Preso bajo amenaza, un inocente con la marca del violador

Son las nueve de la mañana de un sábado en las afueras de la cárcel Bellavista. Los vecinos se dirigen a sus trabajos e inician sus rutinas. A la entrada de la cárcel esperan en fila los hombres que van a visitar a sus amigos y familiares detenidos. Los domingos son para las mujeres y los niños.

Carlos* espera ansioso a su padre y a un hermano. A pesar de su condena, que genera rechazo social, sus siete hermanos se turnan para visitarlo cada ocho días. Y así lo harán durante los siete años que él pasará en la prisión.

En el interior del patio cuatro habla con su padre. Pregunta por el estado de salud de su madre y por sus familiares. Comienza a contarme por qué se encuentra detenido y cuáles fueron las causas de sus problemas.

—Todo esto paso gracias a una borrachera —dice.

Una vecina pasó varias veces por el lugar donde él se encontraba tomando aguardiente con unos amigos. Miraba a Carlos, coqueta. Él había hablado con ella varias veces. En una de las pasadas le pidió que se vieran más tarde y ella le dijo que sí. A eso de las cinco de la mañana comenzaron a charlar. Se besaron. Los besos se hacían cada vez más intensos. La invitó a una manga cerca a su casa. El encuentro se puso aún más excitante. Carlos fue a su casa por un preservativo y volvió. Un amigo de la mujer pasaba por el lugar. Carlos no veía nada, estaba terminando lo que había empezado. Al ver a su amigo ella gritó.

—¡Auxilio!, me están violando.

Gritó varias veces. El hombre corrió hacia Carlos y lo golpeó. Él trató de defenderse, pero llegaron otros muchachos de un combo del barrio. No pudo dar ninguna explicación. Hubo alboroto y a Carlos casi lo linchan. Lo salvó una moto de policía que pasaba por el lugar. Lo detuvieron y allí comenzó su calvario.

Fue acusado de violación. La mujer habló con los delincuentes del combo, quienes le hicieron saber a Carlos que si no se declaraba culpable asesinarían a su madre. Así lo hizo. Fue condenado a diez años de prisión.

“Cuando entré a la cárcel —dice Carlos— me favoreció que mi familia había hablado con el duro de un combo para que me recibiera. Pagaba ocho mil pesos por ocho baldosas del pasillo para dormir. Ahora pago veintiocho mil pesos por un cambuche. Tiene ventilador, una cama y un pequeño televisor”.

El patio es conocido como “Guayana”. Allí llevan a los detenidos del Municipio de Bello. El cambuche está en el último piso. Hay celdas y dice Carlos que en las noches muchos reclusos duermen en los corredores. El patio fue construido para 250 internos y hoy lo habitan 1.700.

Raúl Osorio, sociólogo de la Universidad de Antioquia, dice que en las cárceles “la resocialización es casi imposible. Se desarrolla las mismas mecánicas de las mafias. El encierro, el hacinamiento, la falta de garantías y que todo sea vendido, y además manejado por las mismas mafias que hay en la calle, hacen casi imposible que un recluso cambie cuando sale a la vida común”.

Nadie sabe el delito que cometió. A los violadores no los quieren ni en la cárcel. “Paso los días haciendo lo que me toca —dice Carlos—. Lavo ropa y estudio ebanistería. Trato de pasar desapercibido, porque si saben que estoy condenado por violación me va muy mal. Me la montan hasta que salga. Sea cual sea la cárcel a la que me trasladen, siempre cargaré con ese estigma. Aquí lo peor es estar por violación. Es mejor ser ladrón o asesino”.

La grave situación carcelaria empeora cada día. Esta semana hubo enfrentamientos al interior del penal. Los familiares de Carlos no pudieron visitarlo. Lo único que saben en su casa es que está bien de salud y que no salió herido en los altercados.

 

*El nombre cambiado a petición de la fuente.  Imagen tomada del portal de colombia noticias

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *