La canción que no sonó en diciembre

El carro está parqueado frente a la nueva sede de Stacatto, un estudio de sonido localizado en el barrio La Floresta, dos cuadras al norte del parque. Allí llegan rockeros, maricahis, salseros y los duros del chucuchucu paisa, a ensayar sus toques, a ensamblar sus grabaciones, a probar su talento. Es la una de la tarde del 26 de diciembre de 2012. Frente al timón del Twingo está el maestro Álvaro Velásquez, algo apurado pues en pocas horas saldrá para Cali. “Por aquí debe haber una copia. Es la única que tengo” dice, mientras busca en los bolsillos de las sillas del vehículo, en una cajita de cartón, en una bolsa plástica. Mira en la guantera, en las carteras de las puertas.

“Por aquí debe haber una copia. Es la única que tengo”. Repasa y esculca con la paciencia que le dan sus sesenta y siete años de edad. “Yo se la regalé oficialmente al Presidente Juan Manuel Santos, es mi granito de arena para Colombia hoy, en estas fiestas en las que uno solo quiere que pasen cosas buenas”.

Va para el Encuentro de coleccionistas de salsa de la Feria de Cali. Allí presentará su libro “La canción de mi vida, el preso”. “El ex alcalde de Medellín Alonso Salazar me honró con el prólogo del libro. Pero la otra semana te lo muestro, ese es otro cuento. ¡Aquí está! Es la única que tengo”. Toma la funda de papel de un disco compacto. A través del celofán se ve la impresión azul de un paisaje con casas techadas de nieve. “Es la canción que ninguna emisora quiso poner en este diciembre”.

Abandona su carro luego de poner el CD en la ranura del equipo de sonido. Mientras el disco viaja y se activa el reproductor, el maestro Velásquez llega a la puerta trasera, sonríe mientras cierra los ojos, dirige el rostro a lo alto del cielo. Con el índice derecho, como dirigiendo a una orquesta invisible, señala el momento en que las voces irrumpen:

Navidad en paz… ¡Arriba los corazones! 

 

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En esa grabación que le ha costado varios millones de pesos, cantan Fernando González, Gustavo “El Loko” Quintero, Jorge Grajales “Escalera”, y los hermanos Jairo y Charly Andrade, los hijos de “Paché”, el locutor deportivo. Y la plantilla de músicos invitados la completan Fruko, Carlos Piña, Ramón Paniagua, Carlos Mora, Mariano Sepúlveda y Robin Espejo. “Es decir, La Sonora Trópico con invitados”, dice este músico a quien le debemos letras y melodías memorables como “El preso” y con quien muchos han bailado pues su música la interpretan agrupaciones como Fruko y sus tesos y el Combo de las estrellas, entre muchas otras.

“Navidad en paz” es su última composición, con arreglos y dirección de Ramiro Chica y la producción ejecutiva de Hernán Darío Husquiano. “Es un tema que le regalamos a Colombia. Por alguna razón que yo no sé muy bien cuál fue, no la pasaron por las emisoras en este fin de año, pero le pusimos toda el alma. Es un seis por ocho, un tiempo en el que se identifican muchos aires colombianos, desde las guaneñas, los pasillos, bambucos, merengues y algunos pasajes llaneros y venezolanos, como la gaita maracucha. Yo lo llamo el ritmo colombiano. Cuando las emisoras no tocaron el tema se lo pasé a ACINPRO y les dije que lo usaran, porque lo que más me importa es que se conozca su mensaje de paz”, anota el compositor.

Suena sincero el desprendimiento de este artista y artesano. La letra de la canción es tan sencilla como el anhelo que expresa:

Colombianos, mis hermanos, para mí no hay enemigos
dejemos rencores vanos y sigamos como amigos.
Vamos a darnos las manos, que se acaben los rencores
la paz que tanto anhelamos llegue a nuestros corazones
.

Este año no se escuchó su canción. Álvaro recorrió emisoras, buscó a directores, locutores, amigos de la radio local. Algunos la programaron, como Jorge Carrasquilla, Tato Sanín y Fernando Valencia. Aunque él no lo confirma, es muy probable que a las respuestas amables con frases de cajón, le siguieran insinuaciones de “payola”, ese sistema de promoción radial que se basa en cobrar dinero para promocionar canciones. Como consecuencia, en las emisoras programan lo que se pueda cobrar, no lo que merece escucharse; ese “peaje informal” que permite que un ponediscos gane más que un gerente de emisora, llena la radio de música prepago y cohíbe a la audiencia la posibilidad de escuchar buenas composiciones.

La noticia de los diálogos con la guerrilla de las FARC fue el detonante para la canción del maestro Velásquez, quien cree que la paz es el mayor deseo de los colombianos y la principal necesidad del país. Aún no se sabe nada sobre acuerdos significativos en La Habana, donde se habla de la paz compleja. Esa paz que brinca de Oslo a Cuba; la paz hermética y difusa que se acomoda en temas gruesos como el cese de hostilidades, la dejación de las armas; la tierra y la política antidrogas; el Derecho Internacional Humanitario; los derechos de las víctimas y las comisiones de la verdad; la participación en política y en cargos públicos de los jefes guerrilleros; la ampliación de la democracia y las garantías que necesitan los nuevos partidos políticos. Esa  paz que se traduce en treguas, pactos, acuerdos, concesiones y aplicación de justicia; la paz que es objeto de ataques abiertos y soterrados; esa paz que se escribirá, tal vez, en un nuevo texto constitucional, está muy lejos de la paz sencilla que Velásquez canta y declara como un hecho cierto.

Cuando uno escucha la tonada, evidencia el abismo entre la paz compleja de los políticos y la paz sencilla de los juglares. Una, la de los especialistas, satura los espacios de opinión; otra, la de las canciones, se ahoga sin llegar al oído de los bailadores:

Y todos cantemos y bailemos de alegría.
Ya llegó la paz, que viva la patria mía.

 

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