La muerte de Alfonso Cano no es un paso hacia la paz

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia han demostrado a lo largo de sus más de 60 años ser una fuerza con un poder de adaptación sin precedentes. No es necesario irse muy atrás para recordar cómo pasaron de una estrategia con la que atacaban directamente a las unidades militares para volver a rehuir las escaramuzas y retomar los campos minados como respuesta a la Seguridad Democrática.

Fuera de esto, la muerte en combate o por causas naturales de larga lista de líderes desaparecidos no ha inducido a una desmovilización masiva o una negociación de paz. Las pérdidas de Jacobo Arenas, Manuel Marulanda Vélez, el Negro Acacio, Karina, Simón Trinidad, Raúl Reyes, el Mono Jojoy, Jerónimo, Martín Caballero, Olivo Saldaña, Iván Ríos, el Abuelo y ahora Alfonso Cano, han sido suplidas con el ascenso de mandos medios que se han empecinado, uno detrás de otro, en la vía de las armas.

La continua sucesión de líderes políticos y militares en las Farc no los ha llevardo a negociar la paz sino que demuestra que no hay un ala política ‘menos radical’ dentro de la guerrilla, más susceptible al diálogo que otras. Recordemos el optimismo desatado por la muerte de Tirofijo y luego con la del Mono Jojoy, quienes fueron tildados de obtusos guerreristas al lado de Cano.

Por otra parte, la modernización de las Fuerzas Militares impulsada por el gobierno Pastrana, incluyendo los equipos de interceptación de comunicaciones y los helicópteros de la FAC y aviación del Ejército, han fragmentado a las Farc. Esta fragmentación se ha visto agravada por el narcotráfico.

Desde que hace unos treinta años las Farc decidió meterse en el negocio de las drogas al quitarle dominio sobre cultivos del sur de Colombia a los carteles de Cali y el norte del Valle, algunos frentes han presentado lo que se podría entender como la ‘bacrimización’ o intoxicación con dineros del narcotráfico, en la que la guerrilla se ha asociado con bandas emergentes, dividiendo así el Secretariado.

Por otra parte, los cambios políticos y en materia de participación democrática de los últimos años en el país no son suficientes ni han satisfecho a los altos mandos farianos. Los avances en materia de restitución de tierras en la Ley de Víctimas, el reconocimiento del conflicto y el trámite de un marco legal para la paz que permitiría la elección para corporaciones públicas de desmovilizados así como la llegada de exguerrilleros a cargos de elección popular, no han sido suficientes ya que evidentemente no logran estimular una dejación de armas por parte de esta guerrilla.

Es decir, el propósito de quitarle agenda política a la guerrilla y con ello sustraerle el débil apoyo de base que pudieran tener no ha dado todavía sus frutos. Recuperar décadas de abandono y pobreza en el campo, materializados en la contrarreforma agraria impulsada por narcoparamilitares y aupada por el conflicto entre la insurgencia y el Estado puede tomarle mucho más tiempo del que un presidente aficionado al póker y su gobierno pueda aguantar. Aún más cuando Colombia registra unos obscenos índices de pobreza y de distribución del ingreso. Puede que parezca un mantra, pero mientras existan pobres y el narcotráfico y los grupos irregulares sean la única respuesta, se alimentará la hoguera de la violencia.

Finalmente, para aterrizar el júbilo pacifista es necesario recordar que según lo demostrado por diversos informes periodísticos, y muy a pesar de la nueva amistad entre los mandatarios de ambos países, Juan Manuel Santos y Hugo Chávez, las Farc y el ELN cuentan con un apoyo irregular en Venezuela.

Además, el comunicado con el que el alto mando de las Farc respondió a la muerte de Alfonso Cano es en sí mismo bastante desesperanzador. En este la guerrilla descarta la invitación a desmovilizarse hecha por el presidente Juan Manuel Santos en su alocución al asegurar que “La paz en Colombia no nacerá de ninguna desmovilización guerrillera, sino de la abolición definitiva de las causas que dan nacimiento al alzamiento” y agrega que “Hay una política trazada y esa es la que se continuará”.

Negociar para la guerra

La complejidad del conflicto colombiano se ha visto agudizada aún durante de los intentos de negociación, puesto que mientras unos intentan reaprovisionarse y entrenarse para la guerra, otros sabotean desde fuera los intentos por dialogar.

Tal es el caso de los diálogos de Casa Verde. Mientras que algunos agentes de las Fuerzas Militares saboteaban los esfuerzos del gobierno por acercarse a la guerrilla, las Farc, ELN, M-19, EPL, PRT y Quintín Lame trataron de asociarse a través de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar.

Más adelante, durante las conversaciones de Caracas en 1991 (continuadas al año siguiente en Tlaxcala, México) las Farc se opusieron a participar en la constituyente de ese año sin dejar las armas, quedándose por fuera de la confección de la nueva carta magna.

Paradójicamente, los líderes del recién desmovilizado M-19 fueron los más votados durante las elecciones para conformar la Asamblea Nacional Constituyente.

En la cadena de errores en el camino a la paz, están los diálogos en San Vicente del Caguán, cuando las Farc le dieron la espalda a la sumisa oferta de paz de la dirigencia colombiana y aprovecharon los cerca de 42.000 kilómetros cuadrados despejados por el gobierno de Andrés Pastrana para reclutar a guerrilleros, entrenarse, mantener secuestrados y crear el Movimiento Bolivariano.

Desde entonces los mensajes de una y otra parte mencionan tímidamente las ofertas de paz, pero ni el Gobierno ni la guerrilla se han atrevido a dar muestras claras de querer ponerle fin a un conflicto por una vía diferente a las armas.