Del bongo de una cárcel a una cocina gourmet

Cocinas modernas y relucientes, comida extranjera, helados, ensaladas y creppes rodean la vida de Ezequiela Ibargüen. Cuando trabajaba en la cárcel, sin embargo, convivía con hombres y mujeres peligrosos, que la amenazaban si en su plato de comida no veían el pedazo más grande de carne. Paredes grises, pisos oscuros, cocinas simples, comida criolla, bultos de papa y yuca, bolsas de cilantro, cebolla, legumbres, tilapia y sopas aguadas, eran su alimento diario en la cárcel.

Hoy el menú ha cambiado. En Creps & Waffles no se sirve en un bongo y los ingredientes están supervisados por buenas prácticas de manufactura. Ezequiela prepara platos de comida fusión, creppes de camarones al curry, de pollo y  champiñones, con recetas francesas y sazón colombiana. Los precios oscilan entre los 15.000 y 20.000 pesos. Alimentos que, con sólo escuchar su nombre, producen antojo.

Ezequiela es una madre cabeza de familia que hace 42 años abrió por primera vez sus ojos. Tiene la oscura piel que nos dejaron los esclavos africanos en la conquista española y el calor de la sangre que representa a los nativos de Turbo, lugar donde los dientes blancos de Eze, como le dicen todos los que la conocen, brillaron por primera vez.

El paso del tiempo ha hecho recia su piel morena, pero no ha cambiado su pelo negro y rizado, ni su sentido del humor, ni esa sonrisa constante que parece una marca de nacimiento.

Fue madre de dos hijos. Ahora sólo está a su lado Luisa,de 19 años, ya que hace un año perdió a Derian, de 17 años. Un sábado de rumba consumió alcohol adulterado, bebida que acabó con su vida. Pero Ezequiela sabe que no fue solo el licor lo que mató a su hijo. Dice que su hijo no recibió el tratamiento adecuado con la excusa de que su estado se debía a un “guayabo” de tres días, dictamen que fue dado por un enfermero. Pese a la tragedia, Ezequiela continúa trabajando, buscando una vida plena, al lado de su familia.

Hoy  trabaja en Creps & Waffles del Centro Comercial Santa Fe, lugar en el que se desempeña como Jefa de Cocina. Este cargo lo conoce a la perfección, debido a que ha trabajado como tal en lugares como Lebon, y su más antiguo empleo, el INPEC. En esta última institución laboró en las cárceles Bellavista y El Buen Pastor.

A la primera cárcel llegó porque su hermano estaba preso y le ayudó a conseguir trabajo como ayudante de cocina. Con el pasar de los años, y talento, pasó de pelar tubérculos y lavar platos a ser la Jefa de Cocina. “En Bellavista trabajábamos veinte personas. Los presos para los que cocinábamos eran más o menos cinco mil. En El Buen Pastor éramos diez”, comenta al recordar el personal que manejaba.

En Creps & Waffles recibe los ingredientes porcionados, en bolsas que le dicen el peso exacto, la fecha de producción y la fecha de vencimiento. Ya no tiene comidas preparadas; ahora trabaja a la minuta. Entra la comanda, calienta el sartén, alista los ingredientes, selecciona el plato, sirve la comida, le da presentación vanguardista y luego de 20 o 25 minutos el cliente está disfrutando su plato.

En el Buen Pastor se encargaba de hacerles la comida a los guardias de seguridad. Los alimentos del interior de la cárcel los preparaban las mismas presas. Sin embargo, las internas que quisieran, por 1.500 pesos de ese entonces, podían comprar el almuerzo en el sector que manejaba Ezequiela.

En las cárceles, la comida que predominaba era lo que ella denomina como “comida criolla”: fríjoles, sancocho, sudado, tilapia, arroz. Era una comida tan simple, y en un ambiente tan hostil, que el hambre se convertía en una razón más para deprimirse.

Ezequiela cambió las ofertas de dinero por entrar drogas a la cárcel por el 10% de propina que incluye la cuenta; los gritos y las amenazas hoy son palabras de agradecimiento: “Dígale a la chef que la comida estaba deliciosa”.

A pesar de esto, Ezequiela resalta la paga que recibía cuando trabajaba para el INPEC: “Ganaba muy bien, más o menos dos millones de pesos. Ahora, dependiendo de la temporada, gano 350 o 550 quincenales y alrededor de 800 mil en propinas”.

Aquel buen sueldo tenía un gran costo. Las jornadas de trabajo iban de cinco de la mañana a siete de la noche. En su actual empleo, el horario de trabajo es fijo: inicia a las once de la mañana y termina a las diez de la noche.

Su labor en las cárceles la ayudó a consolidarse como jefa de cocina, pero no volvería a ese empleo. El ambiente, las amenazas y el miedo a que, cuando salgan, las internas le cobren en la calle, la alejan de cualquier posibilidad de regresar a aquellas frías cocinas.

Hoy vive en el barrio Cabañas del Municipio de Bello con su hija Luisa, su nieto Juan Pablo y el recuerdo de Derian. Trabaja 11 horas diarias en un restaurante que ayuda a las madres cabeza de familia y descansa un día a la semana. Su vida ha cambiado, pero su sonrisa permanece, esa misma que la ayudó a superar las difíciles crisis que vivió, y que está constantemente luciendo ante los continuos halagos de sus clientes.