Trabajar en la cárcel, una rutina de vida

No fui capaz  de mirarlo a los ojos

Lo más difícil fue volverlo a ver. Robert Alexander López era un líder positivo dentro de la cárcel, quienes trabajábamos allí lo reconocíamos y le conversábamos. Cuando supimos que él la había matado, fue duro. No fui capaz de mirarlo a los ojos. Sentía rabia. A Marjorie Kisner la desaparecieron en diciembre de 2008. Los compañeros que trabajábamos en la cárcel Bellavista estábamos pendientes de su paradero. Tres días después supimos que esta psicóloga que trabajaba para la Alcaldía de Medellín, en el “Programa de Atención Integral a la Población Carcelaria y Pospenados”, había sido asesinada en el barrio Villa Hermosa mientras cumplía su labor. Días después Robert fue capturado y acusado de ser el responsable. Ahí es cuando uno piensa en las garantías que se tienen en este tipo de trabajos. Piensas que pudiste haber sido tú. Nadie está exento de esas cosas.

Después de lo que le pasó a Marjorie, me dieron delirios de persecución. Era pendiente de lo que estaba pasando alrededor, porque cuando pasa algo en Bellavista, vos tenés que esperar a que salgan los guardias del INPEC, pero el corredor es muy estrecho y cuando uno sale lo pueden tumbar. Yo vivía paniquiada, esperando a que sonara la sirena para salir de una. Tanto así que a las semanas de lo ocurrido yo estaba en la mitad del patio, oí unos disparos y me quedé pasmada. Escuché que una compañera me gritó: ¡Isabel, corramos! Yo estaba fría, no sentía sangre circulando por mi cuerpo. Lo único que respondí fue: para qué si ya nos mataron, yo no voy a correr. Un guardia me vio y me haló de la mano. En su rostro se dibujaba la rabia, estaba rojo, me sacudió y me dijo en un tono muy fuerte: cuando hay que correr, hay que correr. Esto acá no es de mentiras. Reaccioné y salí corriendo. Minutos después caí en la cuenta de que estaba viva.

A medida que va pasando el tiempo todo se vuelve más rutinario

El bus no me llevó hasta mi destino, así que me tocó caminar. No quise preguntar, me daba miedo y vergüenza. ¿Qué iban a pensar de mí? Eran las 9:40 de la mañana, tenía tiempo. Debía estar allí a las 10:00. Caminé como siete cuadras tratando de valerme por el sentido común, hasta que pude ver el edificio blanco. Puse mis manos en las rejas que lo rodeaban y susurre para mí: ¿en qué me metí? Me tomé unos segundos, suspiré, y me dirigí a la puerta de la cárcel Bellavista, dispuesta a entrar y descubrir qué se escondía detrás de esas rejas.

Fue un día cualquiera en enero del año 2005. Nunca voy a olvidar esa mañana; me requisaron como tres veces. Cada vez recordaba a mi madre diciendo una y mil veces: Isabel Cristina cuídese, las personas que están allá por algo están.

Yo duré un año administrando el casino del INPEC, que poseía un desfalco de 7 millones de pesos. En ese cargo sólo tenía contacto de tú a tú con dos presos que eran meseros. Luego me ascendieron, empecé a trabajar en la parte interna de la cárcel como Coordinadora de Proyectos Productivos. En este cargo sí trataba con los internos que estaban allí para la redención de penas y estaban en proceso de resocialización. Me tocaba dirigir y administrar los proyectos de panadería, artesanías, granja y todas aquellas cosas que los 300 internos, beneficiarios del programa, produjeran. Ahí fue cuando comenzó la incertidumbre de mi familia.

Desde las 8 de la mañana quedaba incomunicada del mundo exterior. Simplemente me sumergía en el encierro de esa cárcel hasta las 5 de la tarde. Al salir me devolvían los objetos personales que me quitaban al entrar. Lo primero que hacía cuando me devolvían el celular era llamar a mi madre para decirle que estaba bien, pues ella se pegaba todo el día del televisor y de la radio, pendiente de cualquier noticia que saliera sobre Bellavista.

Siempre es complicado: cárcel de hombres y uno como mujer ahí metido da sustico. Yo trabajaba con un grupo de 15 personas y 13 éramos mujeres, administradores de empresas, psicólogos, trabajadores sociales e ingenieros, eso sin contar a los del INPEC. En un principio me tocó hacer un curso de “soldado por un día”. Después de una semana de trabajo y de adaptación, ya me sentía como en casa. Yo estudié Ingeniería Industrial en la Universidad de Antioquia. La universidad pública sirve para mucho, para estar más tranquila al momento de enfrentar situaciones difíciles.

Lo primero que le dicen a uno cuando entra allá es: no se deje engatusar de un interno, porque ellos adquieren un poder de convencimiento y manipulación muy alto. Aprenden a manejar tanto a la gente que incluso muchas funcionarias se ven involucradas sentimentalmente con ellos,y terminan despedidas. Yo a los que más les temía era a los que estaban condenados por estafa, esa gente tiene mucho verbo.

Cuando entré a la parte interna ya la cosa era distinta. Igual la gente respeta a los funcionarios. Para ellos todos somos doctores o por lo menos así nos llamaban. En los patios los guardianes solo van hasta las rejas, y adentro es el mundo de los internos. Uno dentro el patio no depende de los guardianes, sino de los líderes del combo que esté en control.

Es que son muy poquitos guardianes para tantos internos. En Bellavista puede haber 200 guardianes para 8 mil internos y no todos están dentro de la cárcel. Hay varios guardas con funciones administrativas.

Lo primero que a uno le impacta es el hacinamiento. La gente durmiendo en el suelo, en las pocetas, en los corredores, en los baños, o cualquier parte donde puedan acomodarse. Incluso, arman lo que ellos llaman “bujetas”, que son tablas de madera pegadas de las paredes, una especie de camarotes.

A medida que va pasando el tiempo todo se vuelve más rutinario. Uno se acostumbra a la tensión y al ambiente pesado que se maneja en la cárcel.

Cerré un ciclo de mi vida

Mi familia nunca dejó de preocuparse, pero terminaron por aceptarlo. Mi abuela y mi mamá dieron gracias cuando yo cambié de trabajo. Me fui de la cárcel porque sentí que había cerrado un ciclo de mi vida. Uno debe marcharse cuando cree que ya no tiene más por aprender o por aportar, por eso me fui. Ahora soy trabajando como Coordinadora de Operaciones en Call Center.

Bellavista me enseñó mucho, me mostró todos los contrastes que tiene nuestra sociedad. Allá no tratas con delincuentes, tratas con personas y como tales los debes respetar independientemente de que hayan matado, robado o violado. Los internos tienen historias muy tenaces y uno quisiera que hubieran tenido tan solo una opción diferente, pero es que para muchos, lamentablemente, la cárcel es su casa y quienes la habitan son su familia. Cuando entras a la cárcel tienes que dejar afuera tus prejuicios.