mío, de nadie más, y que no había circulado en España, que podía hacer parte de un todo en el que, por supuesto, lo demás era inédito, producto de los viajes que sí sufragaron Casa América de Cataluña y El Malpensante. Aquello iba a ser valorado en el proceso de edición, como ocurre con cualquier ejercicio de escritura, pero terminó gritado en público sin que mediara ninguna discusión.

Mario Jursich hizo lo que estuvo en sus manos, lo sé. Fue diligente, generoso, siempre se mostró contento y dispuesto. Yo lo eché a perder. Pero eso no justifica sus acusaciones de falsedad. La verdad que nadie puede controvertir es esta: jamás he inventado un viaje. ¿Para qué? Por suerte todos mis recorridos, dentro y fuera del país, están documentados en fotos, entrevistas, testimonios. No tengo temor. Nada qué ocultar.

En tu diatriba, Joaquín, mencionas mi paso por El Mundo, y relatas el episodio de un especial sobre las barras bravas. En ese trabajo participaron cinco periodistas más, ¿por qué te conformaste con la opinión de uno solo de ellos? Aquel fue un texto que yo corregí como editor, un par de semanas después de haber llegado al periódico. La jefa de contenidos, Luz María Tobón, no solo estuvo de acuerdo con mi trabajo sino que lo respaldó y lo celebró. Era, dijo entonces, un ejemplo de lo que debería seguir haciéndose. Fueron sus palabras. Por supuesto que cada afirmación de ese especial estuvo sustentada en un documento de la Policía Metropolitana, cuya copia también recibió la Personería Municipal y el Instituto de Deportes y Recreación de Medellín.

Durante el tiempo que estuve en ese periódico les propuse a mis periodistas una cátedra diaria sobre la imaginación como recurso periodístico, el asombro como método de trabajo, los reté a no escribir entre comillas, les dije que ya no usaran verbos en pasado y los animé a leer y a leer y a caminar y a caminar y mientras todo eso les lanzaba por los aires grapadoras, zapatos, sus propios celulares, el directorio telefónico, llamados de atención. E hicimos paseos y entrevistas en grupo, y escribimos textos a seis, ocho, diez, doce manos. ¿Por qué omitiste sus valoraciones?, ¿justamente del grupo de profesionales con los que me vi todos los días durante doce meses? Varios de ellos, estudiantes recién graduados, obtuvieron premios y distinciones nacionales por trabajos periodísticos que sí hicieron conmigo. ¿Oíste algo de eso?

Mencionas un texto que fue retirado de la edición por contenido falso, el de un sacerdote en el barrio San Benito. La verdad que no quisiste averiguar es que ese texto no lo escribí yo. Fue una periodista cuyo nombre tú conoces. Bastaba hablar con ella. Su versión de lo ocurrido es, en todo caso, muy distinta. La explicación que le dieron por el retiro del texto nunca fue por falsedad. No es cierto que en ese periódico me hayan rechazado artículos a último momento. Yo no escribí crónicas para El Mundo. El único texto que publiqué apareció con mi nombre, por decisión de la dirección: un especial sobre el aniversario del asesinato de Guillermo Gaviria y Gilberto Echeverri.

No te lo habrán dicho: estando en El Mundo fui docente de su programa de prensa escuela y participé en la formación de sus promotores de lectura. Entonces también era asesor pedagógico de un proyecto de convivencia con desmovilizados y víctimas del conflicto armado, tarea que me ocupaba los fines de semana. Sin embargo, con frecuencia, se me pidió encargarme de la edición general del periódico en turnos de domingo. Era una solicitud siempre insistente, espontánea, de buenos amigos. ¿Confiarían esas tareas a un ladronzuelo del que temían que manipulara, mintiera, se excediera?

Hace un par de meses, ese periódico me entrevistó a propósito del lanzamiento de Cierra los ojos, princesa. Fue después de mi salida del diario. La publicación ocupó dos páginas, un reconocimiento desconcertante para un periodista tenido por indeseable.

Yo lamento que no hagas parte del libro que mencionas, la Antología de crónica latinoamericana actual, que compiló Darío Jaramillo para Alfaguara y que reúne lo mejor del género en lengua española. Yo no llamo pidiendo atención, no escribo correos, no contesto el teléfono. Buena parte de mis errores más estúpidos se originaron en esa incapacidad para responder a tiempo, para explicar. La cárcel del amor, que Darío decidió incluir en su antología, es otro de mis textos imaginados.

La primera versión la publiqué en El Tiempo, otro domingo cualquiera, con fotos a color. Ana María Escobar, entonces jefe de prensa del Instituto Nacional Penitenciario, fue testigo de cada foto, de cada entrevista que hice con los reclusos y con sus novias, presas de la pasión. Un texto siguiente apareció en Etiqueta Negra, donde publiqué tantas crónicas, una revista portentosa que, como sabes, verifica los textos de sus autores. Yo fui su corresponsal en Colombia por generosidad de Julio Villanueva Chang, el mejor editor de crónica en lengua española.

La cárcel del amor acaba de ser traducida el alemán y publicada en Suiza. ¿Quieres el correo de mi editor en Berna para que lo adviertas de algún fraude?, ¿qué sabes tú que él ya no sepa? Lo que tú en cambio no sabes, y seguro tampoco los que me acusan tan orondos, es que nunca he tenido que rectificar, retractar o corregir alguno de mis textos, ni en su totalidad ni en parte. Nunca.

Soy un hombre agradecido. Algunas de mis crónicas han sido traducidas al inglés, al francés, al portugués, al japonés. No voy a detenerme ahora, claro está. La última de las habladurías surgió con Cierra los ojos, princesa, una novela publicada por Ícono hace unos meses. Algunos me acusan de haberle robado ese libro a una ex novia. ¿Tienen idea de qué hablan?, ¿qué significa robar un libro?

“… un día le escribió un poema al número dos. Decía que tenía dos aretes, dos huequitos en la nariz, dos oídos, dos pulmones, dos riñones, dos ojos, dos ovarios no sé de dónde sacó eso de los ovarios porque estaba muy chiquita; dos rodillas, dos manos, dos pies, dos lados, pecho y espalda, dos teticas, que el amor nunca es tres, nunca cuatro, nunca cinco, nunca diez. El amor es dos. Así terminaba el poema. Puede parecer tierna, es verdad doctora, pero cuando se enoja, esa niña es otra cosa. Se multiplica”.

(Fragmento de Cierra los ojos, princesa)

Ni una sola línea de esa novela ni de ninguna de mis crónicas, de mis relatos, de mis cuentos, de mis libros, pertenece a alguien que no sea yo.

Ahora mismo estoy avanzando en una nueva novela, y estoy terminando un cuento para niños, y sigo recogiendo historias sobre el alzhéimer para un libro que tal vez se llamará Papá no me olvides, y estoy reuniendo la correspondencia de mis hijas, la de sus primeros años, sus voces en cartas, en tarjetas de navidad, en cuadernos del colegio, en grabaciones de paseos. Les propuse hacer un libro entre los tres, una historia a seis manos de nuestra crónica más íntima. Y por iniciativa de Fernando Gaitán estoy convirtiendo en guion televisivo algunos de mis textos. Me declaro afortunado.

No necesito de tu reconocimiento para seguir adelante, para persistir en lo que amo y gozo. Tú me acusas de algo muy grave e incurres es un comportamiento punible. Y pretendes hacerlo con la alegría de un repartidor de pizza, destruir mi honra, no solo ante los lectores de mis textos sino también ante mi familia. Lamento tu ligereza, tu bravura.

Intenté publicar esta carta en La Silla Vacía pero a Juanita León, su directora, le pareció extensa e imprecisa. Ella me pidió concretar mis objeciones y exigir una rectificación. La reconozco como una periodista seria y creo que la anima el mejor criterio. Pero no creo ser capaz de complacerla. No quise. Si hasta ahora nunca hablé sobre los salivazos hediondos no iba a hacerlo en una enumeración de asuntos del uno al diez. Lo siento. Será incapacidad de cronista. Otra más.

Lo que debes saber es esto, Joaquín: les hice caso a mis amigos. Ahora estarás obligado a ir ante un juez a probar tus afirmaciones en mi contra. Cada una, como corresponde. Semejante anuncio no me hace feliz. Me preocupa. Sé que una batalla jurídica quita tiempo, roba energías, cuesta dinero, qué pereza. Pero me siento obligado. No sólo por mí, también por mi familia, por mis hijas, por los amigos que me quieren, que me creen. Se sabe que este es oficio de egos al acecho, de envidias rapaces, siseo de voces venenosas, rabias porque sí. No tengo miedo, no tanto.

Vuelvo a mi escritura. Es lo que más gozo. Yo no soy químico de nada. Científico. Matemático. Doctor del periodismo. Tú lo serás. Lo serán otros. Yo soy escritor, cronista incierto. ¡Eso! Cronista incierto. No quiero ser otra cosa mientras viva.