“Todos tenemos algo de negro en Colombia”

Dos hombres “aguijoneados por la vanidad y el deseo de poseer la magnífica piel, gimen y mugen de desesperación por sembrarse con violencia entre la playa” a un costado del Magdalena. Se lían con demencia al punto de que “sus dientes rechinan con estrépito destemplado; levantados en las puntas de sus pies sobre la arena que se empapa con las gruesas gotas del sudor que inunda sus frentes y rueda por sus espaldas y piernas, se estrechan el uno contra el otro hasta perder la respiración”.

Esta escena, tomada de El boga del Magdalena, recoge algunos de los elementos más tradicionales de la literatura afrodescendiente de Colombia. En el marco de la Fiesta del Libro y la Literatura, Beatriz Aguirre, estudiosa de esta literatura y docente de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia, explica la tinta negra que corre por las venas de la poética colombiana.

De La Urbe – ¿Cómo definir la literatura afrodescendiente?
Beatriz Aguirre – Es aquella que debe ser escrita por afrodescendientes acerca de su comunidad, o de la comunidad en la que viven en general, no propiamente sobre negros sino sobre todo porque ellos viven con todo el mundo. No podemos discriminar y meter todo en compartimientos; no sólo porque son mujeres tienen que escribir sobre mujeres; no porque son mestizos tienen que escribir sobre mestizos; ellos tienen la voz, la palabra para representarse y representar todo lo que está con ellos.

D.L.U. – ¿Cuáles son los valores que rescata la poética de la literatura afrodescendiente?
B.A. – Sus creencias religiosas y su tradición ancestral, que algunas veces le da mucho valor a lo africano otras no necesariamente lo tienen que dar. También se ven las prácticas culturales como la comida, las relaciones familiares, su lenguaje y la música.

D.L.U. – ¿Cómo aparecen la música y el baile en esta literatura?
B.A. – En las reuniones sociales, familiares o de amigos se dice que reproducen canticos. Además, hay descripciones de los bailes y de los trajes que usan para los bailes. Tal vez como un cuadro costumbrista, pero creo que va más allá porque establece una representación de lo que para ellos es valioso.

D.L.U. – Algunas de las primeras apariciones de los negros en la literatura colombiana se dan en las obras de Carrasquilla, Isaacs y Palacios, pero antes estuvo Candelario Obeso, ¿qué recogía la literatura de Obeso?
B.A. -Obeso es de Mompox, su obra es poesía, muy hermosa. Pero, mire, hay algo muy particular en la literatura colombina: un mulato claro, Juan José Nieto, escribió la que podría ser la primera gran novela afrodescendiente colombiana, Ingermina o la hija de Calamar. Siendo Nieto un mulato claro, autodidacta y presidente de la Costa en la época federal, no introdujo a ningún negro en su obra, sabiendo que los Heredia habían traído esclavos, no representó a los negros, los invisibilizó. Él se fue por el lado de los blancos, de los que estaban en el poder. De todas maneras, Nieto se casó con una blanca rica de Cartagena. No lo estoy criticando, pero en Rosina o la prisión del castillo de Chágres tampoco habla de los negros; de pronto lo hace en Los Moriscos. Y digo particular porque Carrasquilla les da voz y voto a los hombres y mujeres negros.

Hay otro caso particular también que no se ha estudiado: José María Samper, un blanco escribiendo sobre un negro, Florencio Conde, en la que un negro que se emancipa a sí mismo, manda a su hijo a estudiar a Bogotá y ese hijo, que es mulato claro, hace parte de la abolición de la esclavitud. ¡Quién lo creyera, semejante rezandero!

D.L.U. – Es paradójico que Nieto, proveniente de un lugar con mayor mestización, hubiera silenciado a los negros mientras que Samper, de familia blanca, los hubiera puesto en pos de la manumisión…
B.A. – Sí, porque Samper tenía un programa político muy importante al lado de la Regeneración y Florencio Conde es uno de los que suscribe el proyecto de eliminación de la esclavitud.

D.L.U. – ¿Hay exclusión en las obras negras?
B.A. – Pues sí, ellos mismos se representan excluidos.

D.L.U. – ¿Cuál se podría decir que es la obra emblemática de la literatura afro en Colombia?
B.A. – Changó, el gran putas, porque fue escrita por un negro, Manuel Zapata Olivella; porque es un universo muy grande enmarcado allá. Pero si vamos más allá, a Gabriel García Márquez, no habría su obra sin afrodescendencia.

D.L.U. – Zapata Olivella decía que en Cien años de soledad, Gabo obvia que en la masacre de las bananeras la mayoría de los muertos eran negros, y que años después, tras su viaje a Angola, Gabo se reconoce como afrodescendiente…
B.A. – Sí, pero en García Márquez hay afrodescendencia, pero es que en todos los colombianos la hay, unos en mayor grado que otro. Yo creo que tengo más de indígena, porque si no, no hubiera sobrevivido a este clima (risas).

D.L.U. – Manuel Zapata Olivella defendió su obra alguna vez diciendo que cuando apareció su obra algunos críticos se alegraron porque era la primera vez que aparecía novela con héroes que tienen ‘alma africana’…
B.A. – Mire, es que hay un problema con esa declaración, “alma africana”, entonces queremos decir que hay “alma europea”; ahí hay una discriminación…

D.L.U. – Por las diferencias en la religión africana en el Caribe y Colombia uno podría identificar una mayor influencia de la filosofía bantú, ¿pero cómo surge la religión de la poética afro en Colombia?
B.A. – Pues no se dieron procesos similares porque los procesos históricos no fueron similares. En el caso de El reino de este mundo de Alejo Carpentier se muestra que los negros estuvieron juntos, mientras que en Colombia las comunidades negras estuvieron diseminadas: unos en Chocó, otros en Valle y muchos otros en Antioquia, trabajando en las minas, así que no había mucha comunicación entre ellos. Además, no todos venían de los mismos lugares en África, que es otro problema, ‘africanos’ ¡No, africanos no! Ellos eran traídos del Congo, Zaire, Senegal, Costa de Marfil, y cada uno con su cultura, sus dioses y su lengua.

D.L.U. – ¿Entonces los negros son discriminados y de alguna manera también discriminan?
B.A. – Sí, para reconocerse y para reconocer su originalidad y su identidad asociada con África. Pero mire, ¿cuántos prejuicios tenemos con los negros? “Son fuertes, son altos y corren mucho”, pero otro tipo de costumbres que son practicadas en África, como la mutilación genital a las mujeres no aparece en la literatura.

D.L.U. – Pareciera que la literatura negra colombiana no ha superado el dolor de haber sido arrancados de África…
B.A. – Yo creo que no han superado el que sigan siendo discriminados, porque eso se sigue viendo. En la realidad hay discriminación hacia la gente que se ve con un poquito más de rasgos africanos. Por ejemplo, ¿cuántos hay en el poder político con rasgos africanos? Mire a Piedad Córdoba cómo le ha ido, mucha parte es por ser de color. Además es mujer y tiene posiciones que van en contra del statu quo.

D.L.U. – ¿Qué le ha aportado la literatura afrodescendiente a la literatura general colombiana?
B.A. – En el proceso de construcción de un imaginario de nación, los negros forman parte, en la literatura el que aparezcan o el que no aparezcan es importante. Son una serie de olvidos y de énfasis. Mire, en María de Isaacs aparecen, pero detrás hay un proyecto de reforma y no de abolición de la esclavitud. Ese era el imaginario de esa época de los liberales más conservadores. Con José María Samper, que quería conservar su papel en la política, se nos presentó a este otro negro ilustrado y Juan José Nieto se quiere olvidar de que es negro.